El manuscrito de Pitágoras.
El libro.

Nadie puede resistirse a la tentación de imaginar, como podría continuar la novela que tanto nos ha gustado, cuya última página acabamos de doblar con la nostalgia de los finales.

Es difícil sustraerse a la fascinación de buscar palabras para ponerlas en la boca de un personaje que casi hemos llegado a ver con nuestros propios ojos.

Así empezó “El manuscrito de Pitágoras”

©ÁLVARO FOSSI 2012

GC-534-2012

El libro por capítulos

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Hace casi dos años…

 

Han pasado casi dos años desde que una elefanta sin papeles aterrizara en Bali, acompañada de una troupe con un anciano centenario a la cabeza y con dos maletas por todo equipaje: una repleta de biblias impecablemente impresas y la otra, de coronas suecas envidiablemente impresas también.

En Idre, una tranquila localidad del interior de Suecia, la vida despierta poco a poco de su letargo estival, preparándose para la agitación de la temporada de invierno en su afamada estación de esquí.

De repente, un sorprendente suceso sacude la placentera existencia del pueblecito, situándolo en el epicentro del interés mediático de toda Suecia: en el solar trasero del Instituto de Enseñanza Media, en el transcurso de unas prácticas de arqueología, los alumnos del último curso con la inestimable ayuda de la perrita Kicki, desentierran los esqueletos de cuatro varones y una mujer, sacando a la luz lo que parece ser el almacén de materia prima caducada de un asesino en serie.

El macabro hallazgo, en apenas una semana, desencadena una sucesión de consecuencias muy animadas: el fiscal Conny Ranelid, responsable de las lamentables investigaciones que dos años atrás, llevó a cabo su departamento en el asunto del anciano desaparecido el día de su centenario, es cesado fulminantemente; su colega Björn Lindqvist, en cuya jurisdicción ha tenido lugar el terrible descubrimiento, ve cómo los lugares que ocupaba en su matrimonio y en la fiscalía, son sorpresivamente ocupados por dos mujeres en un plis plas. Y una de ellas, la nueva fiscal, Anitta Bengtsson, una elegante y discreta mujer de taritenta años que siempre ha sabido esperar su momento, resuelve en cuarenta y ocho horas el caso, si bien ella tiene muy claro que se trata tan solo del primer escalón en la irresistible ascensión a la presidencia del gobierno sueco que Anitta tiene debidamente planificada. La vida en Idre, desde hace una semana, se ha vuelto endiabladamente interesante.

¿Tendrá algo que ver en todo esto un anciano de ciento dos años que vive en una playa de Bali, a dieciséis mil quinientos kilómetros de allí? ¿Qué mensaje privado le envió el Presidente Kennedy al premier ruso Jrushchov, que le hizo salir corriendo con sus misiles de Cuba, evitándose así la tercera guerra mundial? ¿Por qué Aristóteles ocultó un sorprendente manuscrito de Pitágoras que sobrevivió milagrosamente a lo largo de los siglos, y que de haber sido conocido, habría removido los cimientos de la filosofía y del álgebra? ¿Toros en Suecia? ¿Acudirá por fin Curro Romero, torero español de postín, a la inauguración de la clandestina plaza de toros de Idre?

Todas estas preguntas y muchas más, tienen una respuesta tan lógica como inesperada en lo que se relata a continuación.

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[sws_toggle2 title=”Dedicatoria”]

a Jonas Jonasson, Tom Sharpe, P.G. Wodehouse y Eduardo Mendoza, por lo mucho que me han hecho reír…

 

 

 

A

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[sws_toggle2 title=”El amargo desayuno del fiscal Conny Ranelid”]

 

La desgracia llegó nuevamente a la vida del fiscal Conny Ranelid el domingo por la mañana, cuando se disponía a despachar, envuelto en su confortable batín, el apetitoso desayuno que acababa de traerle su mujer al salón en una bandejita, junto con la prensa de la mañana.

Los domingos, jornada que el sumo hacedor a modo de compensación, había destinado para el descanso de las pobres criaturas a las que, en un lamentable error de diseño, había tarado fatalmente al dotarlas de inteligencia, el fiscal Ranelid los inauguraba con un cuadro amnésico generalizado acerca de su existencia y sus relaciones con todos los seres vivos, incluida su mujer. Con el tiempo, la señora Ranelid había aprendido a compartir su vida, un día a la semana, con un autista de manual de sicología.

La tarde anterior, su marido había desconectado el móvil para poder ver sin que le molestaran, en un canal de pago, el partido de liga entre el Barcelona y el Real Madrid, de forma que, exceptuando los tres penaltis del Barça que se había cenado el árbitro, el fiscal no tenía desde entonces, ninguna otra noticia del planeta. Había ganado su equipo, así que cuando cogió el ejemplar del Expressen de la bandeja del desayuno pensó que, con la agilidad autista que había desarrollado en tantas jornadas dominicales, saltaría por encima de cualquier otra noticia hasta llegar a las páginas de deportes, pues estaba deseoso de disfrutar de la desesperación, por los tres penaltis perdonados, que habrían de rezumar las líneas escritas atropelladamente la noche anterior, por los iracundos cronistas de la prensa deportiva rival.

 

Sin embargo, en aquella prometedora mañana de domingo, la adversidad se había ocultado taimadamente del fiscal Ranelid, tras los sugerentes titulares de la portada del Expressen, del todo imposibles de saltar por encima, pues venían a cinco columnas, en tinta roja y superpuestos sobre una foto de unas calaveras y huesos humanos semienterrados, bastante atractivos: la tarde anterior en Idre, una tranquila y apacible localidad en el interior de Suecia, durante el transcurso de unas excavaciones sin determinar, llevadas a cabo por alumnos del último curso del instituto local de enseñanza media, habían aparecido unos restos humanos en aceptable estado de conservación, a causa sin duda del extremo frío habitual en la zona, y a la especial composición ácida del manto de tierra en la que se hallaban enterrados, muy apta por cierto, para el crecimiento de habas silvestres de una variedad algo amarga, al parecer.

 

Se trataba de cinco esqueletos sin datar, dispuestos en un área rectangular y con un orden particular: la mujer separada de los varones y éstos, juntos y ordenados simétricamente entre sí, todos en posición yacente. Además, un marco formado por diminutas piedrecitas de mármol blanco, delimitaba la fosa de cada uno de los varones, de modo que el conjunto de las cuatro fosas, formaba otro mayor de las mismas dimensiones del que enmarcaba a su vez, la fosa de la mujer. ¿Era un antiguo osario simplemente, o se trataba mucho más probablemente, según los tiempos que corrían en Suecia y que los escritores últimamente reflejaban con tanto éxito en sus libros, de un asesinato ritual llevado a cabo por alguna secta de la zona o, seguramente, de un asesino en serie que acomodaba sus cadáveres, según los iba manufacturando, de una artística y geométrica manera? ¿Era quizá la caprichosa disposición de los cuerpos, una pista en sí misma, dejada acaso por el propio asesino para conseguir que le capturasen más rápidamente, pues, como se sabía, tal era el deseo oculto de todos los asesinos en serie, según reiterada filmografía?

 

La noticia venía firmada por el reportero local del Expressen que acudió allí para cubrir el suceso en primicia informativa, tan pronto como fue conocido el macabro hallazgo por la policía local cuya jefa, precisamente, era su novia (el reportero no juzgó necesario incluir esta afortunada coincidencia en su crónica, pues recordaba bien sus recién terminados estudios en la escuela de periodismo, que proponían no citar lo circunstancial y no consustancial a las mismas, y pensó que no era necesario distraer a los lectores, a su jefe de redacción y a la prensa rival, con aquel dato intrascendente). Según el joven periodista, la tarde anterior, los hechos se habían sucedido del siguiente modo: un profesor, que no tenía nada que hacer la tarde de ese sábado, ni otras muchas, debido a que las clases de filosofía que impartía en el instituto se centraban, casi exclusivamente, en el ideario socialista de Marx y Engels, y que por tanto, al no tener que preparar clases sobre otras áreas del conocimiento filosófico ya periclitado a su entender, como por ejemplo Pitágoras, disponía por dicha circunstancia de mucho tiempo libre, propuso aquel sábado a unos pocos de sus alumnos destinar su tiempo vacío y el de ellos, a realizar unos trabajos de arqueología en los alrededores del centro docente.

Dichos trabajos, se habían iniciado con carácter de actividades extra escolares, bajo los auspicios del consejo escolar, con el objeto de mantener a la juventud sueca entretenida y lejos de las tendencias grupales violentas, tan de moda en Europa. A la media hora exacta de haber comenzado las labores de excavación, el profesor llamó a la policía local para reportar el hallazgo de unos esqueletos humanos. Cuando efectivos de ésta, dos jóvenes agentes y la jovencísima (pero sin embargo, brillante y agraciada) jefa de policía, se personaron en el lugar, encontraron un escenario del crimen un tanto sorprendente, compuesto por los siguientes elementos: un solar con una gran circunferencia de cal dibujada en la tierra, que lo abarcaba casi por completo; multitud de montones de tierra escarbada, extraída de otros tantos agujeros que se habían practicado en el suelo; una cantidad indeterminada, pero abundante, de cenicientos huesos esparcidos por doquier; dos grupos de adolescentes, intentando agredirse entre sí, con parte de ellos; una perrita corriendo entre todos alocadamente, con un fémur humano en la boca, seguida de cerca por una señora atractiva aunque jadeante que trataba de darle alcance, y una gran cantidad de matas de habas silvestres, de una variedad amarga.

 

Al fiscal Ranelid, como consecuencia de la atenta lectura de aquellas primeras líneas de la crónica, se le enfriaron algo las tostadas y el interés tan vivo, que había suscitado inicialmente en su instinto fiscal, aquel prometedor titular del Expressen, que había leído mientras daba su primer sorbo a la taza de aromático té Lapsang Souchong, su preferido:

 

HALLADA FOSA COMÚN DE ASESINO EN SERIE,

POR UN GRUPO DE NIÑOS DE INSTITUTO

 

 

Después de tomar un nuevo sorbo de la taza y disfrutar de la delicia del aroma ahumado de aquel té negro, leyó por segunda vez con cierta admiración el titular.

El fiscal era consciente de que los titulares de los periódicos eran cocinados por los consejos de redacción, tras analizar en las encuestas sociológicas mensuales, el ranking  de los asuntos que a la gente interesaban más, y escoger a continuación, la crónica más inverosímil del día. La habilidad del jefe de redacción consistía en unir, con un máximo de siete palabras, ambos ingredientes aunque no tuviesen absolutamente nada que ver. De hecho era preferible que no tuviesen relación alguna entre sí, pues de este modo el resultado que se conseguía era mucho más impactante, y los lectores corrían entusiasmados para hacer cola en los quioscos de prensa (el sueño de cualquier jefe de redacción), para adquirir un ejemplar del diario que por fin, había encontrado una huella del pasado nazi del abuelo de un concursante de Gran Hermano. No era nada difícil, era simplemente una cuestión de enfoque y de habilidad en la contracción sintáctica. De hecho, él recibía en su despacho ese tipo de encuestas y en ocasiones, cuando no entraban delitos, se entretenía en cambiar los titulares sobrios y aburridos de otro tipo de prensa, de vocación más contenida que el Expressen o el Aftonbladet, y el resultado en el cambio de orientación de la noticia que se conseguía, era mágico, casi diabólico. Especialmente malévolos y divertidos eran los cambios de sentido que el fiscal conseguía en los titulares de  la prensa extranjera, como el Frankfurter Allgemeine Zeitung y el New York Times. El País, se le resistía más, nunca sabía porqué. ¡Esa gente del sur, con su enrevesado idioma que disponía de más callejuelas tortuosas que los barrios antiguos de sus ciudades medievales!

 

El inicio de aquella mañana de domingo había sido bastante apacible hasta el momento en que, sin advertir el cambio que aquel acto intrascendente iba a desencadenar en su vida, había cogido la prensa inocentemente colocada por su mujer al lado de una humeante taza de té.

 

No sabía porqué, pero tras leer el principio de la crónica de sucesos del Expressen, Ranelid no había podido evitar el agrio recuerdo del caso del anciano centenario que había estado a punto de terminar con su carrera y su entereza mental, casi dos años atrás. Pero aquel amargo asunto pertenecía ya al pasado, se decía el fiscal mientras añadía ensimismado, seis terrones más de azúcar morena al té. Sin embargo, “¿Realmente pertenecía todo aquello al pasado?”, le repitió al fiscal en forma de pregunta, la misma vocecita interior que le guiaba en los interrogatorios, y que intervenía magistralmente, repitiendo en forma de pregunta lo que le respondía el sospechoso cuando trataba de hacerse el inocente con cualquier afirmación del tipo de “yo no tuve nada que ver”, “yo no estaba allí”, o “yo no conocía a ese tipo”. No. La verdad era que tenía que reconocer, que no estaba completamente seguro de que todo aquello se hubiese quedado en el pasado.

 

Él sabía bien, demasiado bien (y aquello preocupaba bastante a su olfato de político), que los ciudadanos se habían quedado con dos palmos de narices dos años atrás, con el asunto de aquel anciano desaparecido sin dejar rastro alguno el día de su centenario. Aquel tipo, según pudo comprobar con toda certeza el fiscal, llevaba oculto en su pequeña cabeza calva, una versión del Armagedón, que por decirlo con delicadeza, a buen seguro que incluiría explosiones nucleares en las velitas de las tartas de cumpleaños de los niños.

 

A pesar de que había pasado tiempo desde aquel disparatado asunto (por fortuna para su campaña electoral en las elecciones que ahora se avecinaban), Conny Ranelid recordaba con todo detalle lo ocurrido:

Dos años atrás, la noticia de la desaparición del anciano había sobrecogido a la opinión pública por su carga emocional, pues había llegado a barajarse la posibilidad de que se tratase de un despiadado secuestro, o de algo mucho peor. Un caso ideal, con el impacto mediático preciso, para que Ranelid viese ante sí, la oportunidad de mostrar a los inquietos votantes la maestría con la que sabía pilotar la nave de la fiscalía, en el proceloso mar de la criminalidad. Al fiscal Conny Ranelid, para su regocijo electoral de entonces, le había tocado llevar a cabo la instrucción de aquel asunto. Pero la lentitud de las pesquisas del comisario Aronsson, que investigaba el caso, y la rapidez de la prensa en husmear por su cuenta y en adelantar tesis sobre asesinos seriales, habían propiciado que, según avanzaba la investigación, la información sobre el caso que el fiscal iba facilitando a la opinión pública, y las conjeturas que se atrevía a adelantar en cada rueda de prensa para satisfacer las expectativas emocionales de los futuros votantes, eran desmentidas con crueldad por los hechos, apenas unas horas después de vertidas, dejando lamentablemente a la fiscalía en las afueras de la realidad.

 

Aunque los domingos la calefacción de la casa se ponía en marcha automáticamente antes de que ellos se levantaran, y por tanto en el salón a esas horas había ya un cálido ambiente, Ranelid comenzó a sentir un sudor helado en la espalda al recordar que, durante aquellas siniestras semanas dos años atrás, había tenido que mantener el timón de la fiscalía todo lo orientado que había sido capaz, en el agitado mar de noticias, pistas y hechos que, con un oleaje enloquecido, inundaba aquel caso.

 

Recordaba perfectamente que al principio de la investigación, unas sólidas pistas apuntaban a un joven delincuente, miembro de una siniestra banda, como autor del, ya por entonces confirmado, cruel y despiadado secuestro del anciano, y así lo comunicó el fiscal a la sociedad. Ése fue el punto de partida; pero el punto de inflexión a partir del cual la realidad pareció volverse impertinentemente neurótica, fue el momento en que la perrita rastreadora Kicki de la sección K de la policía, indicó sin género de dudas a su guía canino y al comisario Aronsson, la presencia de un cadáver en la localidad de Akers Styckebruk, adonde habían llegado en el transcurso de la investigación, siguiendo la pista del anciano.

 

Para desgracia y desesperación de Ranelid, el oleaje se obstinaba en complicar la travesía del navío de la fiscalía, y en los días siguientes, inoportunamente para su gusto, sin haber sido invitados por nadie, se fueron incorporando a la escena del crimen varios personajes nuevos a los que Ranelid, presa ya de una cierta ansiedad por resolver el caso, atribuyó públicamente, sucesivas e imaginativas participaciones en los hechos que, alternativamente, les situaban a uno y otro lado de la línea de la actividad criminal, en un divertido baile de autorías.

 

Primero fue otro anciano desaparecido también de su propia casa, hasta la que había conducido a la policía el rastro del anciano centenario. El fiscal en un principio, identificó a éste nuevo personaje de la cuarta edad, como una nueva víctima del secuestrador; aunque con posterioridad, en un nuevo etiquetado de la fiscalía, pasó a ser cómplice de éste, y finalmente, en una interesante pirueta criminal de la versión oficial, coautor de su asesinato, junto con el centenario secuestrado. Según se informó, ambos ancianos continuaron aquel demencial road crime, secuestrando a un pobre vendedor ambulante de hamburguesas, si bien más tarde, éste fue señalado por la investigación, como abyecto cómplice de sus captores en el asesinato de un segundo miembro de la banda que, al parecer, había acudido en busca de su compañero desaparecido. Poco después, una pelirroja de cuarenta y tantos años, con un elefante como animal de compañía, se unió a la siniestra troupe y entre todos, según opinión de la fiscalía, hicieron desaparecer en un baño de sangre, al jefe de la increíblemente menguante banda criminal, que había acudido a interesarse por sus acólitos: en resumen, dos ancianos, un vendedor hamburguesas de cincuenta años y una pelirroja madurita, con la participación como encubridor del hermano del vendedor, y del elefante como arma del crimen, habían acabado en pocos días, con una banda criminal de las más temibles del país.

 

Toda aquella sucesión de crímenes espantosos, que parecía no tener fin, perpetrados por unos longevos asesinos en serie, que mantuvo en vilo a una opinión pública que había tenido que asistir atónita a las distintas versiones sobre los hechos que llegaban desde el puente de mando de la fiscalía, concluyó con la localización de aquella terrorífica troupe, incluido el supuesto y repuesto jefe de la banda criminal, en la casa del hermano del vendedor de hamburguesas, y con la posterior rueda de prensa aclaratoria a cargo del fiscal, particularmente imaginativa:

 

En realidad aquellos tipos eran unos muchachos estupendos de aficiones un tanto extrañas, pero legales, incluido el anciano centenario (sobre este punto, Ranelid albergaba las más grandes reservas, pero como quiera que la opinión pública solía votar, decidió obviarlo en su declaración). Por tanto, no había habido asesinato alguno, y todo aquel malentendido había sido consecuencia de una pésima actuación de la perrita Kicki, que había detectado cadáveres inexistentes (a la que se sacrificaría en consecuencia) y de cierta desconexión, por parte de la policía, en la información que le debía hacer llegar a él. Y santas pascuas. El fiscal había descargado el asunto en las narices de la perrita y en la escasa locuacidad del comisario Aronsson y por tanto, todo aquello debía olvidarse cuanto antes.

 

No obstante, la opinión pública no pensaba lo mismo. Habían sido demasiados informativos con aquel único asunto en pantalla, terrible y sobrecogedor, a la espera de la captura de uno o varios asesinos en serie, como para que todo quedase despachado con una decepcionante rueda de prensa, que ninguneaba los sentimientos de la sociedad. La gente quería ver aparecer en las pantallas de plasma de su salón, el rostro sorprendentemente normal, de algún asesino en serie, y eso no había ocurrido. El hecho de que los ciudadanos no hubieran podido contemplar hasta la saciedad en los medios informativos, la cara humilde y casi angelical de alguno de aquellos criminales, o de varios de ellos como pareció apuntarse desde la fiscalía según avanzaban las pesquisas, había sido frustrante para la gente. No había habido asesinos, ni tan siquiera detenciones en aquel caso. Se habían quedado sin poderles preguntar a sus maridos, o a sus mujeres, o a sus vecinos mientras esperaban en la caja de pago de algún supermercado ICA, que quién hubiese sido capaz de adivinar que se trataba de un asesino, con esa cara tan amable que a buen seguro, habrían de tener.

 

Ranelid se atormentaba imaginando que, de haber podido detener a aquellos tipos como asesinos en serie, y si, por simple coincidencia, hubiesen sido detenidos dos o tres asesinos en serie más en otros puntos del país, el interés de la opinión pública por este tipo de sicópatas, hubiese decaído rapidísimamente. Poco tiempo después, noticias como éstas habrían acabado produciendo hastío, habrían sido relegadas a las páginas interiores de la prensa, y hasta los propios criminales, habrían acabado soltando a sus víctimas de los sótanos donde las mantenían atadas, acudiendo en masa a entregarse en las comisarías, hastiados a su vez de la manía tan vulgar y de tan poco interés, que les dominaba. Sin embargo en la sociedad sueca ahora, en los tiempos que corrían, sucedía justamente lo contrario: cualquiera daría lo que se le pidiera por una crónica de este tipo.

 

La entereza del fiscal se iba viniendo abajo al pensar que, a esa hora del domingo, millones de suecos estarían desayunando plácidamente en sus casas, mientras leían como él, aquellas inquietantes noticias: cuatro varones y una mujer habían aparecido enterrados juntos, en extrañas circunstancias. Y continuaba torturándose en sus pensamientos: el mismo número de individuos, con una mujer incluida, que componían aquella temible troupe que, un par de años atrás, había estado a punto de hacerle perder la cabeza y su carrera política. A saber, contaba en silencio con los dedos de la mano: el anciano centenario, el otro anciano, el vendedor de hamburguesas, su hermano, el jefe de la banda y la pelirroja. Se daba la circunstancia de que tras haber sido exculpados todos ellos por él mismo y haberse cerrado el caso, se había perdido por completo la pista de aquel grupo. Nadie había vuelto a saber nada de ellos, en ningún lugar. Ni el ministerio público, ni siquiera el más desocupado de los reporteros sociales, habían tenido noticia, ni tampoco interés, en husmear sobre el paradero de aquellos seis individuos. En esas aciagas horas de aquel desgraciado domingo, o estaban en el lejano oriente, o estaban en el aún más lejano más allá. O, puestos a ser pesimistas, estaban bastante troceaditos en un solar detrás del instituto de enseñanza de Idre.

 

Naturalmente, el fiscal era consciente de que aquella banda la formaban seis personas, y en la fosa común, la tarde anterior, habían aparecido tan solo los restos de cinco tipos. Así que, para que cualquier sueco que estuviese en esos momentos leyendo las noticias durante su desayuno, pudiese llegar a sospechar que la fosa descubierta el día anterior, era el paradero final de aquellos seis diablos, faltaba algo en ese enterramiento, o mejor dicho, alguien. Para que coincidiese el número de sujetos de ambos casos, tenía que haber aparecido el día anterior, el esqueleto de un varón más: el sexto elemento.

No obstante, el fiscal tuvo que reconocer a continuación, que no resultaba especialmente retorcido deducir que el esqueleto ausente podría pertenecer al miembro del grupo que se hubiese entretenido en despachar a los otros cinco y que por tanto, podría aventurarse que dicho esqueleto, aún debía encontrarse en el interior del propio asesino. Aunque fue él personalmente, quien cerró aquel caso, siempre había guardado en lo más recóndito de su instinto de fiscal, la desconcertante imagen de aquel grupo cuando se despidió de ellos: estaban todos frente a él en fila, uno al lado del otro, despidiéndole con una expresión plana en sus caras, parecida a la que se tiene justo antes de comenzar una estruendosa carcajada, quizá apenas él se hubiese largado.

Sabía que ocultaban algo, y seguro que debía ser algo gordo. ¿Se habría producido en algún momento de aquellos dos años en los que no se había sabido nada de ellos, un ajuste de cuentas en la banda? ¿Había puesto a descansar el sexto elemento a los otros cinco? ¿Quién sería el sexto elemento? ¿Sería acaso aquel viejecito de cien años a punto de cumplir ahora ciento dos? La cabeza del fiscal era aquella mañana algo parecido a la sala de interrogatorios de la comisaría del barrio chino de una ciudad portuaria, un domingo por la mañana: no cabían más preguntas en su interior. ¿Cuánto tiempo tardaría alguno de aquellos millones de suecos, tras terminar su apetitoso desayuno, o algún aburrido reportero de la sección de sucesos, de guardia aquel domingo en la redacción de su tabloide, en asociar aquellos dos casos: la aparición de restos humanos en los enterramientos del sábado y la misteriosa desaparición de aquel grupo de locos que había intervenido en los sucesos de dos años atrás? ¿Y, cuánto tiempo se demoraría a continuación, en ponerse en marcha la cadena de llamadas de teléfono, que a buen seguro acabaría con el número del teléfono de su jefe parpadeando en la pantalla del móvil del fiscal? Al terminar de formular esta pregunta, en el lugar donde más alarma podía desatar, esto era, en su propia cabeza, el fiscal se puso de pie como un resorte, y se abalanzó sobre su teléfono para comprobar que seguía convenientemente apagado y fuera de cobertura.

 

Pero Conny Ranelid, en ese momento preciso de la mañana podía estar tranquilo. Su preocupación de que ambos casos aparecieran ligados de la manera que él se estaba imaginando, y de que por ese tortuoso camino, alguna de las decisiones que había tomado entonces, apareciera públicamente ahora como desacertada, incluso descabellada, en un momento tan inoportuno, con las elecciones acercándose, era del todo infundada. De hecho, tras un momento inicial de inquietud, uno posterior de ansiedad y una tercera fase de alarma generalizada, había conseguido, no sin dificultades, recuperar el control proverbial de su ánimo. Seguro que la coincidencia en el número y género de los sujetos implicados en ambos casos, no era un dato que permitiera a nadie, por sagaz que fuese, relacionar aquellos dos asuntos incluso en una despejada mañana de domingo como aquella. En realidad, debería continuar la lectura del Expressen, para enterarse del modo en que los dos casos, a un paso de las elecciones, se conectaban implacablemente.

 

Ranelid se martilleaba diciéndose todo lo convincentemente que podía, que no; que por lo que llevaba leído, aquello podía ser cualquier cosa, menos el almacén de materia prima caducada de un sicópata hiperactivo. Desde luego lo más probable era que se tratase de restos arqueológicos, encontrados precisamente en el curso de actividades arqueológicas tuteladas por aquel profesor del instituto, quien probablemente habría escogido el lugar como idóneo para este tipo de enterramientos, en base a trabajos de documentación exhaustiva previos. Buena prueba de ello, era el hecho de que unos inexpertos alumnos de instituto, habían podido localizar el yacimiento, en apenas media hora. ¿Se habrían ayudado de aquel perro para encontrar con tanta rapidez los huesos? Al fiscal Ranelid, los perros rastreadores, desde hacía un par de años, le producían una animadversión íntima. Así que continuó leyendo la noticia con el ánimo en las mismas condiciones que su té: completamente helado ya.

 

El profesor de filosofía por su parte, la tarde anterior, en el solar contiguo al instituto de enseñanza de Idre, con sus alumnos aceptablemente controlados por los dos jóvenes policías, era muy consciente de que no debía despistarse en ningún momento, ni olvidar las estrictas instrucciones que tenía del director del centro, respecto a eventuales indiscreciones sobre la naturaleza de los trabajos que se estaban realizando allí. Aquel reportero tan agradable, a quien estaba relatando en presencia de su jovencísima prometida, el desarrollo de los acontecimientos que habían tenido lugar ese sábado en el solar desde poco después de la comida, no debía por el momento conocer, lo que ellos estaban haciendo allí en realidad. Por tanto, el también profesor de arqueología estaba en condiciones de aclarar al joven periodista, que se trataba simplemente de unas clases prácticas de arqueología que estaba impartiendo, como actividad extraescolar voluntaria, en aquel lugar que, según se había documentado previamente en la biblioteca pública de Sveg, había sido emplazamiento de antiguos asentamientos humanos. La fortuna, sonreía ilusionadamente el profesor, al igual que ocurre en los casinos había favorecido a los principiantes y, a poco de empezar, habían aflorado restos óseos humanos que en su opinión, o bien pertenecían efectivamente a alguna necrópolis antigua o, por el contrario, se trataba del lugar de enterramiento favorito de un asesino en serie.

 

Sin embargo, la expresión en la cara del reportero del Expressen, más avezado quizá en las labores indagatorias que su futura esposa, inquietó algo al profesor, que era muy consciente de la importancia de la discreción en todo lo concerniente a esas obras. Para el reportero, desde que un mes antes se hiciera cargo de la corresponsalía del periódico en Idre, aquella era ya la tercera crónica de sucesos que cubría (a saber: la recuperación otra vez, del gato de la desconsolada señora Lindgren de lo alto del árbol del jardín de su casa, para el que según infería su dueña de su comportamiento reincidente, las vistas que desde allí disfrutaba, eran infinitamente mejores que las que veía desde su cesta en el suelo de la cocina; el allanamiento del local de la iglesia metodista por parte de un coche de autoescuela que en trayectoria directa, había conseguido llegar hasta el altar, con administración de oxígeno y ansiolíticos a la conductora novel; y por último, aquel extraordinario hallazgo en el instituto de enseñanza media, el cenit de su carrera profesional, si es que conseguía cubrirlo debidamente). Por ese motivo, se atrevió a sacar su nueva arma sicológica secreta: se animó a comprobar el efecto que tendría en el profesor al que estaba entrevistando, un estudiado rictus en el rostro que, bajo evaluación directa de la jefa de policía local, llevaba practicando varias noches, en pijama frente al espejo del cuarto de baño, mientras se cepillaba los dientes. Era una mueca entre escéptica y suspicaz, entre el recelo y la incredulidad vagamente disimulados, dirigido subliminalmente a provocar un desbordamiento de sinceridad en las declaraciones de los entrevistados. No obstante, aquella expresión, inspirada en la que había visto hacer tantas veces y con tan notable éxito a Robert Mitchum, lejos de lograr el objetivo deseado con el profesor, le había hecho pensar a éste si ese chico no necesitaría algunas sesiones de logopedia o de técnicas de comunicación oral para ausentes mentales.

 

En cambio, no le ocurría lo mismo con la jefa de la policía local, que le inspiraba ternura y sosiego. Era una joven menuda, de facciones y figura muy delicadas, muy enamorada sin duda del reportero, y que el día anterior a aquellos asombrosos sucesos, había tomado posesión de su cargo tras haber completado a primeros de ese mes, sus estudios en la academia de policía. Una vez conocido por la joven el destino que le habían asignado, la jefatura de la policía local en Idre, su novio a la vez, había solicitado la corresponsalía de esa localidad, que nadie deseaba por su escasa proyección hacia los Pulitzer, para estar juntos y agotar los tres meses de vida en común, que él le había prometido a su madre que dejarían pasar, antes de casarse. A ella, le embelesaba verle hacer preguntas a aquel profesor tan simpático, que parecía tan despistado, de modo que no podía evitar mirarle con una sonrisa de admiración en sus finos labios rosados.

 

A su futuro marido, que observaba por encima del hombro del profesor el estado en que había quedado el solar, aquello que veía, no se le parecía mucho a una excavación arqueológica de las que había visto en documentales. Faltaban para su gusto, unas finas cuerdas blancas, amarradas a unas estaquillas a unos centímetros del suelo, componiendo una retícula cuadrada que cubriera todo el lugar. Aquello no parecía muy profesional. Además, aunque estaban todavía del otro lado de la cerca, podía distinguir perfectamente, una gran circunferencia trazada con unos polvos blancos, en cuyo interior, por aquí y por allá, en completo desorden, aparecían montones de tierra recién removida, y multitud de huesos esparcidos por entre lo que parecían matas de habas silvestres. En un lado, un grupo de chicos increpaba a otro grupo similar, agitando en sus manos mandíbulas, clavículas y costillas, que dos agentes de policía, un par de años mayores que ellos, trataban de arrebatarles. Entre ellos y por todos lados, corría un chucho a toda velocidad con un gran hueso en la boca, jugando a hacerle fintas y escapar enseguida de una señora bastante agraciada aunque bastante sofocada, que la perseguía inútilmente con una correa en la mano.

 

No obstante, a pesar de la expresión escamada del joven, el profesor tenía que reconocer que aquella pareja, le caía estupendamente. Le recordaba lo que él y su mujer no habían sido nunca: un par de lechuguinos enamorados, en un mundo cruel y repleto de falsedades, aunque en versión de recién salidos de factoría.

 

La imaginación del profesor era muy fértil, como la tierra del jardín trasero de su casa donde el cultivaba con esmero, una variedad muy olorosa de cáñamo que le entusiasmaba degustar, también los sábados después de comer. Aquel sábado, el día de autos, mientras hacía tiempo hasta la hora de la cita con sus alumnos para la lección práctica de arqueología, había disfrutado de una ración doble del producto de su plantación, por lo que notaba su imaginación particularmente activa en el relato que estaba haciendo a la prensa local sobre los hechos que acababan de tener lugar. Como era profesor de instituto, estaba bastante acostumbrado a que nadie le escuchase cuando él hablaba, circunstancia por la cual les estaba íntimamente agradecido a esa parejita que tan atentamente le prestaban atención y que incluso tomaban nota de lo que decía. Aquello enternecía su alma de profesor y le animaba a la perífrasis, a la retórica y a otras figuras literarias que se agolpaban en su cabeza.

 

De otra generación anterior, el profesor se imaginaba que si aquellos dos hubiesen sido sus invitados a, por ejemplo, una cena de sábado en su casa, las opciones de la conversación, hubiesen sido otras, sin tantas reticencias y reservas como las que se estaba viendo obligado a mantener para no revelar lo que estaba haciendo allí con sus alumnos. Desde luego les habría preparado el excelente cous-cous que había aprendido a cocinar, estando de vacaciones con su mujer hacía años en Aguamarga, al sur de España, donde al conocer la proximidad de África, decidieron cruzar aquella lengua de mar que les separaba del continente negro y pasar unos días en Melilla. Allí aprendió a liar cigarrillos de hachís con una sola mano, y a preparar cous-cous con las dos. En el transcurso de aquella cena imaginaria, cuando los invitados hubiesen alabado, como seguramente harían, la delicada textura que él sabía dar a los granos de sémola y los matices que conseguía en la cocción de las verduras, con hojas de menta fresca y de una variedad de cáñamo que el mismo cultivaba en el pequeño jardín trasero, seguro que él no hubiese tenido corazón para ocultarles, el verdadero motivo de las obras que aquella tarde por azar, habían convertido inesperadamente ese tranquilo solar, repleto de matas de habas silvestres, muy amargas eso sí, en un macabro revoltijo de huesos humanos, desperdigados por todos lados. Ni hubiera sido capaz de obviarles, al ofrecerles una copita de orujo de Santiago a los postres, la razón por la que los dos grupos de adolescentes, que aún se amenazaban recíprocamente, vigilados por los policías, la habían emprendido a huesazos los unos contra los otros, como si perteneciesen a bandas rivales.

 

Seguro que por último, se habría visto en la obligación de descubrir al periodista y a la policía, el motivo por el que había hecho venir esa tarde a su adorada Kicki, sacando a la luz el secreto de su identidad, tanto tiempo guardado.

 

Por eso la perra que estaba en el ajo, no daba por terminada aún aquella interesante fiesta de cachorros humanos atacando a cachorros humanos, con huesos de humanos ya muy adultos, y corría enloquecida de gozo, exhibiendo un fémur entre sus dientes que sacudía con energía, cada vez que se paraba unos instantes, antes de proseguir su carrera delante de la esbelta y agotada mujer del profesor de filosofía. Ésta, cerraba aquel escenario sollozando, repitiendo el nombre de la perra y advirtiéndole con pena, que la perra se iba a perder, de continuar con aquella actitud tan alocada delante de la prensa.

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[sws_toggle2 title=”Béisbol o toros, la eterna duda”]

Naturalmente, el profesor de filosofía no era tonto, ni siquiera profesor de arqueología, razones por las cuales omitió en su relato al reportero del Expressen, dos cosas: sus nulos conocimientos en la materia y la verdadera naturaleza de las obras que se estaban llevando a cabo en el solar trasero del instituto, lugar donde en contra de lo que había declarado, desde que se tenía conocimiento en la historia de la fundación de Idre, antes de la era cristiana según los más optimistas historiadores locales, no había constancia de yacimiento arqueológico, ni osario alguno y sí, de una ancestral plantación de matas de exuberantes habas silvestres, muy amargas según decían todos.

 

Por eso en su relato al reportero, el profesor describió una larga perífrasis para evitar que se supiera que los trabajos que hacía con sus alumnos aquel sábado, no eran otros que el replanteo con cal, picos y palas, del perímetro circular de lo que habría de ser, tras unos cuantos meses de obras, un coso taurino, en realidad, una pequeña plaza para capeas de ganado bravo.

 

En un país con bastante gente particularmente sensibilizada en los asuntos relativos al maltrato de otros seres, incluso aunque vivieran en sus propias casas, un tabloide como aquél que cubría en primicia la noticia, no iba a ser capaz de transmitir a la sociedad sueca en todos sus matices, los motivos por los que en el instituto de Idre, se había decidido construir un coso y crear una escuela taurina para los alumnos. Y menos aún, las razones por las que el consejo escolar no descartaba la celebración, al final de cada trimestre, de una monumental capea con vaquillas y cuadrillas de por medio. La consigna por tanto, impartida por el director entre todos los alumnos, padres y miembros de aquella comunidad docente, era la de pasar tan desapercibidos como fuese posible, mientras las obras estuviesen en fase de ejecución. Después, dios diría. Y por ahora, aquella orden seguía cumpliéndose a rajatabla.

 

Toda aquella locura se había desatado unas semanas atrás, cuando tales “instalaciones deportivas”, fueron solicitadas de manera casi unánime por el alumnado de los últimos años, en la primera asamblea del claustro, a principios del curso que había comenzado el mes anterior. La mayor parte del alumnado estaba compuesto fundamentalmente, por niños y niñas que veraneaban desde pequeños en España. Allá durante años, padres e hijos habían ido tomando contacto con aquella cultura chocante y aquel sol solemne, bajo el cual les encantaba chamuscarse ya desde el primer día, importando en sus almas, en su piel y en sus maletas, verano a verano, retazos pintorescos de la misma y también, carcinomas basocelulares de piel de desarrollo remoto, a la remota Idre.

 

Por ese motivo, en los salones estilizados de diseño nórdico, donde cada familia ancestralmente escandinava, se reunía al final del día, era frecuente que, al lado de una lámina de un dibujo de Klimt o de una foto de unos albañiles comiendo bocadillos en blanco y negro sobre una mágica viga voladora, pudiese verse colgado en la pared, algún cartel de toros de la Plaza de la Maestranza, con Talavante, Morante de la Puebla y Sebastián Castella. Y en las reuniones de vecinos de fin de semana, se discutía con ardor alrededor de la barbacoa si hacía bueno, o frente a la chimenea si había nevado ya, si Josemari Manzanares era ya mejor torero que su padre o si el anuncio de la retirada de Morante no era otro bluf y que por tanto, esta vez iba en serio el maestro en su adiós a los toros. Las discusiones entre partidarios de unos y de otros, alcanzaban grados de enfrentamiento entre hermanos o vecinos, y entre maridos y esposas, realmente inauditos, en el caso de los primeros, para gentes nacidas en Escandinavia.

 

Pero junto con la cartelería taurina y las escrituras de un chalet adosado en Denia, se habían traído también de aquella tierra, la pasmosa habilidad que sus habitantes tenían, para finalizar una discusión a muerte, con unas cañitas con tapa en el bar de al lado, pagadas a los chinos y liquidadas a unos chinos precisamente, como era cada vez más frecuente en España. No obstante, como en Idre no había ningún bar de al lado, de hecho no había ningún bar, se conformaban abriendo otra botella de licor (esta vez, puesto que ya no quedaba nada), de aguardiente de hierbas traído de Ibiza, la joya etílica de la casa, que su propietario había sabido mantener a buen recaudo desde que se la trajera escondida en la maleta en la época en que hacían nudismo en la isla mediterránea, y que a la mañana siguiente lamentaría, en el silencio impuesto por las cefaleas, haber sacado a la luz.

 

Sin embargo en las piezas de arriba de las lujosas casas abuhardilladas de las afueras de Idre, las conversaciones de sus hijos eran ya algo más bruscas, aunque solo en las formas. Mientras sus padres en los amplios salones de abajo, discutían o se entretenían con algarabía, improvisando lances de toreo de salón, entre olés o abucheos según la maestría del diestro, o la naturalidad y nobleza del astado (papel que siempre se peleaban por desempeñar las mujeres, los maridos no sabían bien por qué), los adolescentes arriba, se habían decantado por importar otra pintoresca pincelada española de actualidad: las bandas latinas. Y se comportaban en consecuencia.

 

Como todos los adolescentes, aquellos hijos de padres aficionados, al toreo, eran extremadamente hábiles, inteligentes, astutos y sobre todo, muy perseverantes, aunque exclusivamente en una sola materia: conseguir hacer lo que les apeteciera en cada momento, por encima de todo. Puesto que contaban con que su nueva afición de imitar y de comportarse como las bandas latinas, que en un principio (y también después), resultaba algo violenta en su estética y en sus formas, iba a chocar más o menos frontalmente con la idea que sus padres habían ido construyendo desde que nacieron acerca de ellos mismos, como hijos suyos, pensaron que aquello tendrían que planearlo bien. Deberían encontrar el modo de enmascarar su afición tras una cortina de humo, tras un burladero, desde donde pasar inadvertidos. Igual que al amparo del tiburón, la rémora caza las presas que por demasiado pequeñas no temen a aquél y no huyen con su llegada, pensaron que una buena idea sería sacar partido de la afición taurina de sus padres, apoyándola con intensidad, por mucho desconcierto que ello causara en sus progenitores; presentían que algo tenían en común con ellos y lo debían aprovechar. Inspirados en las recientes vivencias de su veraneo en España, decidieron proponer la construcción de una pequeña plaza para capeas, en el solar de la parte trasera del instituto donde, desde siempre, habían crecido grandes matas de habas silvestres, algo amargas por cierto. Una vez construida, desarrollarían en ella una escuela de toreo, como contenido extra escolar. Con esa actividad, que sería vivamente apoyada por sus padres, podrían promocionar sin levantar críticas o suspicacias, un ambiente general en la localidad que estaría naturalmente impregnado de una estética más propicia a las bandas latinas, que la que se podía apreciar en los bailes, trajes típicos y danzas folklóricas de Idre.

 

No dejó de chocar este propósito del alumnado de fundar una escuela taurina, al director del centro y al resto de miembros del consejo escolar, convocado con carácter de urgencia por aquél, para tratar la desconcertante pretensión de los alumnos, precisamente en el confuso momento en el que las corridas de toros estaban empezando a prohibirse en alguna parte de la lejana piel de toro. No obstante, el apoyo entusiasta recibido de la Asociación de Padres de Alumnos del Instituto para ese proyecto, destinado al fomento del toreo como actividad extraescolar, fue el impulso que necesitaba Fritjolf Olofsson, el director, para adormecer su reducida conciencia de modesto aportador económico de World Wild Fundlife. Además, con esta propuesta, un misterio guardado celosamente durante toda su vida, su más oculto secreto que solo su mujer conocía, podría ver la luz que tanto había ansiado a lo largo de tanto tiempo: desde los dieciocho años, cuando viajó a España nada más terminar la guerra europea, él era y había seguido siendo en la clandestinidad sueca, currista hasta los machos. ¿Sabía algún miembro del consejo, el precio que podría alcanzar traer una vaquilla de ganadería de tercera, con transporte, seguros y permisos veterinarios incluidos, desde Galapagar? No, no, ni idea, no y podemos mirarlo en internet, fueron las escuetas respuestas que el director consiguió sacar a su consejo; pero como quisiera que el importe de la partida para la construcción de un campo de béisbol, que había sido aprobada y dotada en el curso anterior, tuvo que ser abandonada por falta de interés del alumnado y debía, no obstante, ser consumida antes de final de año, se decidió por unanimidad destinar aquellos fondos, a acometer la construcción de una plaza de toros en Idre, con su correspondiente escuela de tauromaquia, las primeras en toda la península escandinava.

 

No había fisuras en el consejo al respecto por una razón burocrática pero simple: la no utilización antes de final de año, de la dotación para la construcción del campo de béisbol que el alumnado había rechazado en varias ocasiones, hubiese conllevado la pérdida de la misma y todos los miembros del consejo, incluso la joven delegada de estudios, conocían lo que aquello representaba. En aquel país, tratar de justificar ante la administración, los motivos por los que una subvención no había sido aprovechada, era mucho más complicado desde un punto de vista burocrático y también existencial, y podía acarrear muchos más sinsabores que desviar con inocente imaginación su destino o incluso, apropiarse indebidamente de ella, aunque esto último, no entraba dentro de lo humanamente inteligible, en aquellos países. Por tanto, estaba más que justificada la readscripción de su finalidad, aunque por parte de la delegada de estudios, hubiese algunas dudas acerca de la idoneidad de la nueva aplicación escogida; pero finalmente todo aquello fue votado y aprobado.

 

 

Olofsson, en su calidad de presidente del consejo, estaba a punto de dar por levantada la sesión. Tenía unas ganas enormes de salir corriendo a su casa, para contarle a su esposa una idea que le había estallado en la cabeza en mitad de la reunión: ¿Qué pensaría don Curro Romero, el Faraón de Camas, si él, como presidente del consejo escolar y por ende de la escuela taurina, invitase al maestro, junto con su señora esposa doña Carmen, a la inauguración del coso? Tenía prisa por saber la opinión de su esposa, para quien doña María del Carmen Tello y Barbadillo, ex marquesa de la Motilla, era un ejemplo de elegancia y tronío, a partes iguales. Para otra reunión del consejo, quedó aplazada la deliberación sobre cómo hacer pasar, en la visita de final de obra de los inspectores de Desarrollo de Centros de Enseñanza, una plaza de toros por un campo de béisbol.

 

El director, sobre este punto, se mostró muy esperanzado cuando la delegada de estudios, que era joven y muy eficiente, giró la pantalla de su Mac y le enseñó al director una foto aérea de un campo de béisbol. Él había visto algo parecido a aquello en alguna otra parte, o mejor algo mucho mayor, cuatro veces mayor si debiera ser exacto, de eso estaba convencido. Observó en silencio como hechizado aquella pantalla durante unos instantes, y la luz vino a sus ojos. En realidad, según estaba viendo, el terreno de juego de un campo de béisbol era un cuarto de círculo y, el ruedo de una plaza de toros era un círculo completo, por lo que hasta en primaria podrían deducir que en una plaza de toros en realidad cabían, nada más y nada menos, que ¡cuatro campos de béisbol juntos! Aquél asunto definitivamente parecía estar componiéndose. Inmediatamente desconvocó la siguiente reunión en la que se deliberaría sobre cómo transmitir aquel punto de vista a los inspectores y la convocó a continuación de la que acababa de terminar.

Olofsson había asistido ya a muchas reuniones de Consejos escolares y pretendía economizar sus asistencias en el futuro. Él sabía reconocer cuando una faena estaba caliente, y no quería dejarse coger por el toro. Como líder de aquella comunidad docente durante los últimos veintiún años, sabía bien que en aquel momento había que coger al toro por los cuernos, por lo que dio por terminada aquella reunión y abrió la sesión de la siguiente, echando de menos timbales y clarines que anunciasen la salida del próximo asunto a tratar. Se veía así mismo en aquel momento, como el presidente en un festejo taurino, despidiendo las mulillas y sacando el pañuelo para ordenar que saliera el siguiente morlaco. Pidió que trajeran café y pastas y si alguien quería pedir de postre una copita de aguardiente, no iba a ser él quien se opusiera, pues la reunión parecía que no se iba a poder despachar con un par de capotazos y un bajonazo. Él mismo, se apuntaba a esa idea tan oportuna que había surgido, de tomar un poco de aguardiente, pues los días empezaban ya a ser fríos. A ese respecto, la señora Blomqvist, encargada del material escolar, enseguida apuntó que a unos pasos del instituto, había una pequeña tienda, abierta todavía a esas horas, en la que un serbio vendía botellas de un aguardiente croata excelente, según le había dicho una amiga de ella.

 

Tras ese breve paréntesis logístico y entretanto llegaba la señora Blomqvist con el aguardiente, el director y su consejo comenzaron a analizar los pormenores del proyecto, mientras tomaban el café con las pastas. No era tan imposible. Las rayas de picadores, en lugar de circulares, serían las rectas que unían las bases del campo de béisbol, y en vez de albero, pondrían césped. Así que el ruedo, sería verde y con dos cuadrados concéntricos en el medio, en lugar de naranja con dos circunferencias blancas centradas.

 

El resultado de aquella transubstanciación de un campo de béisbol en coso taurino, en un país en el que el diseño es consustancial a la naturaleza humana, estaba inclinándose para disgusto de un currista irredento, del lado del campo de béisbol, y así se lo hizo saber al consejo, que poco a poco se iba magnetizando con el entusiasmo de su presidente. Para paliar aquella lamentable escora, habría que compensar la balanza con las dimensiones que, obligadamente, se darían a los campos de béisbol, para poder inscribirlos en las dimensiones de un ruedo para becerradas. Las distancias entre las bases iban a resultar algo pequeñas, y en vez de noventa pies, iban a medir unos cuantos pasos. Así los chicos, ya de por sí algo flojos, se cansarían menos en las alocadas carreras entre las bases que tendrían que dar, en el caso de que hubiese que disputar algún partido de exhibición ante los inspectores; y las vaquillas por su parte, podrían corretear por el ruedo sin cansarse demasiado, en los demás casos.

 

Naturalmente y como cuestión de principios, en aquel coso no iba a haber más profusión de sangre que alguna eventual hemorragia nasal de las habituales en las plazas, cuando el entusiasmo de algunos aficionados levantando sus brazos en señal de triunfo, acercase demasiado los inocentes puños de la alegría, a las narices de los espectadores de la fila de encima. Las picas de las puyas, serían ciegas, esto es, romas y de madera. Las banderillas lo propio, o de estudiarse en profundidad, con algún sistema de ventosa. Y desde luego el estoque sería siempre el de mentira. En cuanto a las gradas del público, serían iguales para un caso que para el otro, por lo que todas las piezas iban encajando unas tras otras, como los naturales en una faena bien hecha, para satisfacción del presidente.

 

La animación en el Consejo Escolar con aquel proyecto era muy viva a esas alturas de la reunión. Sus miembros se quitaban la palabra para apuntar en conversaciones cruzadas las ideas atropelladas que iban surgiendo. Y toda aquella viva excitación le hizo preguntarse al director, si no habría en una localidad como Idre, cuya única industria eran las estaciones de esquí que solo funcionaban en invierno, algún avispado mayorista dispuesto a aprovechar los meses de buen tiempo, y dotar a la comarca de una industria turística alternativa organizando una Feria de Abril en abril, una de San Isidro en mayo y unos sanfermines en julio que canalizasen el interés por la cultura y el arte de la fiesta del toro que, poco a poco, a lo largo de tantos veraneos en España, como una fina lluvia, estaba completamente convencido que había ido calando en los suecos, aunque desde luego, nadie lo quisiera reconocer. Él por supuesto, estaría dispuesto a colaborar y promocionar tales eventos, poniendo a disposición de tan emprendedor mayorista con un alquiler más que razonable, la plaza que proyectaban construir. Pero esa idea era algo que había que aparcar para meditarla debidamente, más adelante.

 

Por el momento, con el presupuesto de un campo de béisbol, él iba a poder presentar a la inspección tres campos más: ¡cuatro campos de béisbol por la subvención de uno! Aunque él era de los que pensaban que no hay quinto malo, descartó la idea de completar su hazaña con un quinto campo de béisbol. Además sería imposible añadir un quinto cuarto, al círculo de un ruedo: la geometría era la geometría, y si no, que se lo preguntaran a Pitágoras.

 

El director Olofsson, cerca de las once de la noche, iba a dar por finalizada la botella de aguardiente y la sesión, cuando una señora Blomqvist, bastante animada, inesperadamente, le comenzó a tutear y a pedirle insistentemente que toreara, ofreciéndose para sustituir en el papel de astado, a la señora del presidente que se encontraba ausente. Ya vería él, que también eso ella sabía hacerlo mejor, le dijo la señora Blomqvist enigmáticamente, como para animarle.  Entonces el presidente, abrumado por el interés de un consejo que no había visto una faena en vivo, no tuvo más remedio que abrir su corazón de currista. Casi con lágrimas en los ojos les confesó, que todas las noches en las que las fuerzas y el ánimo le acompañaban, después de la cena, efectuaba varios lances de trasteo con la ayuda de su mujer, que sabía llevar muy bien los cuernos, y que iba y venía, con nobleza y humillando. Después él, entraba a matar, la. El presidente con una sonrisa condescendiente en los labios, se hizo algo de rogar, pero, ante los aplausos de los miembros del consejo que habían veraneado muchas veces en España, y que eran todas mujeres de edad, excepto él mismo y la delegada de estudios que no bebía alcohol, accedió a dar unos pases, con la muleta que tenía oculta en un cajón de su despacho, a la señora Blomqvist, la cual ya se encontraba al otro lado de la sala de reuniones, bastante excitada y con sus dedos índices dispuestos en las sienes y los ojitos entornados risueñamente. Cuando los demás miembros del consejo se ofrecieron también para hacer de morlacos, incluida la delegada de faltas de asistencia que se había puesto ya, muerta de la risa a cuatro patas, la joven delegada de estudios cerró su Mac y dio por acabada la razón de aquella reunión, marchándose a su casa.

 

El maestro a modo de brindis al respetable, lanzó su último deseo de éxito para aquel proyecto tan romántico que comenzaba su andadura: sólo un inspector con las oposiciones recién aprobadas en la última convocatoria y su plaza recién estrenada, podría hacer preguntas capciosas, acerca de aquella valla corrida de madera que circunvalaba todo el perímetro de los cuatro campos de béisbol, con esa especie de parapetos adelantados de la valla, cada cierta distancia. ¡Pues naturalmente que se trataba de medidas de seguridad, colocadas para impedir que el entusiasmo de los alumnos, contagiados del buen jugar de sus compañeros, les animase a saltar al campo y sacarles en hombros del campo, jaleando su hombría y su valentía! ¡Iba por ustedes!, dijo finalmente, y citó de lejos a la rubicunda señora Blomqvist que moviendo picaronamente sus dedos índices a cada lado de la frente, se arrancó por fin, no sin antes restregar sus tacones por la teca del suelo. Instantes después, pasó con la cabeza agachada, peligrosamente cerca de las caderas del director que, sin desfallecer, sentía cómo sus dedos índices le rozaban el terno. En mitad del lance, que el consejo celebraba con histéricas risas y palmadas, pidiendo reiteradamente con pañuelos verdes el cambio de toro, el diestro para ayudarse, ciñó con su brazo libre el lomo de la agachada señora Blomqvist, agarrándola y pegando su talle a ella para dirigir con ventaja a la salida, de la muleta. Aunque sabía que un buen maestro no debía ayudarse de ese modo, pues era una costumbre vulgar y contraria al purismo, pensó que ese gesto sería como un guiño al respetable, en lo que parecía que iba a ser una faena larga y entretenida. Aunque era consciente de que Olofsson, no era un nombre con el tirón taurino deseable para haberse dedicado profesionalmente a aquello, por su mente pasó el recuerdo del diestro cañailla Ruiz Miguel, de los pocos maestros que se habían atrevido a encerrarse con seis vitorinos, en una misma corrida.

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[sws_toggle2 title=”Paisaje después de la batalla”]

 

El profesor de filosofía y arqueología, continuó su perifrástico relato al reportero y a su novia, omitiendo con especial cuidado, todas las referencias a bandas tribales y riñas tumultuarias, que solo servirían para distraerles de la compresión expositiva del mismo.

Con locuacidad opaca, típica de profesor de filosofía, elaboró una versión apta para la policía y la prensa, que puede consultarse en toda su extensión en hemerotecas, sobre los siguientes hechos, realmente acaecidos: una de sus alumnas, al poco rato de iniciados los trabajos de explanación y excavación para los postes de los burladeros, fue la que encontró lo que parecía una vértebra, e inmediatamente la destinó, una vez limpiada con el agua de la garrafa que habían traído del instituto para beber, a pasador de una pañoleta que llevaba de los Latin Kings, una conocida banda de delincuentes, en la que pretendía ser admitida en Denia, cuando fuese algo mayor. Otra de las niñas, su íntima amiga hasta las vacaciones del verano anterior, a su vez aspirante a formar parte de los Ñetas, banda igualmente latina y delincuente, pero enemigos mortales de los anteriores, se empeñó en que ella también necesitaba un pasador como aquél para su pañuelo de los Ñetas, y escarbó con furia en la tierra, hasta encontrar otra vértebra, probablemente una L2, mucho más grande que la de su amiga, que no pasaba de ser una T2. Ésta reaccionó con enfado, revolviendo todo aquello con rabia, y haciendo saltar por el aire clavículas, costillas y caderas, hasta que se sintió satisfecha con una C3 bastante blanquecina, que por encontrarse un poco rota, le pareció más original. Por su parte los chicos, consideraron que los fémures muy bien podrían ser utilizados como bate o palo de golf. O como espada de Tronx, un video juego de mucho éxito por entonces. En pocos minutos, los restos de un esqueleto humano estaban esparcidos por todo el solar.

 

Cuando el profesor vio a tres de sus alumnos, armados cada uno de ellos con fémures humanos, en una asociación de ideas fulminante, decidió llamar a su mujer por el móvil, ya que, si no le fallaban las cuentas, aquel asunto no había hecho más que empezar. Su mujer debía traer a su perra rastreadora tan pronto como fuera posible al instituto, para un asunto de la mayor importancia. Probablemente, había descubierto la más antigua necrópolis de Suecia o algo mucho mejor, y para ayudarle en aquello, nadie mejor que Kicki (en este punto de la crónica, al leer este nombre, el fiscal Ranelid colapsó en el sofá del salón).

La perrita, sobre eso él ponía la mano en el fuego de cualquier barbacoa, disponía de un excelente olfato, gracias al cual había llegado a ser tiempo atrás, el agente K más famoso del cuerpo de policía, en varias provincias de los alrededores de Estocolmo. Como les suele ocurrir a los policías íntegros, según abundante literatura negra (que a él tanto le entretenía), las envidias y los juegos de poder en las alturas del cuerpo de policía y de la fiscalía, tejieron una pegajosa red de intereses en la que Kicki quedó atrapada. La acusaron de cometer lamentables errores en su trabajo, como consecuencia de los cuales unos pobres ciudadanos, uno de ellos centenario, habían llegado a ser acusados y perseguidos como una banda de asesinos en serie. Finalmente, el fiscal del caso, la acusó directa y personalmente de oler fatal.

Fue tras el asunto de Akers Styckebruk, en el que ella marcó la presencia de un cadáver, una de sus más certeras intervenciones, cuando recibió del fiscal del caso, el peor insulto que puede soportar un perro policía. Y más aún, siendo totalmente falso. El asunto apestaba, pero a Kicki, le quitaron la placa y su hermano, que era el agente guía de la perra, recibió la orden de deshacerse de ella. Como suele suceder en las novelas policíacas de autores norteamericanos, según el profesor recordaba, su hermano, en lugar de cargársela, se apiadó de su compañera de tantas olisqueadas y la retiró de la circulación, regalándosela a su hermano, él mismo, que vivía en una localidad bastante apartada, aquí mismo precisamente. Al principio por precaución, la dejaron con un pariente de su mujer que vivía en la casa de campo que tenían en Härjedalen, pero al cabo de pocas semanas, considerando que el peligro había pasado, se la trajeron a su casa de Idre.

 

Desde entonces, casi dos años después, había vivido con su mujer y con él, tratando de olvidar el pasado, aunque ya simplemente, como detective privado. Buscaba las cosas que a ellos se les perdían por la casa, las llaves, algún libro, la caja de los preservativos que les traía al dormitorio hábilmente cogidos con sus afilados dientes y una sonrisa de satisfacción por el deber cumplido, realmente enternecedora. No, no habían tenido hijos, su mujer y él, pero agradecía el interés de la encantadora novia del periodista en este sentido, por la situación de su familia, y podía decirle, felizmente, que la perra había superado por completo aquel trauma profesional.

 

En cambio su hermano, no fue el mismo a partir de entonces. Y en este punto él, como hermano de él y amo de Kicki, aprovechaba esta ocasión ante la prensa para solicitar, a la vista de los hechos acaecidos esa tarde, la reivindicación de la categoría profesional de Kicki, su readmisión en el cuerpo con salarios atrasados y todos los pronunciamientos favorables, y la de su hermano; el reconocimiento público de su error por parte del fiscal que había empañado tan ominosamente su crédito, y la reapertura del caso del anciano centenario en el punto en el que quedó archivado, como consecuencia de la falsa imputación de errores profesionales a la perrita de la que su hermano había sido guía. Éste, descreído de la sacrosanta misión del policía, por la injusticia y la felonía cometida por el fiscal a cargo de aquella investigación, dejó el cuerpo de policía y el lado oscuro de la fuerza le atrapó. Decidió que ya sabía bastante acerca del trabajo que desempeñan los perros policía en los aeropuertos y en las aduanas de puerto de mar, por lo que montó su propia empresa de contramedidas olfativas. Su trabajo con Kicki y sus congéneres, le había hecho descubrir los puntos negros del olfato de los perros. No se trataba de disimular los olores que las drogas desprenden o neutralizar el olfato de los perros con pimienta u otras burdas y toscas sustancias que les destrozan la pituitaria, un órgano extremadamente delicado y complejo de los chuchos. Era algo más sutil que les contaría, si es que era de su interés, a la encantadora jefa de policía y a su sagaz prometido. ¿No?, bien de todas maneras, se imponía un breve circunloquio expositivo.

 

El hermano del profesor, se había percatado, como casi todos los dueños de perros cuando los pasean por la noche que, en ocasiones, los perros van olfateando distraídamente por algún punto en concreto, y enseguida se alejan de él, enarcando el cuello, y no sin antes volver la cabeza unos instantes hacia el lugar que han olfateado, con su morro todavía atento a aquel aroma en particular, y con una expresión en su cara de incredulidad y sorpresa: como si les fuera difícil creer que pudiera existir un olor tan desagradable como aquel con el que habían tenido la desgracia de topar, o incrédulos de que hubiese alguien tan desnaturalizado como para dejar aquella peste allí, o como si pretendiesen visualizar para siempre aquel lugar, para no volver jamás a pasar por la cercanías. No hacían ningún aspaviento, ni estornudaban, ni aullaban. Era un comportamiento que no denotaba alarma, ni nada especialmente anormal. Simplemente parecía ser un tipo de aromas con un hedor terriblemente desagradable para los chuchos, que solo pretendían olvidarlo cuanto antes.

 

Ese comportamiento de los animales, fue estudiado con detenimiento por el hermano del profesor, experimentando arduamente hasta dar con varias sustancias que producían tal efecto, entre los más profesionales de los perros policías. El guía no percibía ningún comportamiento extraño por parte de su inseparable compañero de trabajo. Éste, simplemente pasaba por al lado de aquella Samsonite roja, apurando un poco el paso para alejarse de ella y volviendo un fracción de segundo otra vez la cabeza hacía aquel bulto encarnado, tan maloliente. Pero sin denotar ni excitación, ni ansiedad alguna, de modo que la maleta, seguía su camino en el aeropuerto de Estocolmo por la cinta transportadora número S-26 del vuelo procedente de Caracas, y era retirada sin incidencias por su legítimo poseedor, muy satisfecho por la inversión realizada en la empresa de su hermano.

 

Técnicamente podría decirse que su hermano, no cometía delito alguno. ¿Qué culpa tenía él, su señoría, si la sustancia pestilente que creaba para alejar a los zorros de los gallineros, era revendida sucesivas veces hasta caer en manos de un traficante de drogas? Su señoría, a pesar de la contundencia de ese razonamiento de la defensa, le había mandado recluir por un período de seis meses. Desde que comenzó aquel período de reflexión por cuenta del estado, él y su esposa le iban a visitar regularmente, los fines de semana, con Kicki. A la cuarta visita, tuvieron que dejarla en casa, pues la perra se volvía loca nada más entrar en el establecimiento penitenciario. No paraba de ladrar nerviosamente y se agitaba y se removía, hasta que de repente se quedaba quieta, muy tensa, al lado de casi todos los reclusos con los que se cruzaban, mientras paseaban por el jardín para visitas del centro. A veces, también se plantaba a los pies de alguno de los vigilantes del establecimiento penitenciario, en esa misma actitud de alerta. Entonces, el animal miraba fijamente al hermano del profesor, su antiguo compañero de trabajo, como esperando que éste le diera algo. ¡Qué compromiso para su hermano! No la llevarían de visita nunca más, desde luego, la señorita policía lo entendía, ¿no era cierto?

 

El caso era que quien tuvo, retuvo. Cuando su esposa llegó con ella al solar del instituto esa misma tarde tras la llamada del profesor, nada más soltarla en aquel descampado, Kicki pareció transmutarse. Se acercó con cautela al lugar donde unos alumnos blandían unos huesos divertidamente, como si fueran espadas de otras galaxias, mientras otros escarbaban como facóqueros con las manos, sacando huesos de la tierra, y de repente Kicki comprendió, qué hacía ella allí. Se trataba sin duda de una segunda oportunidad, la ocasión de demostrar al mundo entero, que ella NO se había equivocado; que si marcaba la presencia de un cadáver, es que SÍ había un cadáver o al menos lo había habido; que lo ocurrido en Akers Styckebruk, tras advertir ella a su guía que alguien había hecho desaparecer de allí un cadáver, no había sido otra cosa que una conspiración, en la que ella había sido el eslabón más débil de la cadena de una justicia errada y corrupta. Y ahora, ella estaba allí para reivindicarse.

 

A los pocos minutos, en un estado mental cercano a la histeria, había desenterrado otros cuatro esqueletos más. No cabía duda de que acababa de descubrir el mayor caso de asesinatos en serie de Suecia, en muchos años. ¡Ella, había vuelto! Aunque había algo en aquellos huesos que olía a rancio, a demasiado antiguo… Puesta a filosofar, parecían más antiguos que la filosofía pitagórica misma. Pero aquellos eran sus quince minutos de fama, y nadie se los iba a arrebatar, nadie. Aunque se tratara de quien la ponía de comer todos los días, que llevaba ya un buen rato, jadeando detrás de ella. Para colmo de dicha, tenía un hueso en la boca y, o su olfato había perdido mucho, o aquel tipo con el que su amo conversaba, olía a tinta y rotativas. Los chicos de la prensa habían llegado: todo estaba perdido para todos, menos para los que no tenían nada que perder como ella. Así era el cuarto poder.

 

 

 

 

“Con la ayuda de la prensa, la hazaña de haber descubierto los cadáveres de cinco personas asesinadas, la iba a convertir en pocas horas en el personaje de moda, catapultándola a la fama; de eso Kicki estaba convencida. No cabía duda que aquella matanza había sido obra de algún pirado, incapaz seguro de distinguir entre un triángulo rectángulo, la forma pitagórica por excelencia y una circunferencia, como la que habían pintado con cal en aquel sitio lleno de sorpresas. Se veía ya así misma reivindicada, condecorada y readmitida con todos los honores y pagas atrasadas, en la sección K de la policía sueca. Estaba deseando que llegara ese momento, que tantas veces había soñado en aquellos dos largos años de destierro y olvido: una gran parada policial donde se llevaría a cabo la ceremonia de desagravio y condecoración, en la que se rehabilitaría su nombre. Algún jet privado del Ministerio del Interior, aterrizaría el jueves siguiente por la mañana en el aeropuerto de Idre, y se la llevarían a la antigua ciudad desde donde la habían deportado. Al día siguiente, una banda de música anunciaría el inicio del acto con todos los efectivos del cuerpo de policía de la provincia de Södermanland formados en la explanada de desfiles con sus uniformes de gran gala y la sección K delante en primera línea, con sus guías en posición de firmes, mirando al infinito, y justo un paso delante de ellos, sentados gallardamente sobre sus cuartos traseros, los antiguos compañeros rastreadores de Kicki con los que tanto había olisqueado, incluido Virgo, el irresistible pastor alsaciano, uniformados con los arneses de parada, mirando con disimulo la cantidad de mariposas que revoloteaban por allí, por si con un poco de suerte, alguna se despistaba y se acercaba más de la cuenta a cualquiera de ellos. Por último, ella delante de toda la formación y con su guía detrás, también rehabilitado por un reciente indulto del gobierno en reconocimiento al increíble adiestramiento que había conseguido con ella. No podían faltar, y esta era la parte que menos le gustaba recrear en sus sueños de grandeza, las autoridades que, desde una tarima, presidían el acto frente a aquella impresionante formación. A ras de suelo, a un lado del entarimado, un estúpido hombrecillo (que recordaba una barbaridad a un actor cómico inglés, rubio y un poco regordete, que siempre acababa persiguiendo en cámara rápida a señoritas muy guapas que escapaban de él), mantenía con un semblante taciturno una gran caja de madera noble, repleta probablemente de medallas honoríficas. Así lo olían desde la distancia, sus compañeros rastreadores y ella misma. Era el fiscal del turbio asunto de Akers Styckebruk, ahora definitivamente enturbiado, al haberse puesto en duda la versión que él había dado inculpándola a ella de negligencia. Gracias a su hazaña en Idre, las extrañas deducciones del fiscal que habían determinado la resolución y el archivo de aquel caso, se habían caído como fichas de dominó, ya que no era sostenible que una agente con las habilidades olfativas demostradas en Idre, pudiese haber errado de aquel modo en Akers Styckebruk. El fiscal había sido relegado a ayudante del ayudante del nuevo fiscal, y el caso había sido reabierto. Pero por lo que concernía a Kicki, en aquellos momentos la fanfarria de megafonía, indicaba a su guía que debía avanzar solemnemente hasta el estrado, para que ella recibiera sus medallas. Allí subido en lo alto del entarimado, al lado de las autoridades de la provincia, estaba su amo con una sonrisa de satisfacción en la boca, que muy orgulloso, la veía acercarse a recoger su reconocimiento. ¡Qué gran tipo era su amo!

 

Absolutamente en todas las ocasiones que había recreado su vuelta gloriosa al servicio activo, en este momento crucial en que se acercaba al entarimado de autoridades, sus sueños colapsaban. Ella se quedaba sin medallas y sin el gustazo de mirar desde el estrado cargada de medallas, a sus compañeros de raza y al estúpido ayudante del ayudante del nuevo fiscal que en su sueño, la miraba con respeto, reverencialmente. Unas veces, aquellos sueños se desvanecían porque llamaban a la puerta y había que ponerse a ladrar quisiera ella o no; otras porque la que le ponía de comer y la sacaba de paseo, la ponía de comer o la sacaba de paseo; y otras porque su amo conectaba ese ruidoso trasto que ella odiaba tanto, y que arrastraba por todo el suelo, revolviendo los olores de la casa con el pretexto de limpiarla. El caso era que todas las veces, se quedaba sin final feliz.

 

 Precisamente en aquel momento de esa tarde que estaba resultando tan divertida, la que le ponía de comer y la sacaba de paseo, parecía querer sacarla de paseo, aunque paradójicamente, estaban ya en la calle, pues acababa de trincarla por el collar y le estaba atando la cadena, como cuando se preparaban para salir de paseo. Kicki mala, Kicki mala, le aseguraba, pero a ella le importaba un haba, pues el amo se acercaba ya con aquel tipo que olía una barbaridad a tintas. ¿Sería aquel recurrente “somnis interruptus”, una señal del destino de que nunca lograría su reivindicación profesional?, había llegado a pensar en cantidad de ocasiones, aunque sin caer nunca en la desesperanza, pues de inmediato miraba a su amo y comprendía que juntos, lograrían al final aquel propósito regeneracionista. Despierta, se imaginaba a sí misma haciéndose pis en los zapatos de las perplejas autoridades, justo después de la imposición de sus medallas, y saliendo a la carrera por ahí a perseguir mariposas, dejando a todos con dos palmos de narices. Eso era lo que ella hacía con el poder. Por cierto, ¡qué cantidad de habas había en aquel campito tan sorprendente! Había comido una, y aún le duraba el sabor amargo. Lamería aquel tipo de las tintas, a ver si con aquel olor a periódicos, se le iba algo el sabor tan desagradable de aquellas habas”.

 

El profesor de arqueología no le contó a la pareja de preguntones profesionales, esos íntimos sentimientos y pensamientos que ocupaban a Kicki en aquellos instantes pues de momento, él los desconocía por completo. No obstante, aquella misma noche, cuando todos durmiesen, con la mente en un estado psicoactivo que alcanzaba gracias a las hojas de las plantas que cultivaba en el patio trasero de su casa, se vería inmerso en un extraño fenómeno de telepatía, en el que llegaría a escuchar en su cabeza, esos pensamientos de la perrita con toda nitidez. Aquel suceso, aquella telecomunicación con su perrita Kicki, le cambiaría para siempre la vida, en los días siguientes. De momento era sábado por la tarde, él no lo sabía y se encontraba muy a gusto hablando sin parar a una pareja que le escuchaba con mucha atención, mientras veía acercarse a su mujer con la perrita, sujeta ya con la correa.

 

Sí, la perrita era muy lametona y cariñosa como podía comprobar, le decía al reportero. Se habían acercado los tres a la escena del crimen, al comprobar que la esposa del profesor había conseguido finalmente atar con la cadena a Kicki, que se mostraba particularmente cortés con el recién llegado. Aquí tenía la señorita policía, a la responsable de aquel fantástico hallazgo, le decía orgulloso a la jefa de policía. Sí, había contaminado un poco el escenario forense, pero ciertamente no era la única. Los chavales que lo habían revuelto todo, e incluso sus propios hombres, que no habían parado de fumar y tirar colillas por todos lados desde que habían llegado, también habían puesto su granito de arena.

 

El profesor de filosofía continuó su relato-declaración, asegurando que no había podido controlar a sus alumnos de arqueología cuando Kicki, en un gran despliegue de sus habilidades, había ido desenterrando a todas aquellas personas, hueso a hueso, esqueleto tras esqueleto, de una manera casi obsesiva, convirtiendo en pocos minutos el solar, en un osario al aire libre, muy del agrado de los alumnos. Un simple vistazo al resultado final del trabajo de Kicki, les había convencido de que sería una idea genial aprovechar todos aquellos elementos arrojadizos, y llevar a cabo una pelea entre dos bandas latinas (en realidad se refirió a “dos pandillas de amigos con afinidades opuestas”), armadas con huesos, la cual a decir verdad, había resultado más divertida que violenta. Por eso cuando llegó la policía, a la que el profesor había llamado inmediatamente después de hablar con su mujer, y que se había presentado casi tres cuartos de hora después que ella, debido con seguridad a las dificultades habituales de tráfico de Idre, no les fue nada difícil acabar con la disputa.

 

Había que entenderlo, señorita jefa de policía, eran niños y para ellos una cosa así, era motivo de fiesta, como casi todo. Sí, era el escenario de un supuesto crimen, pero él había estado haciendo fotos todo el tiempo para documentar las actividades y creía que podrían reconstruir casi por completo el decorado.

 

Los jóvenes policías, en el transcurso de aquellas dos largas horas que llevaban custodiando el escenario forense y a los actores intervinientes, habían entablado ya una particular relación amistosa, con algunos de ellos. Tal era el caso de las descubridoras de los primeros huesos, a las que la sola idea de salir con unos policías, siendo ellas como lo eran, futuros miembros de unas temidas bandas latinas, les pareció algo de lo más excitante. Por eso, siguiendo las instrucciones del novio de la jefa, a los agentes no les fue difícil disponer de la ayuda del grupo de chavales, a la hora de meter toda aquella osamenta en unas bolsas de basura enormes que habían conseguido en una tiendecita serbia cercana. Todo debía quedar muy ordenado, en bolsas que se marcarían para identificar con facilidad su contenido: clavículas con clavículas, costillas con costillas y así sucesivamente. Los cráneos decidieron meterlos en unas cajas de cartón vacías de aguardiente croata, que había puesto a su disposición el minorista serbio.

 

La crónica del Expressen, continuaba detallando que la policía había retirado los cuerpos del delito, convenientemente empaquetados, para su traslado y custodia a las dependencias policiales, donde fueron inspeccionados a última hora de la tarde por el médico municipal, que tenía las competencias forenses iniciales, hasta su envío a los equipos de forenses judiciales de la capital, en fechas posteriores.

 

El médico-forense agradeció mucho a la jefa de policía la clasificación que habían llevado a cabo por tipologías óseas, pues así cuando él necesitase, por ejemplo una clavícula, sabría con pasmosa facilidad a cuál bolsa debería acudir. No obstante, hubiese sido también igual de admirable, que la clasificación se hubiese llevado a cabo por zonas de concentración de los restos, pues de este modo habrían aumentado las posibilidades de que los huesos de cada bolsa, pertenecieran a un mismo individuo, ya que ahora le correspondía a él reconstruir los esqueletos, uno a uno. Ésta última matización efectuada por el doctor, fue obviada por el periodista, para no alargar demasiado la crónica, que ya estaba quedando bastante extensa de por sí.

 

Comenzó por tanto el médico-forense, con un análisis somero de los cráneos, después de alabar la calidad de aquel aguardiente croata en cuya caja venían embalados, y que, aunque él aún no había tenido la oportunidad de probarlo, le había sido recomendado por una amiga suya, muy aficionada a ese aspecto de la cultura croata, a la que sin embargo, no sabía por qué, nunca había podido sacar el nombre de su lugar de avituallamiento. ¿Recordaría la jefa de policía donde habían recogido esa caja de cartón, con aquella bandera apaisada parecida a la francesa?

 

Mucho más animado al obtener la información solicitada, continuó su análisis en presencia del reportero y su novia. En ese punto la investigación y la crónica dieron un vuelco definitivo: cuatro de los cráneos, precisamente los pertenecientes a los varones, presentaban un orificio limpio en el occipital. Por el contrario el de la mujer, aparecía intacto. Cuatro impactos de bala sin orificio de salida, que habían terminado con seguridad con la existencia de aquellos infelices. ¿Quién se los había cargado de un pistoletazo? ¿Qué relación unía a aquellos cuatro individuos? ¿Y entre ellos y aquella dama enterrada en su compañía, todos juntos en una disposición geométrica cuya razón, ni el mismo Pitágoras lograría desentrañar?

 

A partir de aquel momento del sábado y hasta la mañana siguiente a primera hora, en Idre cada mochuelo se retiró a su olivo, con los siguientes variados matices:

 

La población en general se sintió muy aliviada cuando por fin, a través de las cajeras del supermercado ICA, esa misma tarde se tuvo conocimiento de que había un asesino en serie en la comarca, que se había quitado de en medio a cinco personas, enterrándoles tras la tapia del instituto local. Después de muchos meses de frustración, ya tenían un asesino en serie o quizá varios, que permitiesen a la población respirar tranquila, pues ya tendrían la oportunidad de asombrarse con aquellas caras tan amables que sin dudan habrían de tener, cuando les detuvieran. Y por ahí, en opinión de Eva Birguitta, la decana de las cajeras del ICA, experta en radiografías sicológicas de clientes a simple vistazo, precisamente por ahí, decía con la expresión dogmática del que se sabe el final del thriller que están poniendo en la tele, deberían comenzar las pesquisas de la policía: buscando pistas imperceptibles entre la gente con cara especialmente amable, dulce e inofensiva. Así se lo hacía saber a una ancianita que esperaba sus vueltas con una angelical sonrisa. Eva Birguitta de repente, tras un instante de reflexión, con una expresión de suspicacia en la cara, cogió el cambio rápidamente de la caja y se lo entregó con cierta brusquedad a la abuelita, diciéndole ásperamente que no tenía toda la tarde para estar de cháchara con ella, y que mejor haría yéndose de una vez, a hacer lo que quisiera que tuviese que hacer en el sótano de su casa. Además le dijo que aquella comida que había comprado, era a todas luces insuficiente para más de una persona, a lo que la ancianita le respondió que desgraciadamente, ella vivía sola. Claro, claro, así debía ser, y por ese motivo se llevaba dos tipos distintos de pañales para adultos, ¿no era así? La abuelita, bastante sorprendida por la actitud tan desconfiada de la cajera, se vio en la necesidad de aclararle que los de tamaño XXL, eran para que su gatito se entretuviera en destrozarlos y así dejaba intactos los que ella usaba. La cajera dio por terminada la conversación aireando su mano en alto y llamando con energía al siguiente cliente. A Eva Birguitta, con varias décadas de servicio en la caja de ICA, no la engañaba nadie.

 

Los datos de que disponían en la línea de cajas del supermercado local, no podían estar más contrastados: procedían de la propia mujer del profesor que había encontrado los restos, y que había ido a comprar al supermercado un hueso de piel curtida para perros, para aliviar el síndrome de abstinencia que padecía Kicki, después de que al final de la tarde, le arrebataran con engaños un fémur humano de la boca. Tras extenderse la noticia, con la rapidez del olor a leña quemada en el bosque, hasta el último rincón de la localidad, todo el mundo sabía ya que en los alrededores de Idre, por fortuna, había un asesino en serie, así que en todos los hogares de Idre aquella noche, la sombra amable de un asesino en serie se paseaba tranquilizando dormitorios de adultos y niños que, después de muchos meses, descansaban por fin a pierna suelta.

 

Con una de éstas precisamente soñaba Kicki en aquellos momentos tumbada en la alfombra del salón, rememorando dormida a galope tendido, las apasionantes carreras de aquella tarde en el solar trasero del instituto.

 

En el estudio del piso de arriba, mientras su mujer dormía en el dormitorio contiguo recordando en sueños las mismas extenuantes carreras de aquella tarde, el profesor acababa de decidir lo que haría esa noche de sábado. Se decía que, aunque a la mañana siguiente debería madrugar, pues había quedado a primera hora con aquella simpática parejita con la que había pasado la tarde charlando distendidamente sobre todo lo ocurrido, sin embargo no tenía intención de romper la costumbre que había adquirido muchos años atrás. Las noches de los sábados y todas las demás, terminaban con la inspiración del humo de hojas de cáñamo quemadas. Era un rito a través del cual, su alma se reconciliaba con el mundo entero, más que nada, porque le sacaba de él (cuando le oía decir aquello, su mujer pensaba para sus adentros que cualquier alma se reconciliaría hasta con el mismísimo infierno, si se la sacara de él). Con el paso de los años, había desarrollado tal experiencia en aquellos viajes interplanetarios, que hubiese sido la envidia de cualquier ponente en un congreso mundial de agencias de viaje. Y esa noche tenía material de primera, suficiente para un viaje sideral. Por eso, ya con la segunda dosis, elaborada como siempre con una sola mano, mientras que con la otra buscaba el cd con la música apropiada para decorar el ambiente de aquella noche (escogió sin dudarlo, la banda sonora del film Apocalypse Now), el descubrimiento de los cinco esqueletos que había tenido lugar esa tarde, era ya el leitmotiv exclusivo de su singladura nocturna. Al final de la quinta dosis, una inspiración le llegó con fuerza del piso de abajo: y sin saber cómo, viajó al interior del cráneo de Kicki y percibió con total nitidez, la intimidad de los pensamientos y sentimientos que estaba experimentado la perrita en aquel preciso momento:

 

 

“Haber descubierto los cadáveres de cinco personas asesinadas, con la ayuda de la prensa, la iba a convertir en pocas horas, en el personaje de moda, catapultándola a la fama, de eso Kicki estaba convencida. No cabía duda que aquella matanza había sido obra de algún pirado, incapaz seguro de distinguir entre un triángulo rectángulo, la forma pitagórica por excelencia y…”

 

Aquella transmisión telepática emitida por su adorada Kicki, con el acompañamiento de la música siniestra de la película, impresionó tan vivamente a esas altas horas de la noche al psiconauta que no encontró otra explicación para aquello, que achacar aquel fenómeno a la notable calidad que estaba logrando con los cultivos del jardín trasero. La turbación que le produjo sin embargo aquella experiencia, en esa jornada de esqueletos emergentes, no fue nada en comparación con el miedo que comenzó a atenazarle, cuando en los días siguientes empezaron a ocurrir en la realidad, los hechos que imaginó aquella noche, al parecer telepáticamente transmitidos por el chucho.

 

Días después, le pareció recordar haber visto en alguna hora tardía de esa noche, al cantante de The Doors mirándole compasivamente de pie, al lado de la chimenea, recitándole como si de una maldición se tratara que:”This is the end, my friend, my only friend the end, of our elaborate plans, the end, of everything that stands, the end…” Y como al capitán Willard, en su película favorita “Apocalypse Now”, aquello le sobrecogió. Tenía que hacer algo…

 

Bastante antes de aquello, a última hora de la tarde de aquel sábado y en el centro de Idre, después de hacer abandonar la pequeña comisaría a los dos jóvenes agentes y a un nutrido grupo de ciudadanos comprometidos en la cosa común, liderados por Eva Birguitta que había terminado su turno y sentía el deber de asesorar a las fuerzas del orden con sus conocimientos de sicología criminal, la jefa de policía se quedó en las dependencias policiales junto con el corresponsal del Expressen y el doctor. Puesto que ambos estaban muy entretenidos con el descubrimiento de los balazos que les habían descerrajado a esos pobres en los cráneos, ella aprovechó para llamar al fiscal de su departamento, que era Björn Lindqvist según pudo leer en la web, y ponerle al tanto de lo sucedido. Cuando escuchó su voz al otro lado de la línea, tardó lo suyo en convencerle de que le resultaba imposible pasarle el auricular a su padre, ya que incluso vivía en otra provincia, por lo que muy a su pesar, no podía complacerle. Su insistencia le puso bastante nerviosa hasta el punto de que, en un momento de la conversación, llegó a decirle que ella era su propio padre. Después de que la jefa de policía hubiese hablado también con el ayudante del fiscal que la llamó a su móvil, al que tuvo que enviar un sms con el número de su placa, el fiscal pareció resignarse a regañadientes a escuchar su informe oral de lo sucedido. A los dos minutos de escucharla, por fin el fiscal se dio cuenta de que aquello no era un asunto de bromas. Un asesino en serie, requería sin duda su presencia inmediata en Idre.

Como el fiscal se encontraba ese fin de semana en Estocolmo, ordenó a aquella señorita, fuese quien fuese, que convocase para el día siguiente a las nueve de la mañana a todos cuantos habían intervenido en aquel asunto, incluida la perrita aquella, para una reunión en el instituto donde habían ocurrido los hechos. ¿Podía confiar en que ella cumpliese aquellas instrucciones? Sí, desde luego el señor fiscal podía confiar plenamente en ella. ¿Cuál era el último libro que había leído ella? La reina en el palacio de las corrientes de aire, aunque un poco tarde, lo reconocía, porque el segundo de la trilogía, le había resultado algo soporífero. ¿Seguro que no había sido Amanecer o cualquier otro título de la saga Crepúsculo? No señor fiscal, no los había leído (todavía, pensó ella).

El fiscal, algo más tranquilo, se despidió con prisas diciendo, que ya se conocerían personalmente al día siguiente. A la jefa de policía, aquél fiscal le pareció algo extraño. Sus preguntas sobre su padre y la literatura, la habían desconcertado, pero tenía claro que debía convocar para el día siguiente a las nueve, al profesor, a su señora, al juez, al doctor, al director del instituto y su novio. Y a la perrita, claro. De modo que empezó a llamar por teléfono a todos para citarles para el día siguiente a primera hora. Al terminar, regresó a la improvisada sala de autopsias, en el momento en el que la tesis de asesinatos en serie, acababa de resultar ganadora por cinco cuerpos, sobre la de antiguo osario. Así que, poco después, ella y su adorado periodista se despidieron del doctor y regresaron a su casa para descansar de aquel servicio tan extraordinario.

 

El doctor, puesto que nadie le esperaba en casa, manifestó su intención de continuar con su análisis forense, por lo que quedó encargado de cerrar las dependencias policiales. Y así lo hizo aquella noche en dos ocasiones: la segunda para irse a dormir la mona a casa, y la primera a conocer por fin, la única representación serbia en Idre, cuya puerta de atrás aún estaba abierta a esas horas.

 

Las futuras integrantes de los Ñetas y los Latin Kings, nada más escuchar las instrucciones del profesor de filosofía de que todos los alumnos podían retirarse, tras autorizarlo la policía, se fueron corriendo de la mano muy excitadas para llegar cuanto antes a sus casas. Nada más llegar, subieron de prisa a sus dormitorios para conectarse a Facebook. En cuanto se abrió su perfil, solicitaron amistad, cada una de ellas a su policía respectivo, aquellos jóvenes unos pocos años mayores que ellas, que acababan de conocer esa tarde, y que resultaban tan atractivos para ellas, vestidos de uniforme. No pudieron dormir hasta bien entrada la noche, cuando ya los dedos se les agarrotaban sobre el teclado.

 

Los policías a su vez, en cuanto llegaron a las dependencias policiales, como la nueva jefa andaba ocupada con su novio y el doctor, dejaron las bolsas en la sala de autopsias, se conectaron y las agregaron enseguida, como amigas. Hasta terminar el servicio y después en sus casas, se pasaron chateando con ellas el resto de la noche. Si cuando les enseñaban en la academia de policía los rostros de algunos conocidos integrantes de las bandas de delincuentes de los Latin Kings o los Ñetas, hubiesen estado más atentos a las diapositivas, les habrían resultado familiares, las caras de algunos de los amigos de los amigos de sus nuevas amigas que aparecían en sus respectivos walls. Pero así eran las cosas del amor.

 

El director del instituto, se llevó un susto morrocotudo al recibir la llamada de la jefa de policía, reportándole lo que había ocurrido aquella tarde en su centro docente, y convocándole para el día siguiente a una reunión con el fiscal. Después de despedirse de la jefa de policía que con aquella voz, más bien le pareció que era una de sus alumnas de primaria, su cabeza empezó a trabajar a todo lo que podía dar, un sábado a última hora. Aquel asunto, podría hacer peligrar su proyecto de la plaza de tientas, así que debía empezar a dar capotazos con verdadero temple. No estaba dispuesto a que nadie desbaratase sus planes y arruinase aquella faena. Aunque era tarde y podría ser que ya estuviera acostado, intentó hablar con el profesor de filosofía, ese tipo con simpatías socialistas, para disponer de más información sobre lo que había pasado aquella tarde, con vistas a la reunión del día siguiente. Sin embargo, cada vez que descolgaban el teléfono al otro lado de la línea, solo se escuchaban unos balbuceos y a un tipo diciéndole cansinamente a su único amigo, que aquello era el fin, el fin, el fin de todos sus planes elaborados, y de todo lo que se tenía en pie, el fin. Al director, aquella nana le escamó lo suyo, aunque le pareció recordar que la había escuchado hacía tiempo, en una película de guerra. No entendía nada, así que decidió que repetiría la llamada a primera hora de la mañana. Si el fiscal ese quería guerra, él le recibiría a puerta gayola; él no era el sobresaliente precisamente, sino un diestro dispuesto a tomar una alternativa.

 

Entonces, sin dudarlo, le propuso a su mujer, que con los bigudíes ya puestos ofrecía una impresionante testuz, una corrida improvisada aquella noche. Y ella quería.

5

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[sws_toggle2 title=”Al fiscal de Jämtland, no se le escapa nada”]

 

El fiscal Conny Ranelid, dobló el ejemplar dominical del Expressen y se dejó caer pesadamente sobre el respaldo del sofá. No había probado el desayuno que tan apetitoso le había parecido apenas un rato antes, al sentarse en la mesa del salón para dar cuenta de él, y cuya sola contemplación, ahora le producía arcadas.

 

¡Cómo cambiaba su vida, tan caprichosamente en los últimos años! Recordaba que dos años atrás, cuando el asunto del anciano desaparecido, había dado instrucciones precisas en su oficina de hacer desaparecer, de exterminar debería haber dicho, a esa perra policía, tras regresar de la demencial reunión en Klockaregard en la que aquella panda de desalmados había conseguido convencerle de que había tantos criminales entre ellos como en la sala de neonatos de un hospital de obstetricia. Pero a su maldito guía no se le había ocurrido mejor idea, que regalarle el chucho a su hermano, quién para colmo de desgracias, parecía un estúpido a tiempo completo y en dedicación exclusiva. En su declaración al Expressen, el muy deslenguado había aireado con toda claridad el asunto que, dos años atrás, había estado a punto de acabar con su carrera y lo había llevado nuevamente aquel domingo, a la portada de un tabloide que leían millones de suecos los domingos con el desayuno. Como había sospechado y temido desde que comenzó a leer las noticias esa mañana, por fin los dos casos estaban indisolublemente unidos, precisamente por la maldita perra que él había condenado, para poder cerrar el caso cargando sobre ella las todas las culpas. ¡Cómo echaba de menos al comisario Aronsson, tan lento pero tan seguro en sus pesquisas! ¿Dónde estaría ahora? ¡Qué suplicio no poder llamarle, ni poder echarle la culpa de todo aquello! Intentaría hablar con su antigua oficina, para ver si sabían algo de él.

 

Dos años antes, tras el enorme fiasco del asunto del anciano escapista y su troupe de amigos, desaparecidos inmediatamente después de cerrar el caso, el fiscal decidió rodearse de una densa neblina mediática y mantener durante una larga temporada un perfil bajo en los periódicos. Las elecciones estaban aún distantes entonces y podía permitírselo. En ese tiempo el puesto de Aronsson, no había sido cubierto aún y los asuntos cotidianos de su departamento, los llevaba un tal Malm que no daba lata alguna, salvo peticiones constantes de piezas de recambio de calefactores y acondicionadores de aire. Así que, durante los meses siguientes, Conny Ranelid se dedicó a despachar los asuntos de su cargo con la mayor diligencia y la menor sonoridad. Dio instrucciones a sus subordinados al respecto, y agradeció al diablo que durante aquellos meses, la criminalidad hubiese mermado notablemente en su provincia y en otras provincias. Al parecer, justo hasta el día anterior. Ranelid pensaba aquella mañana del domingo, que era, casi con seguridad, el fiscal más desgraciado y con peor fortuna de toda Suecia. Era aproximado, pero no era exacto, el fiscal en tan desazonado pensamiento.

 

Björn Lindqvist, el fiscal de Jämtland, la tarde del día anterior se encontraba en Estocolmo, adonde había ido a pasar el fin de semana con su mujer. De mediana edad, sin hijos y muy atractiva aún, había convencido a su marido para pasar un par de días, hasta el lunes en realidad, en la capital, y visitar a su íntima amiga que residía allí. Sin embargo, cuando al final de la tarde del sábado, tomaba distendidamente un gin-tonic en la cafetería del club de tenis con su mujer (un rito tan sagrado para Lindqvist como la peregrinación anual que hacía en solitario al Santiago Bernabéu, para admirar las nueve copas de Europa en su sagrario de cristal y el lugar preparado para la décima), recibió una llamada en su móvil de la jefatura de policía de Idre, que le hizo cambiar de planes. Tras ser informado de lo que había ocurrido cerca de un instituto en Idre, localidad bajo su jurisdicción, decidió dar por terminado el fin de semana y viajar hasta allá a primera hora del domingo, tras convocar una reunión urgente en aquella localidad, con todas las partes intervinientes en el asunto, incluido un periodista que andaba ya husmeando por allí.

 

Ese sábado por la tarde, en la cafetería del club la conversación entre el fiscal y la comisaría de Idre se había vivido más o menos así: al descolgar con una mano el móvil que sonaba encima de la mesa, mientras cogía el vaso del gin-tonic con la otra para dar un trago, Lindqvist escuchó al otro lado de la línea cómo la hija pequeña del jefe de la policía local de Idre, había comenzado a explicarle que en un solar próximo al instituto de Idre, habían aparecido en el transcurso de unas excavaciones arqueológicas menores, restos óseos de lo que parecían ser cinco individuos.

El fiscal pegó un bote en su silla que acabó con su gin-tonic derramado sobre sus pantalones y en un estruendoso ataque de tos que causó sensación en la cafetería del club. Cuando se recuperó de su atragantamiento, le pidió a la niña que le pasara con su papá, que tenía que hablar con él de cosas aburridas de trabajo, y que recordara que no se debían escuchar las conversaciones de los mayores. La niña se molestó algo, y le dijo al señor fiscal, que ella era su propio padre, bueno no, que ella era el jefe de policía y que si quería el señor fiscal, podía continuar con el resumen de su informe. El fiscal le dijo que sí para ganar tiempo, que podía seguir contándole lo que había oído decir a su papá, y de un manotazo, le quitó a su mujer el móvil por el que hablaba con su amiga íntima de Estocolmo (que a él no le caía nada bien, aunque reconocía que era muy atractiva y femenina). Se despidió con prisas de la amiga y colgó el teléfono de su mujer, para marcar acto seguido el número de su ayudante, mientras seguía escuchando por la otra oreja, aquella melodiosa voz infantil. La niña seguía emperrada en contarle, que el profesor a cargo de las excavaciones que estaban realizando en los aledaños del centro escolar un grupo de alumnos del instituto local, había sido muy claro al señalar que dichas excavaciones no requerían autorización administrativa previa, pues estaban realizándose, dentro del propio recinto académico… (Sí, era él, su jefe el fiscal, que escuchara atentamente, que localizara el móvil particular del jefe de la policía local de Idre, y que le llamara para decirle que fuese a su despacho inmediatamente y que cogiera el teléfono por el que su hija estaba hablando en esos mismos momentos y se identificara ante la persona con la que su hija hablaba. Sí, había oído bien, que lo hiciera rápido porque era muy urgente)… claro, claro, el fiscal entendía… ¿recordaba la niña haber oído decir a su papá, por qué sabía que eran cinco cadáveres? No, no lo podía recordar porque no se lo había contado. No, ella a él, su padre; no él, su padre, a ella, ¿entendía el señor fiscal?, porque ella estaba empezando a no entender al señor fiscal y eso la ponía bastante nerviosa, aunque el señor fiscal podía estar seguro que ella iba a ser capaz de contener las lágrimas. Si el fiscal quería y puesto que era su superior, ella no tenía inconveniente en llamar por el móvil a su padre para ponerle en contacto con el fiscal, pero habría de ser más tarde porque en ese momento su propio móvil había empezado a sonar. Quizá con suerte, sería su padre, que desde que ella había tomado posesión del cargo el día anterior, la llamaba cada dos o tres horas, para saber si todo iba bien. Pues no, lo sentía por el señor fiscal porque no era su padre quien la llamaba sino su ayudante, el del fiscal, que también quería hablar con su padre, el de ella misma. Qué casualidad, ¿verdad? Si el señor fiscal y su señor ayudante querían esperar un momentito, ella podría llamar a su padre desde el teléfono de su novio, que era periodista y estaba al lado, en la sala de autopsias. Sí señor ayudante, ella era la jefa de policía, sí señor fiscal ella ya tenía edad para andar con chicos y no señor fiscal, ella no le había contado nada a su novio del asunto de aquella tarde, eso lo podía jurar, pues había sido él quien pudo verlo por sí mismo. De hecho recordaba, que en toda la tarde ella solo había abierto la boca para preguntar al profesor de arqueología si tenía hijos. No, la pregunta no tenía relación aparente con los cadáveres, pero ella se lo preguntó al profesor, por la costumbre de la perrita del profesor de llevarle los preservativos en la boca. Sí señor ayudante, su número de placa se lo mandaría ahora mismo en un sms. Pues sí señor fiscal, se trataba de la misma perrita que fue expulsada del cuerpo de policía dos años atrás por oler mal, según la opinión del fiscal del caso del anciano centenario, en los sucesos de Akers Styckebruk. Lo que oía el señor fiscal, no estaba muerta, había aparecido y era la que había descubierto los esqueletos. El señor ayudante debía estar ya recibiendo el número de su placa, adiós señor ayudante, de nada señor ayudante. ¿El periodista, señor fiscal? Estaba en esos momentos con el forense municipal, analizando los orificios de las balas en los cráneos. Sí, cuatro de los cinco esqueletos parecían haber recibido un disparo en la cabeza, y sí, su novio tenía una cámara digital de memoria flash, conectada por wifi con la redacción central, que le había regalado ella en su cumpleaños. Así que a primera vista, bien podría tratarse de unos asesinatos en serie o rituales, por la forma de los enterramientos. Unos cuadrados de piedrecitas alrededor de cada fosa. ¿Qué le dejase el móvil ella, que la llamada era para él? ¡Ah! Que hablaba con su mujer. Sí, ella esperaría a que el señor fiscal atendiese otra llamada…

¿Lo veía el señor fiscal, cómo tenía razón, y ella era la propia jefa de policía de Idre?

 

Después de aquello, el fiscal le dio instrucciones para el día siguiente y se enredó en unas extrañas preguntas sobre los gustos literarios de la jefa de policía, a quien terminó de desconcertar por completo. Al terminar las conversaciones telefónicas, el fiscal le dijo a su mujer que se largaba al hotel, pues al día siguiente, tenía que salir de viaje temprano. Ella podría quedarse el resto del fin de semana en la habitación que habían tomado en un hotel de lujo del centro, pues estaba pagada hasta el lunes. Su mujer le dijo, mientras pedía otro gin-tonic, que lo sentía una barbaridad y le despidió diciéndo que no la esperase despierto, pues iría a cenar con su amiga a Le Bistroquet y no sabía a qué hora, ni en qué condiciones de sobriedad terminarían, bromeó con coquetería su mujer. El fiscal trató de mimetizar la sonrisa pícara de su mujer, pero le salió una bastante bobalicona. Pasaría el domingo acostada, leyendo y dormitando en la habitación, así que no era necesario que él la llamase, si iba a estar ocupado. Al verle alejarse, se preguntó qué había visto ella, en algún momento inicial de sus relaciones, en un tipo como él: era feo, bajito, algo obeso, y socio del Real Madrid, pero al menos, no se enteraba de nada de lo que pasaba a su alrededor. Suspiró y cogió el teléfono aliviada para quedar con su amiga, y hablar de los vestidos que pensaban ponerse para la cena. Y claro estaba, para darle la sorpresa de la precipitada partida de su marido y para que apuntase el número de la habitación de su hotel, pues a buen seguro que después se olvidarían. Ah! y para que no se olvidase de llevar al hotel al día siguiente, todas aquellas cositas que habían comprado ellas en una escapada a última hora de la mañana, en una tienda de lo más divertida.

 

Al día siguiente, en el avión que cubría el trayecto a Idre, que a esas horas de la mañana del domingo y fuera de la temporada de esquí iba casi vacío, el fiscal de Jämtland se distraía pensando que él sabía bien cómo manejar aquellas reuniones. Había que presentarse antes de tiempo, antes que nadie, para que todos se sintieran algo incómodos, al ver ya en el lugar de la reunión a quien estaba al cargo, esperando con cara de impaciencia. Además, le gustaba observar la primera expresión en la cara de los convocados al verle a él, según iban llegando, o aprovechar para dar una vuelta de inspección por los lugares de los crímenes, sin que nadie, salvo su instinto, le guiase en la visita. Un fiscal era siempre un fiscal, incluso para el mismísimo juez. Le gustaba dar sorpresas, sorprender a la gente. De hecho había planeado que, si iban bien las cosas en Idre y lograba dejar organizado hasta el martes el inicio de aquella investigación, que hasta el momento, por lo que le habían contado, se parecía más a una sesión tumultuosa de Gran Hermano que a una investigación criminal como dios mandaba, regresaría esa misma tarde a Estocolmo para presentarse en la habitación del hotel, y darle una sorpresa agradable a su mujer. Se preguntaba con frecuencia el fiscal, cómo había podido fijarse en un tipo como él, una mujer tan atractiva y femenina como aquella: él era feo, bajito, algo obeso, soso y socio del Real Madrid (toda la familia de ella era del Barcelona), pero al menos, era un tipo listo al que no se le escapaba nada de lo que pasaba a su alrededor.

 

Alquiló un coche en la agencia de Avis del aeropuerto de Idre, y se dirigió hacia el instituto de enseñanza media, después de que la empleada que le atendió, que para su sorpresa se parecía una enormidad a la amiga de Estocolmo de su mujer, le informase del camino que debía seguir para llegar al centro escolar. Allí se llevó la segunda sorpresa del día, que no sería desde luego la última, ni la más sorprendente: había alguien ya en la puerta principal del instituto, frente al aparcamiento. El fiscal le saludó desde lejos algo azorado, mientras miraba con disimulo su reloj, pues no le gustaba llegar tarde. Sin embargo, no llegaba tarde: faltaba media hora para las nueve y ahí estaba ya aquel señor mayor que en un principio pensó que debía ser el juez, pero que tras presentarse, resultó ser el director del instituto. Éste, después de decirle a una señora que se llamaba Blomqvist, que se acababa de incorporar al grupo, con pinta de padecer un fuerte dolor de cabeza tras sus gafas de sol, que según fuese llegando la gente, les dirigiese a la parte de atrás, le señaló al fiscal ese mismo camino y se fueron caminando hacia un recinto con valla que se podía ver desde allí. El fiscal tuvo la certera impresión de que le dirigían, pero se dejó llevar.

 

Cuando llegaron al lugar del crimen, un individuo con coleta entrecana, que aparentaba poco más de medio siglo, terminaba de marcar con un saquito de yeso blanco, unas líneas rectas perpendiculares formando un cuadrado, en cuyo centro se apreciaba un pequeño montículo, con la tierra recién removida a juzgar por la pala clavada en la parte superior.

 

No había sido nada fácil, levantar aquella mañana de la cama al profesor de filosofía y hacerle comprender, lo que el director quería que hiciera a primerísima hora, en el solar de atrás del instituto: debía borrar el gran círculo central de cal y trazar en su lugar, las líneas de un campo de béisbol. Seguro que el profesor había llegado tarde, pues el fiscal ya se encontraba allí, pero parecía haber conseguido terminar justo a tiempo, el encargo que el director le había hecho. Era el profesor de arqueología del instituto, señor fiscal, para el que no existían horas ni días de descanso, si de lo que se trataba era de cumplir con su vocación docente de servicio. El fiscal y el profesor de filosofía miraron al unísono al director con expresión de extrañeza, y éste continuó con su charla. Como podía comprobar, el profesor estaba marcando las rayas por las que correrían los chavales, para anotarse las carreras. Se trataba de las obras de construcción de un campo de béisbol en el propio recinto del centro, que había sido subvencionado por el ministerio y que pretendía terminar para la primavera. En realidad, y ahí estaba la maestría de aquella faena, se trataba de lograr cuatro campos de béisbol juntos, con el coste de uno solo, simplemente compartiendo todos el “home” y reduciendo algo la distancia entre las bases. Qué ingenioso, ¿verdad señor fiscal? El profesor de filosofía, que lo era también de arqueología elemental, había solicitado y conseguido permiso de la dirección del centro para aprovechar el movimiento de tierra y dar una clase práctica de arqueología. Ese había sido el motivo de que, por casualidad, en el transcurso de aquellas prácticas aparecieran toda esa cantidad desproporcionada de huesos.

 

Mientras tanto habían ido llegando el resto de los convocados a la reunión que le fueron presentados por el director, formando un pequeño corro alrededor del fiscal. Por último llegó, la joven pareja de enamorados. Para Björn Lindqvist, una flor de orquídea recién sacada de su caja transparente para regalo, no tendría un aspecto más virginal y fresco que la jefa de policía, a esa temprana hora de la mañana. El fiscal lo entendió todo. Aquella era la voz de la que él había tomado por la hija pequeña del jefe de policía, que le había reportado ayer.

 

Al fiscal no le gustaba perder el tiempo. Además, tenía prisa por ir a darle una sorpresita a su mujer a quien a esas horas hacía adormilada aún, hecha un montón de curvas sinuosas bajo las sábanas de hilo, abrazada probablemente a alguna voluptuosa almohada. Así que, con el permiso de su señoría, daba por comenzada aquella reunión.

 

Primero: a partir de ese momento, ninguno de los presentes debería hacer declaración alguna a la prensa, puesto que de hecho, ya había un miembro de ella presente, a través del que se canalizaría hacia la opinión pública, todo lo que se estimase pertinente.

 

Segundo: el director del instituto, paralizaría las obras de construcción de los cuatro campos de béisbol ya iniciada, hasta que el juez y la fiscalía diesen por terminadas las actuaciones forenses y las investigaciones en aquel lugar.

 

Tercero: utilizando aquel saquito de yeso y las fotos que se habían tomado antes de aquel desastre, el profesor con la ayuda del periodista, debería borrar las líneas trazadas en el escenario del crimen y dibujar otras nuevas, reproduciendo el rectángulo y los cuadrados más pequeños en los que estaba dividido, que según las declaraciones, originalmente enmarcaban las fosas. Después, el reportero con su cámara digital y sus conocimientos, procedería a realizar todas las fotos que pudiera. Aquello ayudaría a la investigación, puesto que la tarde anterior, entre todos, habían deshecho por completo dichas líneas trazadas con aquellas piedrecitas de mármol, del tamaño de un haba que ahora aparecían desperdigadas por todos lados. Luego el reportero le dejaría la tarjeta de memoria de la cámara y él las analizaría en la fiscalía, para incorporarlas a la investigación.

 

Cuarto: la jefa de policía junto con el forense, y bajo la supervisión de su señoría, si a su señoría le parecía correcto, ¿sí?, pues entonces ellos se encargarían de hacer llegar las bolsas con los huesos encontrados, junto con un inventario y los informes policial y forense correspondientes, al laboratorio de Sveg esa misma mañana, entregando una copia de los informes al señor juez y otra a él mismo.

 

Quinto: la señora del profesor que se acababa de incorporar a la reunión, se aseguraría que la perrita no se escapase al ver a su amo revolviendo nuevamente en el desastre que ella había organizado la tarde anterior. Él, conocía bien el alma de cualquier perro y aquella, parecía estar pensando en una segunda fase de las excavaciones…

 

Sexto: estaban ante la actividad criminal de un peligroso asesino en serie, de modo que, todos sin excepción, eso iba especialmente por la jefa de policía, debían extremar las precauciones para con su propia integridad física. Aquel sicópata, podría estar observándoles ahora mismo con unos prismáticos o con la mira telescópica de su rifle.

 

Séptimo: “el señor fiscal, una vez ejecutadas todas aquellas instrucciones que acababa de dictar, tan inteligentes y tan cargadas de razón, además de precisas, escuetas, sencillas y oportunas para la investigación, procedería a autorizar al instituto, la continuación de las obras al día siguiente “, aventuró por sorpresa el director, un último punto de aquel briefing. Al director, el fiscal le había parecido un picador despachándose a gusto con el pobre astado con aquellas seis primeras puyas que había soltado, de modo que estimó que, aunque no era su faena, él estaba en su derecho de efectuar un quite por gaoneras o incluso por delantales, para ahormar la reunión. Como suele ocurrir en tales casos, el matador al que correspondía la lidia de aquel toro, se mosqueó bastante con el director metido a espontáneo. Era la tercera sorpresa del día para el fiscal. Al fiscal le estaba empezando a parecer, que las sorpresas de aquella jornada, iban ganando en intensidad, aunque desconocía la profundidad de la razón que le asistía en aquella apreciación.

 

¿Cómo?, el señor director le tendría que hacer el favor de abstenerse de intervenir, mientras él estuviera dando instrucciones para la investigación. Nada más lejos de la dirección de ese instituto que interferir en las mismas, pero según lo veía el director, cuando estuviesen terminadas las acciones que tan oportunamente había ordenado el fiscal, aquel solar, a los efectos de la investigación, habría perdido todo su contenido: ya no habría huesos, ni fosas, ni nada de interés, y solo sería un solar más, lleno de tierra revuelta. Apostaba que a la opinión pública de Idre y de la provincia, le sería difícil comprender, por qué la fiscalía privaba a sus alumnos del lugar donde debían desarrollar aquellas actividades escolares que, con no poco esfuerzo, sufragaba la ciudadanía, cuando se trataba ya simplemente de un solar como cualquier otro. El fiscal iba a replicar, pero la cara del juez y la actitud del reportero, que se había llevado la mano a la chaqueta como para sacar el bolígrafo y su bloc de notas, le hicieron considerar las cosas.

 

A ver, la cosa no estaba tan mal. Recordaba bien el calvario al que había conducido a su colega Ranelid dos años atrás, el inocente enfoque que de buena fe, había dado a las relaciones de la fiscalía con la prensa en el caso del anciano centenario. Así que, le interesaba mucho mantener allí a ese reportero con aspecto de lechuguino, bien cerca y bajo su estricto control. Iba a ser ése, el medio por el que podría ir dosificando a la prensa, la información que resultase conveniente que se conociera. La presencia de otros medios de comunicación mucho más difíciles de manejar, no se haría esperar, de modo que le interesaba mantener un trato preferente con el novio de la jefa de policía, que al fin y al cabo, había sido el medio de comunicación que había destapado la noticia. Además, su relación con la policía local, parecía ser de claro ascendiente sobre su máxima representante, lo cual era un plus, pues él podría derivar la información concerniente al caso hacia el Departamento de Policía de Idre que, claro estaba, habría de coincidir con la que estaría en poder del reportero local del Expressen, que por tanto ya la habría adelantado a la opinión pública, previamente filtrada por la fiscalía. Él parecería ir detrás de toda aquella procesión de medios informativos, que iría siguiendo en realidad el itinerario previamente marcado por él. Por otro lado, cuando terminase su sesión de fotos, le daría la tarjeta de memoria de la cámara que contenía las fotos de los cráneos y huesos, que había obtenido la tarde anterior. Aunque las hubiera pasado a la redacción de Sveg, si él tenía los originales, la fiscalía podría argumentar que se trataba de otra osamenta, ya que las fotos originales estarían en su poder. Por otra parte le interesaba mantener un buen trato con la comunidad escolar. Estadísticamente, los padres con hijos en edad escolar, acuden siempre a cualquier votación, en la vana esperanza de que lo que quiera que fuese a salir de las urnas les llegase a salvar de la situación en la que por ese motivo parental se encuentran, de modo que no le convenía excitar aquel nicho de votos.

 

Y octavo: ¿sabría alguien decirle, qué era aquella maraña de plantas que crecían por todas partes en el solar?

 

Eran matas de habas silvestres. Curioso, ¿verdad?, le respondió al fiscal, sonriendo angelicalmente, la novia del reportero. Habas, igual que las piedrecitas de mármol que enmarcaban las fosas, talladas en forma de haba y del mismo tamaño que los orificios de los cráneos. Por cierto, ¿iba el señor fiscal a ordenar al laboratorio forense, que se sometiera a la osamenta a la prueba del carbono 14? A la vista de las opiniones del fiscal, ¿podía ella dar por descartada la versión de la aparición de un enterramiento antiguo, en favor de la línea de investigación de un asesino en serie?

 

Al fiscal de Jämtland, aquella niña, casi una mujer ya, le producía una gran ternura. Se sentía en deuda con ella. La tarde anterior, sin querer, le había presionado en exceso, debido al malentendido que su tono angelical de voz tenía por teléfono, al confundirla con la hija de un viejo, tripudo y bigotudo jefe de policía local de un pueblecito del interior. Al oírla hablar, con aquella candidez, le entraban ganas de acariciarle el pelo y traerla para sí, apretando su cabecita contra su pecho, diciéndole algo así como que “ya pasó todo”. Por fortuna, su futuro marido se adelantó.

 

Cariño, era muy acertado proponer la prueba que decía su amor, pero el espectrógrafo del carbono 14, solo ofrecía resultados de quinientos años para atrás sobre restos humanos, de modo que resultaba complicado imaginar a un asesino en serie, en tiempos del rey Gustavo Vasa, descerrajándoles un tiro a sus víctimas con un calibre 7’62 milímetros, que según parecía, era el que tenían los orificios de los cráneos que había medido el doctor allí presente. El doctor de cuerpo presente, hizo un gesto vago de confirmación de lo que le decía el reportero a su novia, pues tenía verdaderas ganas de que la reunión aquella terminase. Esa mañana se había levantado con un extraordinario dolor de cabeza, que solo una eventual visita de aprovisionamiento a una tiendecita serbia que descubrió ayer por allí, podría empezar a poner remedio. El reportero disponía además, de las pruebas gráficas sobre los cráneos, en la tarjeta de memoria que en ese momento extraía de la cámara y aprovechaba la ocasión para entregársela al fiscal, para su examen, no fuese a ser que se le olvidase más adelante, ya que disponía de otra memoria en blanco para hacer las nuevas fotos que el fiscal le había encargado. Y sí, la única tesis viable según todas las evidencias forenses, era el asesinato en serie, querida.

 

También aquel chico le caía muy bien al fiscal. Cuarta sorpresa del día. Y esta era una buena sorpresa. No cabía duda de que, bien dirigida, aquella pareja le iba a llevar en volandas al éxito mediático en su carrera profesional, pensaba mientras guardaba a buen recaudo la tarjeta de memoria en su cartera, justo en el momento en el que un tropel de periodistas bajaban de varios taxis, y se dirigían corriendo hacia ellos, con su cámaras y grabadoras en ristre.

 

Señores, cada uno a lo suyo. Se despedía de todos, y todos tenían ya sus instrucciones, muchas gracias. No, la reunión y la rueda de prensa acababan de terminar en ese momento y no tenía nada más que decir. Él no tenía la culpa de que algunos medios informativos, hubieran llegado tarde a la reunión de las nueve. Allí había un compañero de ellos, excelente profesional según había podido comprobar él mismo, y que no por eso era impuntual, el cual era prueba encarnada de lo que decía. Podían preguntarle a él. Él debía regresar a su despacho, a continuar con aquellas complicadas pesquisas. Habrían de disculparle.

 

El fiscal se metió en el coche besándose las mejillas con las manos. De un solo plumazo, había dado esquina a toda la prensa, que además al día siguiente, daría una única versión: la de aquel tipo tan simpático, con aquella novia tan encantadora. Le daba la impresión, mientras conducía hacia el aeropuerto, que estaba en la cúspide de la eficacia y el rendimiento. Ese momento de la vida de un hombre, la década prodigiosa, que empieza a los cuarenta y cinco años, en la que todo está en su sitio. Profesionalmente, comprobaba cómo con decisiones y acciones oportunas que se le ocurrían aparentemente sobre la marcha y que llevaba a cabo casi sin dificultad, sorteaba obstáculos profesionales, solucionaba intrincadas cuestiones procedimentales, orientaba el trabajo de sus asombrados subordinados y daba siempre en el clavo. Y naturalmente, en el plano personal, ocurría lo mismo. Estaba casado con una mujer, muy femenina y coqueta que, como no tenían hijos (de eso también se había ocupado él), solo pensaba en él y tenían un buen nivel de vida, gracias a sus ingresos como fiscal. Nada se le escapaba al fiscal de Jämtland.

 

Sin embargo, se habría llevado una gran sorpresa, si hubiese podido ver por internet, los titulares de la prensa del fin de semana siguiente. La web, aún no disponía de ese tipo de portales, por lo que el fiscal tenía aún una semana de gracia por delante, hasta recibir la última de una cascada de sorpresas desagradables que habían comenzado aquella mañana en Idre. De momento, tomaría el avión para Estocolmo y se iría como un cohete al hotel, para darle una sorpresa a su atractiva mujer y a meterse en la cama con ella hasta la tarde del lunes. Esperaba que la pesada de la amiga de su mujer, aunque era a su vez bastante atractiva y femenina, les dejase en paz lo que quedaba de fin de semana. Así que unas horas después, ya en el hotel, para disfrutar más de la expresión de sorpresa de su mujer, abrió la puerta de la habitación con sigilo, se quitó la ropa en el vestíbulo de entrada tratando de no hacer ruido, pues la imaginaba dormida a juzgar por un leve ronroneo femenino que, como si estuviese roncando suavemente, se podía escuchar procedente de la habitación, y tras encender rápidamente la luz, pegó un brinco y cayó de pie completamente desnudo, con los brazos extendidos en mitad de la habitación, justo a los pies de la cama, gritando:

“¡Ta- cháaan!”

Unos segundos después, mientras recogía la ropa que había dejado tirada por la moqueta del recibidor, y se ponía precipitadamente los pantalones para salir corriendo de allí, escuchó sobre un zumbido que se le había metido de golpe en la cabeza, unas estrepitosas carcajadas femeninas, entre las que trataba de abrirse paso la voz indignada de su mujer gritándole que, solo a un estúpido como él, se le ocurriría presentarse sin avisar, con semejante y patética payasada. En el ascensor en el que bajaba para buscar otro hotel y con el ánimo muy por debajo ya de la planta baja, recordó sin saber por qué, una tarde de verano en un parque público, cuando era un niño, en la que a propósito, lanzó con fuerza un palo de madera no muy grande con el que había estado jugando, hacia la bicicleta de una niña que pedaleaba a unos metros de él para darle envidia, y que siempre le llamaba estúpido y se burlaba de él. El palo, dando vueltas en el aire, fue a parar a la rueda de atrás, entró entre los radios, se pinzó entre estos y el cuadro de la bicicleta y salió mágicamente despedido de vuelta a una velocidad endiablada, impactándole directamente en la frente y produciéndole un intensísimo dolor al que acompañaban, las interminables carcajadas de la niña malvada y sus amiguitas. Todo había ocurrido a una velocidad de vértigo, igual que ahora, que sentía el mismo intenso dolor en la cabeza y que era consciente de que ya nunca conseguiría acallar el eco de esas risas femeninas que creía olvidadas.

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[sws_toggle2 title=”La imprevista nostalgia del ex comisario Aronsson”]

El ex comisario Aronsson, disfrutaba de lo lindo sintiéndose el mismísimo epicentro del terremoto que había sacudido el glamour, en la alta sociedad de Bali. Sus historias sobre delincuentes suecos, tan distintos en todo a los balineses, sobre todo en el color del iris, causaban sensación en los cócteles y fiestas que se organizaban en las mansiones de las familias más adineradas de la isla que se disputaban con encono su asistencia.

 

Aquel viernes por la noche, seis días después del macabro hallazgo en Idre, al regresar al hotel de una de aquellas recepciones en los consulados a las que solía ser invitado, encontró a Karlsson en la terraza del bar. Sentado cómodamente en una tumbona con su copa de aguardiente, Allan escuchaba con las últimas luces del día, a un grupo musical peruano, que con sicus y cajones de percusión, interpretaban un sirtaki griego. Tres de ellos, delante de los músicos, bailaban en línea con sus brazos entrelazados sobre los hombros, moviendo acompasadamente las piernas. El anciano insistió varias veces en que se sentara a su lado pues hacía unas noches que había recordado algo muy importante que tenía que contarle, si es que el comisario sabía guardar un secreto, ya que la historia que pensaba relatarle, de ser conocida por todos, revolucionaría innecesariamente los mundos de la geometría y la filosofía, tal como ahora eran concebidos: como algo serio y abstracto, donde quiera que haya cosas serias y abstractas, en lugar de como otro asunto más de faldas. No obstante, Allan le propuso que primero escuchasen esa música tan evocadora y quizá bailasen un poco, antes de pasar al asunto del que quería hablarle. El ex inspector se excusó porque no llevaba la ropa adecuada y porque definitivamente el baile, no era lo suyo, así que le dejaría disfrutando de aquellos ritmos que, según decía, tantos recuerdos agradables le traían de París y subiría a ponerse algo más cómodo. Después bajaría y escucharía con mucho gusto la sorprendente historia que Allan había recordado y que tenía tanto interés en relatarle.

 

Ya en su habitación, no le pareció mala idea tomarse un gin-tonic para prepararse como oyente de lo que Allan quería compartir tan misteriosamente con él.

 

El aparato de aire acondicionado, emitía un sonido mínimo y suave, al expeler por sus toberas un flujo continuo de aire fresco y limpio, a la temperatura adecuada, en su habitación del hotel de Bali. Allí se estaba realmente bien. Pero echaba de menos la tediosa monotonía de su despacho en la comisaría de Ekeskoj, cuna de famosos diseñadores de sofás, en el barrio de Tomelilla, lugar de residencia de los más escogidos de entre ellos.

 

Con los años Aronsson se había convertido, así lo reconocían en privado sus superiores, en un buen policía. Era lento, extremadamente lento en sus pesquisas pero, año arriba o año abajo, acababa dando con la pista que llevaría mucho tiempo después, a la resolución de los delitos que investigaba. Por fortuna, para sus superiores y para las eventuales víctimas, Ekeskoj la pequeña y tranquila ciudad donde prestaba sus servicios Aronsson, no era Ekestorp, localidad cercana, conocida también al igual que Ekeskoj, por ser lugar de trabajo y residencia de multitud de diseñadores de sofás, si bien los diseños de estos no resistían la mínima comparación con aquellos, probablemente porque en Ekestorp el gobierno municipal estaba en manos de la socialdemocracia desde hacía varias décadas. En opinión de los superiores de Aronsson éste era asimismo, el motivo por el que el índice de criminalidad de Ekestorp era notablemente superior al de su vecina Ekeskoj, y también la causa que decidió el traslado a ésta del comisario, donde la resolución de los delitos no era algo que se tomaran a la ligera ni la ciudadanía ni la policía: por eso le dedicaban tanto tiempo, todo el que hiciera falta. De modo que era el lugar donde Aronsson cuadraba a la perfección.

 

En Ekeskoj resultaba normal, incluso indicado, que los delitos menores se investigasen durante años y los delitos mayores, en no pocos casos (sin que aquello causase particular extrañeza en la ciudadanía), fuesen resueltos por periodistas convictos, ansiosos de fama y fortuna, tras la jubilación del inspector a quien le había tocado investigarlos al principio de su carrera. Sin ir más lejos, hacía pocos años que la desaparición y asesinato de una joven heredera de una de las más grandes fortunas de Suecia, había sido resuelta casi medio siglo después, por un periodista metido a delincuente, con la ayuda de una delincuente metida a periodista, echando entre los dos la culpa, al hermano de la víctima. Aducían que éste era mayorista, sobrino de nazi, violador de su estuprada hermana y asesino en serie, nada menos. La sociedad había festejado el exitoso final de la historia casi cincuenta años después, pues de este modo, las pruebas acumuladas durante todos aquellos años de asesinatos en serie, habían acabado siendo abrumadoramente incontestables para el acusado. De haberse resuelto con una innecesaria diligencia la desaparición de la sobrina del magnate el mismo verano en que se produjo, todas aquellas pruebas de asesinatos en serie no existirían y hubiese sido imposible medio siglo después, acusarle de ser un asesino en serie, y los cargos hubiesen sido solo de abusos y violación de la menor, es decir, tan solo los perpetrados hasta el momento de su desaparición, por lo que, por decirlo así, hubiese quedado todo en la intimidad de la familia y por tanto, todo hubiese resultado de mucho menos interés.

 

La desaparición de aquella joven, su asesinato y la posterior aparición de la asesinada, mucho más fresca que cualquiera de las flores que durante aquellos años había ido enviando a su desconsolado tío-abuelo en el día de su cumpleaños, le recordaban al ex comisario a un centenario amigo suyo, también en su país, al que habían dado por desaparecido, asesinado y por último, reaparecido. Parecía que en Suecia, como algún rumbero español había recogido en inspirada rima, hubiese una cierta tendencia a dar por muerto a cualquier circunstancial ausente, cuando en realidad estaba tomando cañas, lerele lele, lerele lele.

 

En cualquier caso, se acordaba con frecuencia de Malm, ése era el nombre de su ex ayudante en la policía, sobrino de un famoso diseñador de estanterías y mesas.

 

Malm, un tipo extraordinariamente aburrido, incluso para una comisaría apartada de una localidad tranquila como aquella, no hablaba nada. Bueno, en realidad tampoco trabajaba nada, debido más que nada, a las sucesivas quitas de trabajo que el comisario, su superior, prudentemente había ido realizando en la lista de tareas que se le asignaron a su ayudante, cuando se incorporó a la comisaría.  Pero traía café sin derramar, y eso había acabado por ser más que suficiente para el comisario, a quien como superior experimentado, preocupaba más en relación al trabajo de sus subordinados, el daño cesante, que el ocio emergente.

 

De este apacible modo discurría la vida de Aronsson en Ekeskoj, conocida en la antigüedad como Eskilstuna, con la única contrariedad de los calores extremos y fríos insoportables, que alternativamente tenía que sufrir, según la estación del año en que estuvieran, debido a que los aparatos climatizadores del despacho, siempre estaban estropeados. Una mañana, a poco de comenzar la jornada de trabajo, cuando Malm, en un rapto de confianza mientras tomaban café, le reveló que había asistido a unos cursos de calefactor y frío industrial, el comisario decidió que su ayudante, además de cafetero, podría ser el técnico frigorista y calefactor de la comisaría que le libraría a él para siempre, de su cita anual con el fatídico AEEAF, un formulario interno de la administración al que temía de verdad. Tendría así su ayudante un segundo cometido profesional. ¿Quién sabía si no sería aquél, el inicio de la recuperación administrativa de Malm, quien con el tiempo, pensaba el comisario, iría desarrollando sus habilidades en beneficio del trabajo en la comisaria? (“Implementando las habilidades”, decía la circular interna recibida por el comisario al año de la incorporación de Malm, que había remitido el departamento de recursos humanos del cuerpo, sobre cómo desarrollar las potencias de los subordinados). Aronsson miraba a Malm, que llevaba la mayor parte de la mañana, intentando cargar con grapas la grapadora. No, pensó con convicción. En recursos humanos, seguro que se trabajaba con cantidad de recursos, el comisario se lo podía imaginar: libros terriblemente gruesos, con manuales en varios idiomas, estadísticas complicadas, ensayos y encuestas carísimas, pero desde luego él sabía que nunca trabajaban con seres humanos.

 

En la ficha remitida por el departamento de recursos humanos que acompañó la llegada de Malm, decía que se trataba de un candidato con “amplias posibilidades de superación”. Con el tiempo, el moderado optimismo inicial que aquella valoración le había insuflado al espíritu vivamente escéptico del comisario, abrió la puerta en él, a una vaga sensación de suspicacia respecto a un poso de socarronería, que veía crecer en aquel documento de calificación, cada vez que lo releía.

 

Así que Malm, podría aplicar sus conocimientos sobre la materia, que además eran los únicos que tenía sobre cualquier materia, arreglando aquellos trastos. Y no se le daba mal, a Malm. En realidad, según le comentó, no había terminado sus estudios de calefacción y frio industrial, porque semanas antes de concluirlos, un compañero suyo con el que había entablado una buena amistad, le convenció para que dejara sus estudios antes del examen final, puesto que ya sabían bastante de esa materia, y se matriculase con él en cualquier otro centro. Su amigo tenía una tendencia enfermiza a dejar sus estudios cuando estaba a punto de culminarlos. Por lo visto se trataba de una enrevesada cuestión familiar. Así que decidieron matricularse en la Academia de Policía. Ninguno de los dos consiguió superar las pruebas de acceso a la academia. Ni las físicas, ni las sicotécnicas, por lo que desestimaron aquella manera de entrar en contacto con el cuerpo de policía. Quizá, más adelante habría otras, como de hecho así fue.

Después de intentarlo con otros cuerpos, con el mismo resultado, su amigo se matriculó en medicina y Malm, decidió nuevamente enfocar su carrera hacia la policía, pero esta vez como administrativo. Su tío, el diseñador, tuvo algo que ver en que, inexplicablemente, apareciese en la lista de personal administrativo contratado, con carácter eventual. Tal había sido el límite al que había logrado llegar su tío, en la negociación con la jefa de personal administrativo de la policía de Ekeskoj, antigua amante suya. De este modo había llegado Malm a las órdenes de Aronsson, que supo encontrar en la cafetera del despacho, el lugar donde su ayudante era necesario y más tarde, en la puesta en marcha de los aparatos de frío y de calor, actividad que en Suecia resulta muy respetada y de buena consideración social. Todo el mundo quiere tener un vecino que nunca se ausente de casa los fines de semana, y que sepa arreglar esa clase de aparatos que suelen tener una desconsiderada tendencia a dejar de funcionar a partir del mediodía del viernes. Además, cuando al inicio de cada estación puntualmente se estropeaba algún trasto de aquellos, Malm se ocupaba: arreglaba el aparato del aire acondicionado en invierno, y el de la calefacción en verano, es decir, justo con dos estaciones de retraso, seis meses, que era el tiempo que empleaba en realizar sus reparaciones. Aronsson sin embargo, le estaba agradecido a Malm, pues pasado un primer año realmente terrible de frío y calor en el despacho de la comisaria, al siguiente año las reparaciones se sincronizaron mágicamente con la meteorología, de modo que al inicio de la temporada fría su ayudante acababa de terminar de arreglar el calefactor, que entraba en funcionamiento inmediato, y comenzaba pacientemente la reparación del aire acondicionado para el verano siguiente.

 

Hubiese sido un error monumental por parte de Malm, ocuparse de la reparación del aire acondicionado justo el día que se estropeó a principios de la anterior temporada de más calor en Ekeskoj. Y ello, por muy necesario que hubiese parecido, tras la aparición de las primeras tonalidades oscuras en la camisa del comisario a la altura de las axilas y un persistente olor a sopa de cebolla en el despacho. Fue su superior, quien a poco de que Malm se ofreciera a repararlo, asignó un turno de reparaciones inesperado para su ayudante, cuando le dijo enigmáticamente: “No. Este verano lo pasaremos en caliente. El aire acondicionado es más oportuno que lo arregles cuando empiece el frío del invierno, que casi seguro, lo pasaremos en frío”. Malm no lo percibía así y con tal fuerza, que esta vez se decidió a hablar. Él creía que sería mejor arremangarse y ponerse a arreglar ahora el aire acondicionado, en lugar de esperar al invierno cuando ya no fuese necesario, ¿no le parecía así al jefe? Esta vez Malm, tenía la impresión de que la razón estaba, por primera vez en su vida, de su lado. Era una sensación nueva, poderosa, que le embriagaba hasta lo más hondo de su alma. Tener razón, en cualquiera de sus acepciones, era algo a lo que Malm no estaba acostumbrado desde luego. Pero en esos momentos era para él, como un éter que le rodeaba, y que llenaba la atmósfera que le separaba de la mesa del comisario. Para Malm, el comisario, un abismo de sabiduría y conocimientos inabarcables, en esta ocasión parecía haberse columpiado.  La razón dictaba comenzar a arreglar ahora el aire acondicionado, en lugar de esperar al invierno: esa era La Razón Pura. La sentía tan cerca que le parecía que podría tocarla con la mano, con apenas alargar el brazo. Aronsson miraba a su ayudante. Tenía la expresión bobalicona de siempre en el rostro, pero mezclada esta vez con una extraña expresión de indulgencia, probablemente por el efecto que producía verle con un brazo extendido y palpando el aire con los dedos, como si tratase de acariciar las moscas que ya revoloteaban por el aire caliente del despacho.  “No. Esperaremos al invierno para arreglarlo y el año que viene Dios dirá”.

 

Sin embargo Dios no llegó a decir ni pío al respecto, al menos a Malm, quien por el contrario, sí que le comentó entusiasmado al comisario al año siguiente, la enorme fortuna que habían tenido, justo en el momento que el calor empezaba a apretar, pues acababa de terminar la reparación del aire acondicionado, que imprevisiblemente se le había complicado durante los últimos meses. ¿No le parecía al jefe una oportunísima casualidad?

 

Aronsson que era policía y por tanto a veces era capaz de ponerse en el lugar de otro sin pisarle los pies, cuando Malm le aseguró por primera vez que él podría arreglar el aparato del aire acondicionado recién estropeado, si al comisario le parecía bien, éste se lo pensó una fracción de segundo, tras la cual le contestó, que no le parecía nada bien. Al día siguiente, el calor volvía a apretar. El comisario pensaba que, como todos los años, no le iba a quedar más remedio que rellenar en el ordenador, el formulario solicitud de reparaciones de material eléctrico y electrónico, el temido AEEAF (Aterlämnande Elektrisk & Elektronisk Apparat Formulär) del departamento de policía. Aronsson no era de los más rápidos de su cuerpo, pero era tenaz: todos los años se encaraba puntualmente, como si se tratase de la primera vez, con el AEEAF, y todos lo terminaba cuando ya no era necesaria la reparación, pues las estaciones se obstinaban en tener su propio ritmo, al margen de las complicaciones informáticas del comisario. Una vez terminado el formulario al final de cada estación, el campo “modalidad de urgencia” había sufrido sucesivas modificaciones según la estación avanzaba (aquel era un campo que no representaba ninguna complicación para el comisario, pues se trataba de elegir el tipo de reparación entre las opciones de un desplegable que aparecía en la pantalla: muy urgente, urgente, necesaria, no apremiante, aconsejable, opcional, eventual, o a solos efectos comunicativos).  A primeros de cada mes, el comisario cambiaba la opción haciéndola avanzar hacia los efectos meramente censales, según el frío o el calor iban remitiendo en el interior del despacho, pues el formulario servía, tanto para solicitar la reparación del aire acondicionado, como para la del calefactor. Los últimos días de primavera o del otoño, cuando por primera vez el inspector abría o cerraba la ventana del despacho, según el cambio de estación lo aconsejase, siempre se acordaba de cambiar por fin aquel campo del formulario, a la última opción, que convertía la solicitud de reparación, en una comunicación censal de avería.

 

Pero sin embargo había otros campos repletos de minas binarias en aquel formulario, por los que el inspector transitaba con infinito cuidado. Los había de varios tipos: los más temibles eran aquellos que le obligaban a definir la marca y modelo de los aparatos, pues nunca era posible encontrar en la lista, el modelo del aparato de aire acondicionado o el calefactor que tenían en el despacho; con suerte aparecía en la relación, tan solo la marca. Pero es que además, el sistema impedía continuar sin la debida elección, por lo que el laberinto se cerraba. En una ocasión, el comisario se armó de valor y llamó a su colega de Ekestorp, que tras escuchar en silencio las explicaciones de Aronsson sobre su tránsito por el purgatorio informático, estalló en una cascada de risas: Aronsson seguía siendo el mismo inútil de siempre y le colgó entre risotadas y maldiciendo en su interior aquella puerta que se cerraba, pues a él le pasaba lo mismo, y como no quería llamar a otros colegas para evitarse las chanzas, tenía a Aronsson previsto como su último recurso.

 

Esas cosas rutinarias y aburridas eran lo que Aronsson echaba de menos en Bali, el paraíso al que había llegado hacía casi dos años con sus amigos. Todos aquellos recuerdos se habían revuelto en su memoria junto con la chispeante ginebra balinesa que llevaba saboreando desde primera hora de la tarde en el consulado, así que el comisario, apuró el último trago de gin-tonic y decidió ponerse el siguiente. Después, se lo bebería de un trago para armarse de valor, y llamaría a Malm.

 

Como era viernes, por la diferencia horaria, se lo imaginaba haciendo el último café de la mañana, a punto de salir de la oficina después de una larga jornada, con la grapadora por fin cargada y dispuesta para la jornada siguiente que ya sería el lunes de la otra semana. Llevaba un buen rato en su habitación del hotel, tomando gin-tonic y recordando la vida en la comisaría de Ekeskoj. Inevitablemente sus recuerdos habían dado un traspié en la imagen de Malm, y sorprendentemente había tenido que reconocer que le echaba de menos. Marcó el prefijo de Suecia y escuchó al cabo de unos segundos el pitido de espera.

 

Lo primero que oyó fue algo parecido a un estrépito de tazas. Parecía que Malm estaba perdiendo facultades o que la proximidad del fin de semana le ponía nervioso. Después la voz apurada de su ex ayudante, le informó que estaba hablando con la comisaría de Ekeskoj. Era él, Malm, Aronsson. Su ex ayudante tardó unos segundos en reaccionar, bastantes, pero al final tras el silencio, Malm supo que era él, Aronsson. Tenía que disculparle, pero es que se le había caído la bandeja del café, al tratar de responder al teléfono. Excepto aquella mañana que habían llamado una vez, no recordaba quién, casi nadie llamaba ya, así que era una verdadera sorpresa estar hablando con el comisario. No Malm, ya no era su comisario, así que podrían hablar como dos viejos amigos, podía llamarle Göran ¿no era así, Malm? Como quisiera el señor comisario. ¿Quería un café el señor comisario? ¡Ah claro!, que el comisario no estaba allí, y ¿dónde estaba el señor comisario? Eso no importaba demasiado, Malm, pero ¿qué novedades le podía contar? ¿Sabía?, le echaba de menos, en serio, no bromeaba.

 

Malm, repasó las novedades y los detalles de la rutina habituales en la comisaría, y al ex comisario el alma se le ensanchó y los ojos se le humedecieron. Aquellas pequeñas cosas… Los del economato de material de oficina, habían vuelto a enviar las grapas del 24/6, DIN 7405, sin advertirlo y por fin él lo había descubierto hacía un rato. Toda una mañana de trabajo perdida, señor comisario.

 

La conversación se prolongó durante casi dos horas, más allá de la hora de salida de los viernes de Malm. Durante aquel largo rato, a través de aquellas rutinas que le contaba su ex ayudante, el ex comisario se sintió placenteramente transportado a su juventud y a su vida pasada. Pero la vida tenía que continuar y dejar paso a… ¿Malm? No, ninguna novedad, más. Bueno sí, el lunes por la mañana había llamado el fiscal Ranelid para un asunto sin importancia, pues de hecho ya ni lo recordaba. Adiós, señor comisario, había disfrutado con su conversación, hasta otra.

 

Ese viejo bribón de Ranelid, casi dos años después, seguía aún dando la murga. Se las apañó, para librarse de todo aquel follón que había organizado Allan el día de su cien cumpleaños, pero seguro que ya no era el mismo petulante y engreído. Ahora llamaba él, personalmente a Malm. La vida ponía a cada uno en su sitio, y a él le había puesto en una lujosa habitación gratis, de un hotel de Bali. Y a Ranelid, llamando a Malm. En fin, después de aquel baño de pasado glorioso y presente triunfal, bajaría a tomarse un gin-tonic al bar del hotel, a ver cuál era esa historia tan increíble que quería contarle Allan.

G

 [/sws_toggle2][sws_toggle2 title=”MALOS TIEMPOS PARA LOS FISCALES, (LOS QUE HACEN TEMBLAR, TIEMBLAN).”]

 

El lunes por la mañana, un día después de que su colega Conny Ranelid dejase enfriar durante el desayuno su té Lapsang Souchong, que a partir de entonces tendría para él el inconfundible sabor de las desgracias, y cuatro antes de que Aronsson desde la lejana isla de Bali, hablase por teléfono con Malm, Björn Lindqvist, el fiscal de Jämtland, regresaba a su despacho muy desmejorado de su fin de semana en Estocolmo.

 

Mientras le observaba sin disimulo quitarse el abrigo, dejar el trolley y desplomarse en su sillón, su secretaria-ayudante pensó que, más que preocupaciones del cargo, aquello parecía un asunto de mujeres. Y a juzgar por aquel estropicio, de más de una. Para conseguir ese avanzado estado de ruina en un hombre tan engreído y petulante como su jefe, era necesaria la acción conjunta y sincronizada de, al menos, dos mujeres en cualquiera de sus combinaciones, afinó en su pensamiento Anitta Bengtsson: esposa y suegra, o bien esposa y cuñada, quizá hija y esposa, o esposa y amante, o más terrible aún, amante y amante, etc. Lo intuía porque le conocía muy bien, puesto que llevaba trabajando con él casi cinco años. Anitta era una mujer de edad madura, con muchos redaños, que había aprendido a disimularlos debidamente, para aprovecharlos mejor. Tras unos minutos de evaluación femenina, acabó por certificar definitivamente, que el fiscal había regresado de aquel fin de semana, delgado y consumido, tal y como si hubiese visto las puertas del mismísimo infierno a unos pasos de él. Podría ser incluso que hubiese traspasado aquel umbral. Desde luego que no era el mismo.

El viernes le había dicho con excelente humor, que se iba de viaje a Estocolmo y que no pensaba aparecer por el despacho hasta el martes. Sin embargo, había anticipado su regreso y se había presentado esa mañana del lunes, directamente desde el aeropuerto, como ausente, desconcertado y, si no le conociera bien, diría que hasta muy inseguro. Desde su puesto de trabajo, podía verle sentado tras la mesa de su despacho, a través de la puerta entreabierta (él le había dicho que no cerrase la puerta al salir, pues no quería sentirse solo). Estaba inmerso en un patético bucle gestual: sorbito del vaso de agua, ademán de coger el auricular del teléfono soltándolo enseguida, y suspiro; sorbito, teléfono y suspiro, sorbito, teléfono y suspiro. (Si llamaba su mujer, que aunque resultase raro, le dijese que él, no estaba, que había salido muy agitado, diciendo ella no sabía qué, de un puente, por favor, Anitta)

 

Lindqvist le había preguntado nada más llegar, si le parecería un abuso si le pidiera el favor de llamar a la jefa de policía de Idre, para que pudiese él, disculparse por haberla confundido el sábado con su padre; después le dijo nuevamente que no quería molestarla, pero que cuando estuviera aburrida, tuviese la amabilidad de enviar un e-mail a la oficina del forense de Sveg, solicitándoles que si a su vez, allí no tenían nada que hacer, les confirmaran si habían recibido unas bolsas desde Idre. Y así, toda la mañana. Si no supiera que era un tipo bastante duro (en casa, en la confianza de las conversaciones durante la cena, matizaba aún más diciendo que era un verdadero cabrón, autosuficiente y vanidoso), la secretaria-ayudante diría que estaba a punto de echarse a llorar.

 

Aquella mañana de lunes, sentado en su despacho de fiscal de Jämtland se recordaba a sí mismo apenas veinticuatro horas antes, pilotando la reunión en Idre, dirigiéndola con seguridad e inspiración en la seguridad de obtener una rápida resolución del caso. Se veía en el cenit de la eficiencia, impartiendo órdenes inteligentes a todos los que intervenían en aquel espinoso asunto de la fosa descubierta. Visualizaba la reunión instante a instante: las primeras frases cruzadas con el director del instituto, la llegada de todos los convocados, cada una de sus caras mientras él les impartía instrucciones, con esa expresión de quienes reconocen a quien está al mando. Podía verse a sí mismo un día antes, como si estuviera viendo al protagonista de una película de una galaxia lejana, muy lejana: él nunca jamás en el futuro, podría aspirar a ser aquel tipo del día anterior.

 

La elegante señora Bengtsson, mientras observaba al fiscal y aunque lo negaría incluso bajo amenaza de quema de su colección de zapatos, secretamente tenía que reconocer que se alegraba de pertenecer al género humano que, tradicionalmente conocido como el más débil, era capaz no obstante, de convertir a un tipo tan engreído como su jefe, sin demasiado esfuerzo, en aquella piltrafa humana. Definitivamente se inclinaba por la terrorífica combinación de esposa-amante. Y acertaba en parte, solo en parte. También supuso, mientras le observaba, que ya se le pasaría. Pero no, en esta última premonición se equivocó del todo.

El martes y durante toda aquella semana, Björn Lindqvist fue a peor. Todos los días, se le veía con el mismo traje y se afeitaba en los servicios de arriba. Cuando a la hora de siempre Anitta llegaba a la oficina, él ya estaba allí. Decía que como tenía mucho trabajo, debía madrugar y por eso llegaba antes que ella, pero el sofá del despacho y el suelo, estaban invariablemente llenos de enormes hojas de periódico de tabloide, con las que ella sabía que se tapaba por las noches.

Para colmo, la prensa veterana había empezado ya a desconfiar de aquella situación de monopolio informativo por parte del Expressen en el asunto de Idre, que la fiscalía parecía apoyar. Todas las solicitudes de información, eran desviadas por la fiscalía a la jefatura de policía de Idre, que invariablemente informaba de lo que ya había publicado esa misma mañana el Expressen.

Finalmente, la burbuja mediática estalló el jueves por la mañana en los periódicos de toda Suecia. La falta de progresos en la investigación, señalaba ya abiertamente a la fiscalía de Jämtland y sus intentos de boicoteo informativo del caso. Habían transcurrido ya cuatro días y los editoriales se despachaban a gusto señalando que la opinión pública debía saber por qué no había ni una nueva pista, en el primer caso de asesinato múltiple en dos años, o bien mirado, en bastantes más, puesto que lo de hacía dos años, había terminado siendo una formidable metedura de pata de otro fiscal, y sin asesinatos de ninguna clase. ¿Estaba la sociedad sueca, nuevamente inerme, frente a la impericia y falta de diligencia de la fiscalía? ¿Era aquello realmente un caso de asesino serial o se trataba de un bluf de la fiscalía de Jämtland, en un momento políticamente plano, con la intención de caldear a su favor las elecciones que ya se estaban acercando? Aquella perrita acusada falsamente en el asunto de Akers Styckebruk, ¿no habría desenterrado en realidad, el submundo turbio, negligente, torpe y falso que unía a la fiscalía de Jämtland con la del fiscal Ranelid? ¿Qué ocurría con el caso de la desaparición del anciano centenario de hace dos años, atribuido a una banda de moteros, y después sucesivamente, a un delincuente de poca monta, a un comerciante de biblias y al propio anciano, que finalmente había sido acusado él mismo de ser el jefe de todos ellos para a la postre, ser exonerados todos por Ranelid? ¿Tenía la fiscalía alguna idea sobre el paradero de los seis individuos, uno de ellos mujer, que intervinieron en aquel caso, desaparecidos misteriosamente desde entonces? ¿Tenía acaso la fiscalía alguna idea sobre quiénes eran los cinco individuos, uno de ellos mujer, cuyos restos habían aparecido el pasado sábado con signos de muerte violenta y que por su estado, a simple vista, podría decirse que llevaban al menos dos años enterrados? Si como se había confirmado en este caso, la perrita tenía un olfato excelente, ¿por qué se dijo entonces que no había habido ningún cadáver en aquel caso y que todo había sido un error del chucho? ¿Por qué se había dicho que había sido sacrificada y ahora afortunadamente, había aparecido viva y coleando? ¿Se iba a hacer algo con aquel pobre animal? ¿Se iba a hacer algo en aquel caso?

 

La secretaria del fiscal a primera hora de la mañana de aquel jueves, tras leer el último de los periódicos de ese día, lo cerró con cuidado y reaccionó de inmediato, como solo una secretaria-ayudante sabe hacer en tales casos. Acostó al fiscal en el sofá del despacho y le tapó (en realidad, según ella pensó en aquel momento en una divertida alegoría, le enterró) con las hojas de aquellas noticias de los tabloides. Anitta Bengtsson intuía que su momento había llegado. Llevaba esperando una ocasión propicia como aquélla, para sacar de su interior lo que, desde que entró a trabajar en la fiscalía de secretaria, sabía que habría de llevarla a su verdadero destino. Durante los últimos cinco años, había ido descubriendo y anotando con paciente observación los entresijos del cargo, las complejas relaciones con los poderes fácticos, políticos y mediáticos, al lado de aquel tipo que en realidad, no era un inútil, incluso a veces tenía imaginación, pero al que, en opinión de la señora Bengtsson, definitivamente le faltaban redaños. Carecía del empuje y del coraje que una mujer como ella podía llegar a tener para ser una buena fiscal, una buena fiscal-jefe, una buena gobernadora y por qué no, un buena Ministra de Justicia, para empezar.

 

Después, tras realizar más de cuarenta llamadas, hablando en nombre de su fiscal (cuyos ecos llegaron hasta la cúpula del ministerio), concitando acuerdos y sugiriendo audaces iniciativas, y tras enviar veintidós e-mail desde el ordenador de él, redactó una nota de prensa que remitió a todos los medios de comunicación del país, incluido el último de los periódicos digitales publicado por estudiantes de la escuela de periodismo:

 

“Mañana viernes, y tal cual estaba previsto desde el pasado lunes, se procederá a imponer a la agente K, la perrita Kicki, la medalla al Mérito Canino del Departamento de Policía en un homenaje que se celebrará en el antiguo cuartel donde prestó sus servicios, con asistencia de autoridades policiales y civiles, y público en general. La fiscalía de Jämtland está en condiciones de afirmar, que por intervención directa del titular del Ministerio del ramo, sensibilizado al igual que la opinión pública, por los acontecimientos ocurridos el pasado sábado en la localidad de Idre, la agente Kicki ha sido readmitida en el cuerpo, con pagas y todos los pronunciamientos favorables. Se le ha concedido por parte del gobierno provincial, un indulto al guía de la perrita para que se reincorpore, si así lo desea, a su antiguo puesto, aunque sin pagas ni otros pronunciamientos, debido a su situación penitenciaria actual.

 

            El comisario a cargo de las investigaciones, ha sido comisionado para trasladarse a Idre, y dirigir desde allí, directa y personalmente, las investigaciones en estrecha colaboración con la policía local. Al parecer esta misma mañana, se está siguiendo una interesante pista, obtenida como siempre gracias a la colaboración ciudadana: la cajera decana del supermercado ICA de la localidad, que por sus muchos años de experiencia de cara al público, no se le escapa nada, creía estar en condiciones de facilitar a la policía la identidad de una persona sospechosa, de aspecto especialmente amable, que encaja con las características del caso. Esta aportación resulta muy provechosa, pues los últimos análisis de la oficina forense de Sveg han revelado, que el orificio de los cráneos no fue producido por un proyectil del 7’62 milímetros como en un principio se había pensado, sino que se trataba de proyectiles indeterminados del tamaño de un haba, disparados a una velocidad suficiente como para atravesar el hueso del cráneo, por algún artefacto casero o utensilio de cocina. Estos datos, abrían considerablemente el espectro del perfil del asesino, que afortunadamente ahora podría ser cualquiera, incluso una adorable ancianita.

 

            Así mismo, desde la fiscalía de Jämtland se realizarán diversas acciones para aunar los esfuerzos de toda la sociedad sueca, solicitando incluso la implicación y la colaboración de antiguos investigadores de la policía, ya jubilados, que podrían aportar enfoques muy experimentados en las pesquisas. Por todo ello, no resulta aventurado pensar que este caso quedará resuelto en breve plazo, quizá en muy corto plazo”.

 

La secretaria del fiscal quería con aquella redacción, dotar de contundencia a la nota de prensa para acallar a ésta, apostando fuerte y sin red, en lo concerniente a la resolución del caso. Y dio plenamente en la diana: acalló a la prensa hasta el fin de semana y no fue aventurada al predecir el final del caso. Sin embargo, en cuanto al tipo de final feliz que parecía inferirse en su nota, quizá podría decirse que, respecto a aquello, fue algo entusiasta.

 

El fiscal de Jämtland, al escuchar la nota de prensa que había remitido ya su secretaría a los medios y que ahora ésta le leía con una entonación de locutora de radio, entró nuevamente en un bucle gestual: se cogía la cabeza con las dos manos, hacía un ademán como para ir a levantarse, cayendo pesadamente otra vez sobre el sofá, suspiraba, y se tapaba con una página de tabloide de tamaño de una resma. Manos a la cabeza, levantarse y caer, suspiro y taparse; manos, incorporación, caída, suspiro y abrigo. Así una y otra vez. La secretaria jefe le diagnosticó oficialmente en una escueta nota de prensa que siguió en un par de minutos a la principal, una infección de anginas con afonía severa, que desgraciadamente le apartarían del caso durante unos días.

 

Por su parte, el fiscal Conny Ranelid desde que el domingo por la mañana leyera las noticias de la prensa, decidió permanecer en el interior de su casa y de su batín, y adquirir una infección de anginas con afonía severa, patología inherente en aquella semana al cargo de fiscal. Leía la prensa diaria y presentía que algo se acercaba sigilosamente hacia él. Resultó ser la notificación del Ministerio de Justicia de una resolución por la que, a la vista de los acontecimientos notorios que le implicaban en una supuesta manipulación de pruebas aportadas por un guía canino y su agente K, en un caso que había tenido lugar casi dos años atrás, era relevado de su cargo y adscrito a la ayudantía del ayudante del fiscal de la zona, donde debía presentarse tan pronto como recibiera el alta médica de la dolencia gripal que padecía, de ser posible, inmediatamente.

 

Eran malos tiempos para los fiscales, aquellos que corrían el mediodía de ese jueves, veintisiete de septiembre de 2007.

J

[/sws_toggle2][sws_toggle2 title=”ARISTÓTELES, HIJO DE SÓCRATES.”]

 

Allan Karlsson, tenía más o menos la misma estatura que sus compañeros de sirtaki. Había encontrado por primera vez en su vida, un tipo de baile que parecía estar al alcance de su lamentable coordinación muscular, si se exceptuaban claro estaba, las sardanas que había aprendido a bailar años atrás cuando, todas las tardes, al caer el sol y antes de que lo hicieran los obuses, bailaba con sus camaradas anarquistas en las trincheras del frente del Ebro. La búsqueda de una danza acorde con sus decepcionantes habilidades motrices, que quizá tempranamente había creído encontrar en la sardana a orillas de aquel caudaloso río, le había llevado toda una vida, ciento dos años de ser puntillosos con la cronología, hasta que finalmente en Bali había conocido aquel baile griego, masculino y sensual a la vez. No obstante, tenía que reconocer que quizá aquello del sirtaki era más complicado que la sardana, algo realmente fácil por otro lado (que lo fuera). O quizá fuese que él era ya, algo más mayor que durante la batalla del Ebro, pues no sin notarlo pasan sesenta y nueve años en la vida de cualquiera.

 

Cuando Aronsson bajó al bar del hotel, mentalmente preparado ya para escuchar la historia que Allan Karlsson tenía tanto interés en que conociera, al verle abrazado a los peruanos, con el semblante muy concentrado, tratando de fusionar el sirtaki con unas evoluciones improvisadas que recordaban a los derviches, el ex comisario se sonrió. Realmente tenía un espíritu indomable aquel anciano. Se sentó en la mesa que Allan había dejado vacía para unirse a aquellos nuevos giróvagos andinos, y pidió un gin-tonic. Aunque era tarde, no le importaba esperar pues no tenía nada importante para el día siguiente, o eso creía él.

 

Tras bailar el repertorio casi completo y varios bises, los bailarines peruanos estaban ya exhaustos y bastante mareados. Allan, bien fresco aún, se despidió de ellos y volvió a la mesa dando todavía, ágiles saltitos de sirtaki.

 

—Ah, ¡qué de recuerdos me traen estas melodías helénicas! —le dijo con añoranza a Aronsson—. Me hacen recordar las fiestas en la embajada en París con Jackie. ¡Cómo se lo pasaba aquella mujer! Era una yegua de raza, con ganas de desbocarse. —Ahora ya, la añoranza había abierto paso a una nostalgia bobalicona en su sonrisa.

— ¿Jackie? —le preguntó intrigado Aronsson.

—Sí, Jackie. Una verdadera hembra. Sobre todo después del sexto daiquiri —precisó con cierta melancolía—. ¡Cómo se movía cuando bailaba! Yo la conocí entonces, cuando Herbert, Amanda y yo, vivíamos en la embajada de Indonesia en París, en la que todas las noches organizábamos unas fiestas estupendas. Fue precisamente allí en París, en la embajada, donde Ari me la presentó, tal como me había prometido unos años atrás, cuando él y yo nos conocimos durante la crisis de los misiles de Cuba. Y fue en mi última noche en la embajada, precisamente en la fiesta de mi despedida, cuando Ari me hizo un extraordinario regalo, en agradecimiento a los consejos que le había dado sobre su relación con Jackie.

— ¿Ari? —repreguntó el ex comisario, ya francamente escamado—.

— Sí, Ari —remarcó Allan, mirando al ex comisario, como si de repente se hubiera dado cuenta que estaba allí. El comisario, aunque aparentaba estar en mitad de un episodio agudo de ecofilia, pues no paraba de repetir los nombres que él iba diciendo, sin embargo parecía interesado en aquella historia. Bien, pues se la contaría. En realidad, Allan pretendía contarle otra, pero pensó que quizá una breve introducción, no vendría nada mal para que Aronsson pudiera entenderlo todo correctamente. No era para menos, ya que trataba de explicarle algo que echaba por tierra, fundamentos enteros de la historia y la filosofía. Miraba al ex comisario con fijeza, como si tratara de asegurarse de que no se le iba a despistar. A veces le ocurría que cuando contaba algún episodio de su vida a cualquier interlocutor, éste inoportunamente, adoptaba una actitud algo distante, reflexiva, abriendo la boca como si de repente se hubiera acordado de algo y perdido la concentración. Entonces, comenzaban a repetir en forma de pregunta, los nombres de las personas que intervenían en el pasaje autobiográfico que les estaba refiriendo, como por ejemplo ¿Lyndon B. Johnson?, ¿De Gaulle?, ¿Stalin?, ¿Mao?, ¿Truman?, y así, y aquello acababa deshilvanándole sus recuerdos. El comisario había empezado a hacerlo y aquello le despistaba algo a Allan, por eso miraba atentamente al comisario, cuando comenzó a relatar su historia.

—Sí, fue Aristóteles, que conocía bien el asunto, quien me habló por encima del turbio asunto de Pitágoras. Realmente, ¡quién lo iba a decir! A veces la vida guarda escondidos, querido Aronsson, recónditos pliegues de historia desconocida —sentenció el anciano, que a sus ciento dos años podría decirse que tenía detrás, una larga historia repleta de pliegues desconocidos.

—Aristóteles Onassis y yo nos conocimos años atrás, aquí en Bali, cuando la crisis de los misiles de Cuba, en octubre de 1.962, estuvo a punto de acabar con todas las fiestas. Ari había llegado aquí en su barquito, tras conocer a Jackie y a su hermana Lee, con las que había pasado un par de semanas navegando por los mares de Grecia y justo después de que ellas tuvieran que abandonar precipitadamente aquel divertido crucero y el bote.

 

Cuando le conocí, el pobre se sentía destrozado, pues aunque estaba colado por Lee, Jackie durante aquella travesía por el Adriático, no había parado de darle la lata y perseguirle en las fiestas que daba en su barca, es decir, todos los días. Según Ari, Lee, cuatro años menor que su hermana, era toda elegancia y finura al igual que Jackie, debido creo yo, a que se apellidaban Bouvier. Alguien con ese apellido, no sabe meterse el dedo índice en la oreja y agitarlo para limpiarse los conductos auditivos, ni se sienta abierta de piernas, los días de mucho calor, incluso aunque lleve pantalones. Lo que pasaba es que Jackie, cuando había acabado con los brazos del primer barman de la barca de Ari, y había que sustituirlo para llevarlo a rehabilitación, con los brazos y las manos agarrotados, se subía descalza a una mesa, cogía con una mano el coctel póstumo de aquel desgraciado, y con la otra comenzaba a subirse la falda, contoneándose al ritmo de una música que encantaba a Ari, y que era algo así, como tin, tinin, tirininin,… Precisamente como la que interpretan estos chicos —el comisario había dejado de repetir nombres, así que parecía atento. Aquello animó bastante a Allan, que continuó.

 

A Ari le gustaba Lee, por la delicadeza y exquisitez que tenía, pero Jackie también sabía serlo aunque solo durante el día; después, cuando el sol se ponía, cambiaba de una manera asombrosa, espectacular, difícil de creer. Lee por el contrario, no hablaba nada ni durante el día, ni durante la noche: tan solo sonreía con una indecisa expresión en la cara de mujer a la que acabasen de quitarle el bolso de un tirón, del que afortunadamente hubiese sacado las joyas unos momentos antes. En cambio su hermana Jackie, más partidaria de llenar su bolso de joyas que de andar sacándolas, por las noches se volvía una pantera. Según supo después Ari, eso ocurría con el desconocimiento de su esposo, ya que éste, tras pasar juntos la luna de miel, pareció considerar cumplido el período máximo de fidelidad que le era exigible como Kennedy, y nunca estaba por las noches en casa. Así que Ari, cuando las hermanas Bouvier tuvieron que volver precipitadamente a Europa y América, respectivamente, porque el marido de Jackie se había enterado de las juergas que se corrían en su barco y les había desembarcado a la fuerza, indeciso tras la partida de las francesitas, decidió poner rumbo a la isla de Bali para pensar en el futuro y poner orden en su corazón y en su bodega, por el procedimiento, en ambos casos, de su vaciado o destocking, como él prefería decir.

 

La tarde que avistó el majestuoso contorno de la isla del paraíso, fondeó su barca en una playa del sur, cerca de Sanur, donde podía verse al borde de la orilla, un hotel de lujo, éste precisamente en el que estamos. Bueno en realidad, el que había entonces en este mismo lugar, antes de que Amanda hace unos años, decidiera echarlo abajo y construir en su lugar éste, con la excusa de que no lograba el color que quería para pintar de nuevo sus habitaciones particulares y porque la verdad era que se había quedado un poco anticuado. El destino quiso que la playa a la que arribó Ari fuera la misma en la que él, Allan, pasaba la mayor parte de los días y bueno, también las noches, pues en ocasiones al tratar de incorporarse de la tumbona con la finalidad de irse a la cama, no conseguía reunir el equilibrio suficiente como para poner los dos pies en la arena a la vez, y prefería esperar al día siguiente tumbado en la hamaca, para intentarlo de nuevo. Ari por su parte, se hacía servir un Metaxa bien frío en la cubierta de su barquita y pasaba las horas sentado en silencio, bebiendo, mirando la costa y tratando de decidir sobre su futuro, mientras escuchaba en un tocadiscos, los gorgoritos de su amante titular, frente a aquella bahía paradisíaca.

 

Al segundo día, se percató que había un tipo sentado en una hamaca en la playa, que hacía exactamente lo mismo que él: se pasaba los días enteros, sin hablar con nadie, esperando que le trajesen un trago, mientras apuraba el que tenía en su vaso. Era yo —en ese momento, Allan le hizo una seña a Aronsson, como expresándole que si tenía la amabilidad, estaría encantado de que le rellenase el vaso.

 

—Estuvo observándome toda la tarde y yo a él, realmente intrigados los dos, de estar ante alguien que pasaba horas y horas sentado, haciendo lo mismo que el que tenía sentado enfrente: bebiendo y fingiendo estar enfrascados en profundos pensamientos, como ocurre en el bridge. Entonces, vi acercarse hacia la orilla a un esquife a motor. Un señor muy arreglado, con un espléndido uniforme de los que dan ganas de alistarse en la marina inmediatamente, se bajó de él, y me dijo que, si yo no tenía planes para esa noche, el dueño de aquella barca quería invitarme para que le acompañara en la cena. A mí me pareció una excelente idea, ya que nunca había conseguido tener planes en mi vida y aquel plan de ir a cenar, me parecía un buen comienzo para irme acostumbrando. No es que yo fuera incapaz de hacer planes, era que no conseguía visualizar nunca un contenido que resultase lo suficientemente atractivo, como para incitarme a trazar un plan para conseguirlo. Sin embargo, me encantaba que me propusieran planes y de hecho, siempre que alguien lo hacía, me sentía terriblemente inclinado a aceptarlos de inmediato, por más peligrosos, inútiles o descabellados que pudieran llegar a ser.

 

Ya en la cubierta, el señor de uniforme me presentó a mi anfitrión. Se llamaba Aristóteles, igual que alguien a quien yo estaba seguro de conocer, si bien en ese momento no lograba recordar ni dónde, ni cuándo, aunque sospechaba que debía haber sido hacía mucho tiempo. Tenía más o menos mi edad, un año menos en realidad, cincuenta y seis, según aclaramos más tarde, pero se encontraba en un estado lamentable: su piel estaba surcada por grandes arrugas, y muy bronceada por el sol. Todas las mañanas, se empeñaba en tirarse encima de la cabeza, sobre el pelo, dos botes de brillantina, y vestía de una manera elegante, aunque algo recargado para mi gusto, como si le vistiera el mismísimo encargado de atrezzo de ópera de la Scala. Su estado anímico, se parecía mucho al de su piel: estaba muy arrugado y parecía también muy quemado.

 

A la hora de la cena, quizá por mi compañía o acaso porque le conté algunas pinceladas de mi vida, que no sé bien por qué, le sorprendieron mucho, el caso fue que se animó bastante y pudimos charlar de las cosas de la vida. Tras la cena, sentados otra vez en unos cómodos sillones de cuero blanco en la cubierta de su barca, mientras escuchábamos la discografía completa de aquella amiga suya, volvió a acordarse de algo y calló. A mí me pareció fenomenal, pues de ese modo podía concentrarme en la ingesta de un licor de su país, que nos habían servido y que no había probado nunca. Su nombre era Metaxa, y era exactamente la palabra que a uno le salía espontáneamente de la boca, al tratar de respirar, después de tomarse de golpe, un trago de aquel líquido y notar la faringe y las vías respiratorias superiores calcinadas: ¡Metaxa!, Era muy curiosa aquella manera de nombrar a los licores, según las expresiones espontáneas que suscitaban en quienes los degustaban. Sin embargo, al cabo de casi dos horas y media, haciendo un esfuerzo por recuperarse, mi anfitrión pidió otra caja de aquel licor que, según pensaba yo, perfectamente podría haberse llamado ¡Cáspita! (aunque me sonaba un poco persa), y a continuación me planteó un problema sentimental y negocial que le angustiaba.

 

Me explicó que había conocido a un par de señoritas francesas, nacidas en Southampton, muy elegantes y hermosas, que eran hermanas, con las que hacía bien poco, había pasado unas semanas muy agradables, a bordo de aquella barquita. Las dos eran muy católicas, pero una de ellas, lo era mucho más que la menor y por este motivo, en las fiestas que se habían organizado a bordo en Grecia, la mayor se había comportado de una manera muy ardiente, sacando fuera todo su catolicismo. La pequeña, era muy mona y calladita, mientras su hermana mayor, también muy mona, era hirviente a la hora de los vampiros, y tenía cierta inclinación a comprarlo todo. Su corazón se hallaba dividido y como hombre de negocios que era, no sabía por cuál de las dos hermanas decidirse. Pero sospechaba que su futuro dependía de ello. No se equivocó.

 

Ari decía que a favor de Lee, la hermana pequeña, contaba algo (eso había que valorarlo), el hecho de que la mayor estuviera casada con el hombre más poderoso de la tierra. Yo al principio, pensé en Stalin, pues descartaba que sin conocerme, aquella chiquilla hubiese podido enamorarse de mí sin más, y haberse casado conmigo, a mis espaldas. Pero leía la prensa extranjera casi todos los días y sabía que el padre Stalin, había muerto poco después de que Herbert y yo, llegásemos a Bali. Después pensé, en mi gran amigo Mao, un tipo corpulento y con bastantes dólares, muy poderoso por tanto. Pero yo conocía a su esposa muy bien y aunque había estudiado en Francia, me constaba que no era una ferviente católica. Acababa de descartar a Buddy Holly, puesto que había fallecido hacía algo más de tres años, si bien, a pesar de tener aquella cara y aquellas gafas imposibles, a sus veintidós años había logrado volver loquitas a todas las jovencitas del mundo por lo que podía decirse que era un tipo poderoso, cuando caí en la cuenta de quién era el hombre más poderoso del mundo al que Ari se refería. Yo no le conocía en persona, pero precisamente aquellos días, por aquel asunto con los rusos y los petardos que le habían puesto en Cuba, el marido de la francesa salía mucho en los periódicos. Mucho más de lo que a él le hubiera gustado, y eso que a él le gustaba mucho salir en las revistas.

 

Ari, era consciente de que nos acabábamos de conocer, pero pensaba que precisamente por eso, mi opinión, si tenía la amabilidad de dársela, sería objetiva. Me estaría agradecido mientras viviera, y él tenía intención de vivir muchos años más, exactamente hasta los setenta y cinco. No, Aronsson, Aristóteles, hijo de Sócrates, no adivinaba el futuro: es que murió casualmente con esos años, de una neumonía. Eso lo supe yo después por la prensa, y me extrañó, pues a pesar de que él bromeaba con que no cumpliría más de setenta y cinco años, parecía uno de esos tipos que tenía aquello aclarado para más de un siglo con la Dama Negra, como yo por cierto.

 

Levantando en una sola mano copa y puro, igual que hacía Churchill, Ari me aseguraba que era un hombre de negocios por encima de todo, y sabía que en aquel mundo cada vez más interrelacionado, tener durante varios días encima de una mesa en la cubierta de tu barco, a la mujer del hombre más poderoso del mundo, con un coctel en una mano y subiéndose la falda con la otra, no era lo más favorable para procurar una base estable a tus negocios. Pero si además, estabas colado por ella y también por la cuñada de aquel tipo, de modo que no eras capaz de decidirte por una de las dos, tenía yo que reconocer, que la cosa empeoraba. Sus negocios en todo el mundo me decía, esperaban por una decisión que había ido a tomar allí, precisamente, en esa playa de Bali en la que por azar, había recalado. Y yo estaba allí, de repente, subido a su yate y bebiendo con él la segunda caja de Metaxa o, ¿cómo la llamaba yo?, eso, de Cáspita. ¿No era aquella una señal de los dioses del Olimpo, que querían hablarle por mi boca, me preguntaba Ari? Mi boca estaba a esas horas algo pastosa, si bien mi mente funcionaba como un reloj.

 

— ¿Crees que podrías convencerlas de que se enrollasen las dos contigo, a la vez? —preguntó Allan de repente a Aristóteles Onassis.

—Descartado. Se pelean por los vestidos, los zapatos y los novios, desde antes que tuvieran uso de razón —dijo Ari compungido.

—En tal caso, cásate con la mayor, sin ninguna duda —le aconsejó tajante Allan, mientras miraba por la embocadura, el interior de la botella que acababa de terminarse. Aquellas botellas, debían de tener alguna cosa dentro, del tipo de un gusano o hierbas especiales, como había visto que hacían con el tequila mexicano o el aguardiente de Ibiza, pues realmente destrozaban por completo la garganta desde el primer lingotazo. Pero ¡qué bien sabían!

 

Aristóteles asimilaba aquel consejo, en silencio. Su nuevo amigo, no había dudado ni un instante, y aunque tenían la misma edad, se sentía muy inclinado a hacerle caso.

— ¿Por qué estás tan seguro de que Jackie es la mejor opción, Allan? — preguntó Aristóteles—. Ten en cuenta que está lo de su marido, que no se constipa cuando se trata de empezar la tercera guerra mundial.

—Pues bien simple, Ari. Si te casas con la mayor, aunque la llevas veintitrés años, cuando la palme, y eso siempre lo hacen las mujeres antes que los tipos como tú y como yo, la heredas; y entonces te queda la hermana cinco años más joven, para disfrutarla. Será como echar el reloj cinco años atrás y después a su vez, podrás heredar de tu segunda esposa. Dos herencias, dos mujeres para disfrutar, con un interesante salto atrás de un lustro en el paso inexorable del tiempo. Si lo haces al revés y te casas con la menor, lo que resulta estadísticamente más probable, es que desfile primero la hermana mayor, y te quedarás sin repuesto y sin heredarla. Además a la pequeña, le llevas veintiocho años y por tanto durará más que la mayor, por lo que la heredarías más tarde y con menos tiempo para buscar repuesto. Eso sí, aunque para un tipo como tú no sería ninguna complicación, te tendrías que ocupar de que la menor, aunque tuviera todas las aventuras que quisiera, no llegase nunca a casarse. Para eso podrás contar con la ayuda de su hermana mayor quien seguro no tendrá excesivo interés en que la fortuna familiar sea compartida por nuevas ramas del árbol genealógico. ¿Lo entiendes, verdad Ari?

 

—Pero aún queda el asunto de su marido —Aristóteles, de repente se había animado mucho, como cuando desde su barco veía la luz del faro de Skorpios surgir en medio de la oscuridad de la noche, señalándole el camino de vuelta a casa—. Ella no le dejará a él, mientras sea Presidente, por muchas joyas con que yo la cubra. El poder, es el poder. Además, me preocupa la reacción que pueda tener ese hijo de papá, contra mis intereses, ahora que se ha enterado de lo que han estado haciendo aquí su mujer y su cuñada, en las últimas semanas. Esos tipos del servicio secreto que vinieron aquí a recoger el equipaje de Jackie y Lee, al día siguiente de habérselas llevado a ellas, tenían una cara de chivatos que ni Peter Lorre.

 

 

 

Allan le dijo que no era para tanto y Aristóteles Sócrates Onassis, hijo de Sócrates, que era un hombre práctico, entendió perfectamente lo que su nuevo amigo le decía respecto de que, un tipo listo como aquel chaval irlandés, no iba a estallar sin más en un arrebato de cólera. Además, en esos días estaba en su momento más álgido, un asunto con los rusos en la isla de Cuba, que le tenía muy entretenido.

 

Los rusos, o más bien su líder Nikita Serguéievich Jrushchov, se habían metido en un callejón sin salida. A decir verdad, le habían metido a él, ya que a Nikita nunca le había parecido buena, la idea de instalar misiles nucleares a ciento cuarenta kilómetros de las costas de Estados Unidos. Pero otra cosa muy distinta era que le quisieran parar los pies a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en octubre de 1962, siendo él, Presidente del Presídium. De eso, niet...

 

Kennedy a su vez, había ordenado el bloqueo marítimo de la isla y el despliegue de unidades de la Navy para garantizarlo con el uso de la fuerza, si fuese necesario. Y tal y como iban las cosas, parecía que lo iba a ser. La cosa no iba en broma aquella jornada en la que Aristóteles había conocido a Allan, y Jrushchov había dado órdenes directas a los capitanes de los barcos de un convoy de supuestos mercantes, de romper el bloqueo impuesto, pasase lo que pasase. Allan en los días precedentes, había leído algo de aquel asunto en la prensa extranjera, tumbado en su hamaca de la playa, y se había divertido una enormidad con el fantástico crescendo, que estaban montando las dos partes. Aquella mañana, mientras leía la prensa que venía repleta de aquellas noticias tan alarmantes, pensó que le encantaría estar metido de lleno, en mitad de lo que parecía la tercera Guerra Mundial. Con cierta asiduidad, los deseos de Allan, inexplicablemente, corrían el peligro de cumplirse, y en ocasiones, en versiones mejoradas, como aquella que tendría lugar esa misma noche, mientras bebía un exquisito licor, nuevo para él.

 

Ari por su parte, había leído mucho sobre el asunto, en la cubierta del Christina de camino a Bali, preocupado por las probables repercusiones que aquello podría tener en sus negocios, y por el asunto de las últimas vacaciones de la Primera Dama, en su yate. Estaba convencido que Jrushchov y él, estaban en ese momento en la mente del Presidente de los Estados Unidos, si bien, como enemigos que han perdido ya la etiqueta de “potenciales”. Y no se equivocaba.

 

El hombre más poderoso del mundo estaba en aquel momento, a unos dieciséis mil cuatrocientos kilómetros de distancia en línea recta de ellos, y a punto de tomar una decisión que iba a cambiar el rumbo de la historia. Aquel tipo calvo, del otro lado del planeta, estaba dispuesto a dejar a éste susodicho, precisamente como su propia cabeza: limpio y sin nada a la vista. Después de haber escuchado, uno a uno, a todos los miembros del gabinete de crisis, que eran muchos, las opiniones que se inclinaban en darle una oportunidad a la paz y evitar a toda costa una confrontación armada con la URSS (incluida la de su hermano Bob), y de otro lado, las opiniones de los que preferían dársela a la industria armamentística nacional, estaban empatadas. El Presidente de los Estados Unidos de América, se levantó ceremoniosamente de la impresionante mesa rectangular de la Cabinet Room, donde se reunía el Comité Ejecutivo y les pidió a todos que le esperaran y rezasen, pues se retiraba para meditar su decisión. En realidad, lo que le pedía el cuerpo era ir a ver a Jackie, y continuar con la trifulca en la que llevaban enzarzados varios días, desde que la trajera el servicio secreto de regreso, de sus vacaciones en el yate de ese griego bajito. Aquella variante de enfrentamiento doméstico le vendría bien, para entonarse en el otro enfrentamiento planetario.

 

Mientras, las olas del mar batían en la noche suavemente, con un leve borboteo, sobre el casco resplandeciente de la barca de Ari. Habían pasado varias horas desde que terminasen de cenar, pero aún quedaba noche por delante.

 

—Entonces, ¿qué podría hacer con este tipo de Washington, Allan? —le preguntó Aristóteles Onassis a su invitado con auténtica preocupación—. A estas alturas debe estar acordándose de mí y planeando mi destrucción, conjunta o separadamente de la URSS.

— ¿Tienes teléfono aquí, Ari? —le preguntó animadamente Allan.

—Bueno, sí. Puedo llamar a través de la emisora de onda corta y conectar con las redes telefónicas terrestres y a partir de ahí, con cualquier teléfono del planeta, que esté al corriente de pago de sus facturas telefónicas —le aclaró Ari intrigado.

— ¿Te sabes el teléfono de la francesita?, de la mayor claro —preguntó Allan Karlsson—. Creo que ha llegado el momento de hacerle una llamadita. Espero que no les hayan cortado el teléfono.

—Tienes que venirte conmigo, Allan —le dijo pausadamente Ari, mientras rebuscaba en una libreta de direcciones de piel oscura, con el emblema de su amigo Gucci troquelado bajo sus iniciales, que había sacado del bolsillo interior de su chaqueta azul marino de capitán de yate—. Te necesito a mi lado. Tenemos un imperio que sacar adelante.

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[/sws_toggle2][sws_toggle2 title=”LA SECRETARIA QUE SABÍA DEMASIADO.”]

 

El profesor de filosofía, como todo profesor de filosofía, era consciente de que su personalidad estaba adornada por ciertas particularidades bastante singulares, acaso adheridas a su alma como consecuencia de tantos años dedicados al estudio de la obtusa materia que enseñaba. Rarezas de profesor de filosofía, para el resto del claustro de profesores, y paranoias avanzadas o chaladuras irreversibles para sus alumnos. Su particular particularidad, que su afición al sahumerio de cáñamo mitigaba bastante, consistía en un tipo de fijación sioux procedente de la niñez.

Aunque en Suecia en los años de su infancia, el western no había tenido el mismo tirón que en otras latitudes, en sus vacaciones veraniegas en España, acudía regularmente con su joven tía a las sesiones vespertinas de los cines de verano en la costa mediterránea. Bajo la oscuridad de la bóveda celeste punteada de estrellas que veía sobre su cabecita, asistía asombrado a aquellas grandiosas gestas en los fuertes fronterizos, mientras su tía jugaba en la penumbra a las risitas con el mismo espectador que se sentaba a su lado todas las noches, un joven de ojos, piel y pelo oscuros y brillantes, y mientras los grillos alicantinos saludaban con desparpajo a los grillos del gran Wyoming que desde la pantalla, les iban informando con locuacidad sobre las épicas aventuras que estaban teniendo lugar en aquellas praderas hasta que, al punto, los de Laramie interrumpían misteriosamente su relato al paso silencioso de los pieles rojas de camino al campamento de los rostros pálidos. Entonces, los parientes mediterráneos de los grillos de Fort Laramie, tal y como está previsto en el protocolo de emergencias de su especie para cuando un congénere comienza un inquietante y súbito silencio, les imitaron y callaron también, sumiendo al patio de sillas del cine al aire libre en un doble suspense sobrecogedor, incrementado si cabe, por las risitas nerviosas de su tía y por multitud de chasquidos de diente sobre cáscaras de pipas saladas.

Al futuro profesor, que desconocía por completo aquel idioma, se le quedaron grabados aquellos intensos silencios, previos a la algarabía de los ataques arapahoes y sobre todo, el admirable y sigiloso caminar de todos los valientes guerreros de la gran familia sioux. Y desde aquella noche lo adoptó como suyo.

De regreso a Suecia, se llevó un primito que venía de camino y que a buen seguro iba a ser morenito y muy risueño, y también aquella sigilosa particularidad en su manera de caminar, pues le encantaba presentarse sin hacer ruido justo al lado de su madre que faenaba en la cocina, o de su padre que leía apaciblemente la prensa en el sofá, proporcionándoles unos sustos tremendos cuando reparaban en la súbita presencia del niño que aparentemente, se había materializado a su lado de la nada.

Con el paso del tiempo, la naturaleza esquiva y fría de los estudios que emprendió, hizo que en lugar de olvidar esa manía que había ido perfeccionando durante la adolescencia, se le enraizase aún más de adulto. Su atractiva mujer y en los últimos años la perrita Kicki, eran ahora en lo doméstico, quienes daban respingos eléctricos al detectar la presencia del profesor justo detrás de ellas en el momento más inesperado. Esto asombraba especialmente a la perrita que nunca había estado en Wyoming y por tanto, conocido a ningún humano capaz de burlar su fino oído. En lo profesional, eran sus compañeros quienes, en la sala de descanso de profesores, habían adquirido la costumbre de preguntarse con frecuencia unos a otros con cierta inquietud, sobre el paradero de el de filosofía con la finalidad de mantener un red de alerta temprana frente a sus fantasmales apariciones, para evitarse sustos morrocotudos; y también sus alumnos, que aprendieron muy perfectamente, a base de errores de consecuencias numéricas próximas al cero absoluto, que en los exámenes de filosofía jamás se debía intentar copiar.

Así que, el jueves a mediodía, cinco días después de haber entrado por taurina casualidad en la galería de la fama de los arqueólogos, a mayor mérito, en el día de su primera jornada de trabajo de campo, el profesor de filosofía del Instituto de Enseñanza de Idre, recibió una llamada del centro penitenciario donde se encontraba internado su hermano. Cuando colgó el auricular, se quedó pensativo durante un buen rato. Su mujer, que estaba sentada en el cuarto de baño haciendo pis, se alarmó un poco por el prolongado silencio que se produjo después de que su marido hubiese colgado el teléfono. Sin querer, aquella leve inquietud le cortó la concentración y dejó de hacer lo que estaba haciendo.

 

—Cariño, ¿pasa algo? —preguntó escamada y contenida a la vez.

—No nada; era mi hermano desde la cárcel. Que está bien… —le tranquilizó su marido alzando la voz desde el cuarto de estar.

— Ah, bueno —dijo ella que, aliviada, continuó aliviándose.

— ¡Rápido! ¡Le han soltado, y tenemos que salir pitando! —le urgió súbitamente su marido un instante después, desde el quicio de la puerta al que había llegado al estilo sioux—. ¡Hay que ir a toda prisa a buscarle!

—¡¡Dios santo, qué susto me has dado!! —le gritó su mujer, interrumpiendo definitivamente lo que estaba haciendo— ¿Es que no puedes hacer ruido cuando te acercas, como todo el mundo? ¡Ya se me han quitado las ganas! ¡Y cómo es que le han soltado, ¿qué demonios ha pasado?!

 

El marido le contó, que ese mediodía en la cárcel, habían llamado a su hermano a dirección, y le habían comunicado oficialmente que tenía concedido un indulto y que era libre. El indulto, le habilitaba además para la reincorporación en su antiguo puesto, aunque sin efectos remuneratorios retroactivos. Volvía a ser guía canino. Tras el impacto inicial de aquella noticia, la desconfianza subsiguiente indujo a su hermano a dar un fuerte tirón al bigote del alcaide en un descuido de los celadores, y tras comprobar que no se trataba de ninguna broma, pidió que le dejaran llamar por teléfono urgentemente. Era esa la llamada que acababa de recibir, en la que su hermano le había puesto al corriente de todo, y le había pedido por lo que más quisiera, que le viniese a buscar inmediatamente, pues aquello le seguía pareciendo una broma, y no estaba dispuesto a que se la reventaran estando aún él, en el interior del recinto carcelario. Tenía que ser rápido, rápido, ¿eh? Pero además, la medida alcanzaba a Kicki, bueno en realidad era al revés, la rehabilitación de la perra, le alcanzaba a él. Kicki, se reincorporaba al servicio, con todos los pronunciamientos favorables y las pagas atrasadas. ¡Le sacaban de la cárcel, y con un montón de pasta!, ¿se daba cuenta su hermano? ¡Estaba libre, con trabajo y forrado!

 

Aquella conversación, se completó en la casa, ya de vuelta de la cárcel con el ex convicto, mientras preparaban urgentemente el equipaje más elemental, ya que el indulto venía envuelto con la agradable obligación de viajar a Södermanland, para asistir a las once horas del día siguiente, viernes, en las dependencias del departamento de guías caninos, cerca de Estocolmo, a la ceremonia de condecoración y homenaje a Kicki y a su guía. La secretaria del fiscal del Jämtland, en nombre del fiscal que, desgraciadamente estaba afónico y no podría asistir a la ceremonia, les facilitó los detalles: la hora que debían estar con la perrita en el aeropuerto de Idre, donde les recogería un jet privado del Ministerio, y el hotel de Estocolmo donde tenían hecha la reserva. Una indescriptible alegría inundaba aquel hogar, cuya fortuna había cambiado en un solo día, por la decidida iniciativa de la secretaria-ayudante del fiscal, que estaba dispuesta a coger las riendas de la fiscalía y de algunas dependencias más. Sin embargo, la mujer del profesor le veía meditabundo, ensimismado, como si aquella noticia no fuese una sorpresa para él.

 

Poco después de las diez de la mañana del día siguiente, viernes, en el estrado de autoridades, los gobernadores de Södermanland y de Jämtland, provincia a la que pertenecía Idre, el jefe de policía de aquel departamento provincial y su colega de Sveg, el fiscal jefe con jurisdicción sobre la localidad de Idre, el alcalde de la localidad donde tenía lugar el acto y el director del Centro de Adiestramiento y Guía Animal de la provincia, charlaban animadamente en voz baja, mientras los integrantes del cuerpo de policía se colocaban en formación de parada, poco antes de iniciarse el acto. El gobernador de Jämtland estaba entusiasmado con lo oportuno de aquel acto, organizado en apenas veinticuatro horas. El fiscal jefe le hacía de caja de resonancia diciendo que había que ver lo bien que había sido organizado aquel acto en tan corto espacio de tiempo. Y qué buena idea aquélla de la rehabilitación de aquel chucho estúpido. En aquellos momentos de impasse en las investigaciones y con las elecciones no muy lejanas ya, aquello había sido providencial para distraer a la prensa: “para encauzar a la opinión pública, en realidad”, corregía el gobernador al fiscal jefe. De paso, continuaba la línea argumental de la conversación que mantenía aquel grupo de autoridades en la tarima presidencial, aquella iniciativa tan oportuna, daba pie para reabrir aquel caso de hacía dos años que la sospechosa ausencia de cadáveres, o por así decirlo, la sorprendente lejanía de los cadáveres aparecidos relacionados con el expediente, había llevado al limbo policial de los archivos. Sin olvidar lo del indulto al guía, que aunque un poco precipitada, (el gobernador había tenido que emplearse a fondo para cumplir todos los trámites en tan poco tiempo) dicha medida de gracia, permitiría al departamento, el ahorro de los gastos de selección y formación de un nuevo candidato para guía. Además, como continuaba señalando inteligentemente el memorando que les había distribuido la ayudantía del fiscal de Jämtland, con ese indulto, la antigua la pareja de guía canino y agente K podrían comenzar a operar al día siguiente, con el consiguiente ahorro y aprovechamiento de efectivos policiales.

El guía en prisión era el único que hablaba bien kickiano y asignar un guía nuevo demoraría notablemente su entrada en servicio, pues aunque en el adiestramiento de los animales se utilizaban estándares, siempre acababa desarrollándose un dialecto propio entre guía y agente K, simplemente irremplazable. Por otra parte, esta medida les haría quedar estupendamente con las asociaciones de reinserción social de ex convictos, que tanta lata les daban: de la policía a la cárcel y de la cárcel directamente, al departamento de policía. ¿Podía pensarse una medida más tranquilizadora que ésta para la opinión pública, con relación a la recuperación social de convictos? Por último, el memorando aportaba una idea reservada no exenta de atractivo: sería quizá acertado, asignar a la pareja en el futuro inmediato algún operativo, dijérase, debidamente preparado que abocase a un espectacular resolución de un caso por parte de la reivindicada pareja que, con un oportuno tratamiento mediático, no hiciese sino corroborar con sonoridad, el acierto de las medidas que este viernes se llevaban a cabo.

¡Caramba! parecía que en la fiscalía de Jämtland, había un cerebro bien amueblado. Todas esas inteligentes acciones, para el gobernador de Jämtland no habían hecho otra cosa que poner a cada quien en su sitio: a la prensa, en un recinto perfectamente acotado tras unas cintas extensibles y unos postecitos metálicos, a la derecha del estrado; al chucho y su guía, en el centro del agradecimiento de las instituciones por los servicios prestados, en demostración palpable de que la sociedad sueca sabía ser agradecida, pero también justa; al ex fiscal Conny Ranelid, que ya repuesto de su dolencia gripal, se había reincorporado a su nuevo destino, debajo del entarimado a la derecha, por si le necesitaba el ayudante del ayudante del nuevo fiscal, sujetando una caja de madera con las condecoraciones para la perrita; a las investigaciones, nuevamente en marcha y con otro enfoque mucho más acertado, centrado en el carácter amable, que seguro habría de tener el asesino en serie, gracias a la colaboración ciudadana que llegaba hasta las cajeras de las grandes superficies; y si aquello no era suficiente, según constaba todo muy detalladamente, en el informe-memorando que les había facilitado la secretaria-ayudante de la fiscalía de Jämtland que llevaba el caso, se había solicitado la colaboración de eméritos investigadores del cuerpo de policía; aunque era del todo improbable que llegase a salir de allí la solución del caso, pues los comisarios jubilados se encontraban ya fuera de la dinámica del esfuerzo y trabajo diarios. Todas aquellas líneas de trabajo, transmitirían la idea de una sociedad al completo, trabajando unida. Y todo en un solo día.

Aquel fiscal del Jämtland, se había revelado finalmente como un genio, a pesar de que incluso el gobernador mismo había llegado a dudar de la capacidad de aquel tipo. El fiscal jefe también, desde luego que también había llegado a dudar de aquel fiscal en un principio, si bien no en estos momentos, ahora que lo decía el señor gobernador. En eso, también coincidía con el señor gobernador. Aunque realmente, ahora que lo pensaba el gobernador, y que alguien corrigiera al gobernador si no había sido así, al fiscal no se le había visto el pelo desde el domingo pasado, ¿no era así? La verdad es que tenía doble mérito si había conseguido montar todo aquel tinglado en tan poco tiempo, a pesar de estar enfermo, ¿no creían?, decía el gobernador de Jämtland, mientras seguía con la mirada atentamente, las diligentes evoluciones de la secretaria-ayudante, que perfilaba con cuidado los últimos detalles del acto. ¿Sabía alguien si estaba mejorando de su repentina afección gripal? ¿Nada?, pues en tal caso, pobre secretaria-ayudante del fiscal, ya que le debía haber caído todo aquel muerto encima. Bueno, cinco en realidad, le habían caído cinco muertos encima, ja, ja, ja. Qué sentido del humor, el del gobernador. Realmente era impresionante verla, cómo había organizado aquel acto y cómo seguía de un lado para otro, impartiendo instrucciones a todo el mundo, incluso corrigiendo la alineación de la formación de la tropa, o hablando con el técnico de megafonía y comprobando el sonido personalmente, con esos auriculares que llevaba puestos desde hacía unos minutos. Resultaba… edificante, y conveniente, endiabladamente conveniente, tener un ayudante así ¿no pensaban como él? ¿Cómo?, ¿que era militante de nuestro partido? ¡Caramba! Bueno, no podía ser de otro modo. Por cierto, ¿había hablado alguien estos días, con el fiscal de Jämtland, personalmente? ¿No? ¿Nadie? ¿Ni tan siquiera por teléfono? ¡Caramba, caramba!

 

La ayudante del fiscal de Jämtland, devolvió al técnico los auriculares, tras comprobar que el sonido de los micrófonos que había en el estrado donde se encontraban las autoridades, funcionaba muy a su gusto, y se acercó a dicho grupo. Al verla llegar, acallaron sus cuchicheos y esbozaron una sonrisa amable de complicidad. Debido al calor que hacía, la secretaria-ayudante había pensado que una vez terminado el acto, les sentaría bien a sus ilustrísimas un vino español, que estaba ya dispuesto detrás del escenario, por si les apetecía refrescarse. Al fiscal jefe, se le escaparon unas palmaditas ridículas de regocijo. Sí, era una excelente idea, señorita… señorita… señora Bengtsson, Anitta Bengtsson, completó la ayudante del cada vez menos fiscal de Jämtland. Si la disculpaban, tenía que atender a los familiares de la homenajeada, para invitarles también al vino español, para que constara la cercanía de las autoridades políticas con los ciudadanos de a pie, cuando la maquinaria del estado, a veces fría, cometía errores que les perjudicaban. Para eso estaban sus ilustrísimas allí, para repararlo; y la prensa, invitada también por ella al vino español, para dar testimonio gráfico de ello, ¿no creían sus ilustrísimas? Estaba radiante, por fuera y por dentro, lo notaba, y notaba que ellos lo notaban. Qué buena idea la de decirle al técnico de sonido, que conectara el micro del escenario donde las autoridades esperaban, para que pudiera ella comprobar personalmente el sonido. Había que estar en todo, si se quería llegar lejos.

 

Al cabo de un rato, puntualmente a las once menos cinco minutos de la mañana, la señora Bengtsson, se encaminaba hacia el grupo de autoridades nuevamente, para indicarles esta vez que la hora había llegado.

 

Viéndola acercarse, al gobernador de Idre le asaltó una duda. ¿Tenía el ayudante del gobernador, el número del móvil de la señora Bengtsson? Pues entonces, ¡que lo consiguiera!, ¡Maldito Bartold!, nunca tenía ningún teléfono de nadie.

 

— ¡Ah! señora Bengtsson, precisamente hablaba de usted con mi ayudante —le dijo el gobernador con una amplia sonrisa a la futura fiscal de Jämtland o a la futura ayudante del gobernador, quién sabía—. Interesante el memorando que han preparado la fiscalía de Jämtland. No cabe duda que está dictado por la voz potente de un buen fiscal, ¿no es así, señora Bengtson?

—Venía a decirle, que todo está en orden y que cuando quiera, comenzamos, señor gobernador. Por cierto, aquí tiene mi tarjeta con el número de mi móvil personal por si necesita cualquier cosa de mí, en el futuro inmediato —dijo Anitta, con la más atractiva de sus sonrisas.

—Muchas gracias, Anitta, ¿puedo llamarla Anitta, Anitta? No, Bartold, la guardaré yo, gracias. ¿Por dónde empezamos, Anitta? —dijo el gobernador con gran cordialidad, con aspereza y afablemente, respectivamente, a Anitta, a su avisado ayudante y otra vez a la señora Bengtsson, mientras metía en su cartera, la tarjeta de presentación de la ex ayudante del fiscal de Jämtland.

 

El acto en sí, se desarrolló con una gran brillantez. Aquel viernes todo funcionó a la perfección y fue muy del agrado de las autoridades, tropa y público presentes. El día había acompañado con un sol radiante, y una verdadera nube de delicadas mariposas blancas aparecidas de no se sabía dónde, revoloteando por doquier, parecía el fondo bucólico adecuado, para aquel derroche de reafirmación de los valores de la sociedad sueca, que contaba con amplia cobertura mediática de prensa y televisión, conforme a lo planificado por la señora Bengtsson: con esas palabras reseñaba el evento la crónica del Expressen al día siguiente, señalando muy periodísticamente que, tan sólo un incidente imprevisible para la modélica organización del acto, a la par que espontáneo como todo lo concerniente al reino animal, había tenido lugar aquella mañana. La perrita Kicki, inmediatamente después de ser condecorada ante aquella impresionante formación de hombres y perros, nuevamente compañeros suyos, incapaz de contener tanta emoción, se sentó sobre los zapatos del gobernador y fue incapaz de contener también, su vejiga. Después de aquello, emprendió una carrera alocada de las suyas, persiguiendo por todo aquel enorme recinto, presa de una gran excitación y alegría, a las bandadas de mariposas blancas que refulgían al sol, como quiméricos copos de nieve.

 

La ayudante del fiscal de Jämtland, que había organizado todo ese brillante acto, sacó de su bolso unas toallitas húmedas, siempre según el tabloide, y una pequeña cajita con betún del mismo color que los zapatos del gobernador, y arregló inmejorablemente, lo humedecido por la protagonista del acto, causando con ello una viva impresión entre las autoridades del acto, sus encomiables dotes de previsión, que fueron alabadas por todos, durante el estupendo vino español servido a continuación del acto, al que fueron invitados también, todos los miembros de la prensa, por expreso deseo de la organizadora del acto, la brillante señora Anitta Bengtsson, elegancia y eficiencia unidas en una misma mujer.

 

El ayudante del ayudante del fiscal, por orden de su jefe, correteaba por el recinto, detrás de la inquieta agente Kicki, tratando de darle alcance, con una correa en la mano. Solo el taciturno profesor de filosofía que apuraba su copa de vino, observaba aquella escena que estaba teniendo lugar a lo lejos, con una expresión en el rostro de verdadera preocupación.

3

[/sws_toggle2][sws_toggle2 title=”EL FIN DEL MUNDO.”]

 

Hallo, madeimoselle Bouvier, s’il vous plaît?

—Oui, c’est moi. Qui est-ce qui est là? —respondió la Primera Dama, que no esperaba ninguna llamada por su teléfono privado y menos en un momento como aquél, de intensas negociaciones matrimoniales. Su marido acababa de entrar en sus dependencias privadas, con cara de tener ganas de empezar la tercera guerra mundial.

— ¿Quién es, Jackie? —le preguntó apremiante el Presidente. Primer error presidencial: a Jackie, él, no debía hacerle semejante pregunta. Eso ya estaba pactado con anterioridad entre los dos. Nada de preguntas como ésa.

—No sé —le respondió Jackie con una mirada glacial a modo de saludo. Unas semanas atrás y en solo tres días, sin tiempo suficiente para hacer las maletas debidamente, su marido le había hecho regresar de sus vacaciones. Bueno, más exactamente, había mandado un comando de marines vestidos con los trajes del servicio secreto y armados hasta los dientes, para asaltar el barco del encantador Ari, y literalmente la habían raptado y la habían traído de vuelta a casa. (Sí, esas habían sido sus instrucciones, recibidas directamente de él, su comandante en jefe. Sin heridos, eso les había quedado claro, había admitido altaneramente el Presidente, en una de las continuas trifulcas que habían mantenido desde entonces). Eso tardaría meses en olvidarlo, su mujer, que simplemente se había ido de viaje a Europa, a despejarse un rato.

—Pues, cuelga por favor. El mundo está esperando su final y antes, necesito aclarar contigo una cosa sobre ese griego —dijo el Presidente de un tirón. Ese tipo de frases artúricas, le salían de maravilla al Presidente de Camelot. Eran su arma secreta, sus letales trompetas de Jericó, con las que había derrumbado murallas inexpugnables que, hasta que el Presidente apareciera en escena y las pronunciase como si nada, protegían a estadistas, políticos extranjeros, senadores, atractivas estrellas de cine rubias, banqueros judíos, espectaculares starlettes pelirrojas, generales de cuatro estrellas con garras de halcón, delicadas actrices de cine morenas y con pinta de pintoras francesas, jefes de familias italianas, presidentes de sindicatos y femeninas estrellas del celuloide, en general. A todos desarmaban, a todas dejaban desnudas, esas frases tan bien destiladas por el hijo de un irlandés, experto a su vez en otro tipo de destilaciones.

Je suis, Allan Karlsson, un bon ami d’Ari —decía al otro lado del mundo en un lamentable francés, una voz cuyo propietario entendía que aquél era el idioma adecuado para empezar una charla con alguien que se apellidaba Bouvier—. ¿Podemos continuar en inglés, por favor? Es que ya no sé más francés.

Oui, sí claro, cómo no —dijo Jackie—. Es un tal Allan Karlsson, amigo de Onassis —le aclaró a su marido tapando el auricular. Éste, con gesto huraño, le hizo una seña para que continuara hablando y se fue hacia la puerta, la entreabrió, dijo algo a alguien que estaba detrás de ella, y la volvió a cerrar.

—Mi amigo Ari, le manda un saludo muy cariñoso a usted, a su marido y a su hermanita Lee. Está muy bien, aunque yo creo que debería tomar menos el sol y escuchar menos ópera que le deja muy triste, como a cualquiera. ¿A usted le gusta la ópera, señorita Bouvier? A Stalin también, pero la cantaba fatal, no así las canciones populares de Georgia que se le daban mejor, sobre todo durante esas interminables sobremesas después de las cenas en las que le gustaba cantárselas a su cada vez más reducido grupo de colaboradores, antes de purgarles. Conmigo se enfadó una noche que mandó a un submarino a recogerme para que cenásemos juntos, porque en lugar de ópera, le recité un poema… pero en realidad, la llamaba por otro motivo, señorita Bouvier. Si usted está interesada en asuntos de ópera, no tengo inconveniente en que hablemos de este tema. Mi madre de hecho, era una enamorada de la ópera aunque nunca llegó a escuchar ninguna, porque estaba muy ocupada siempre cortando leña, si bien le habían hablado muy bien de ella. ¿Quiere que hablemos de ópera, señorita Bouvier?

—No en este momento, gracias. Pero dígame, ¿qué es lo que deseaba? —dijo una Jackie algo impaciente ya, por saber de qué diantres iba aquella enigmática llamada que le hacía un señor con un terrorífico acento escandinavo, que decía ser amigo de su admirado y acaudalado Ari. El Presidente mientras tanto, no quería cometer un segundo error presidencial, y decidió esperar a ver cómo evolucionaban los acontecimientos. Por el momento, le dejaría la iniciativa a su esposa—. Antes de que se me olvide, dele mis recuerdos a su amigo, si es que le ve, señor Karlsson.

—Sí, le veo. Verá, yo vivo en Bali, y llevaba varios días en la playa, cuando a media tarde de hoy, un amigo de Ari que viste de un modo muy elegante, se me ha acercado y me ha invitado a cenar en su nombre. Una vez en la barca y durante la cena, Ari me ha contado que, aunque su hermana Lee no sabe bailar, se calla estupendamente, y que a usted en cambio, no se le cae una gota, cuando ya se han llevado al barman al hospital. Por ese motivo, es por el que me gustaría hablar con su marido, pues creo estar en condiciones de aclarar, en caso de que los haya, cualquier malentendido entre ellos dos.

— ¿Cómo, con Jack? —relinchó la Primera Dama. Ella siempre había dicho, que aquel tratamiento protocolario no le gustaba, pues le sonaba a nombre de yegua de carreras. Sin embargo en ocasiones, las airadas respuestas de First Lady, le daban la razón—. Y ¿para qué?

—Confíe en mí, señorita Bouvier. Aunque Ari y yo, nos hemos conocido hace siete horas, nos une ya una gran amistad, y yo por otra parte, puedo decir que soy un viejo amigo de la casa. Blanca, quiero decir —le dijo Allan en dos tiempos, tratando de entonar con la mayor cordialidad y afabilidad aquellas palabras.

—Bueno, veré lo que puedo hacer —Jackie volvió a tapar el micrófono del auricular—. El tal señor Karlsson es un amigo de Onassis, y quiere hablar contigo. Te pido por favor que le escuches.

— ¡Pues claro que quiero hablar con él! Todos los amigos de Onassis, son mis enemigos —bramó el rey Arturo cogiendo con energía, el auricular que le tendía la reina Ginebra.

—Soy el Presidente de los Estados Unidos de América. Tengo esperando al Gabinete de Crisis de la nación, para comunicarles mi decisión acerca de si deseo empezar una conflagración mundial. Además, estoy tratando un asunto familiar muy importante con mi mujer. Como podrá deducir por todo esto, no tengo mucho tiempo. ¿Quién es usted y qué desea? —dijo el Presidente de otro tirón. Aquellas frases tan bien construidas, eran su especialidad, con las dosis justas de firmeza y magnanimidad, de rotundidad y claridad expositivas, que le colocaban a él, ya de entrada, muy por encima de su interlocutor quien antes de empezar a hablar, se sentía ya una pequeña hormiga que solo merecía un fuerte pisotón. Sus efectos eran contundentes, laminadores de toda resistencia y a la vez esperanzadores para el destinatario por haber logrado captar, aunque solo fuera por un inmerecido segundo, la atención de aquel ser especial, que sabía pronunciarlas de corrido, sin tener que leerlas en ningún lado. Solamente se le resistía, aquella rata del FBI, Juan Edgardo Hoover. Y todo porque sus murallas de Jericó, estaban hechas de kilómetros y kilómetros de cinta magnética 3M, grabadas con los cuchicheos del Presidente con atractivas representantes del celuloide, y de cientos de notitas repipis, que le gustaba dejarles en la mesilla de noche cuando al amanecer, dejaba sus dormitorios para ir a arreglar el mundo, mientras ellas continuaban dormitando. Bob tenía razón, debería aprender de él. Tenía que acabar con esa cursilería que le acarreaba tan costosas contrapartidas: para las citas que concertaba por teléfono, escuetamente fecha, hora y lugar, pero fijándola para veinticuatro horas después de la realmente deseada, por si alguno de los chicos de Edgar estaba a la escucha que, de este modo, llegaban siempre un día tarde; para las despedidas de madrugada, una nota en ciclostil, de las que llevaba siempre varias copias en la billetera: “le llamarán de mi oficina señorita…, my best regards, Robert Kennedy.  Limpio y eficiente, a Bob le encantaba volver loco de rabia a Edgar.

— ¿Eres tú, Jack, o debería llamarte John? Harry Truman prefiere que nos llamemos por nuestro nombre de pila, pero como quieras Jack— Allan Karlsson, parecía tener también sólidas murallas, o quizá es que carecía por completo de ellas, pensó el joven presidente—. Soy Allan, y la verdad es que no tengo el gusto de conocerte personalmente, pero no descarto darme una vuelta por allí cualquier día que me levante temprano. Oye mira, te llamo porque sé que te has metido en líos y que tienes problemas en casa y en el trabajo a la vez, y ¡caramba!, eso tiene que ser jodido. Yo no lo sé, porque nunca he trabajado, lo que se entiende por trabajar, ni nunca he tenido una familia, si descartamos a Einstein, claro. Bueno, he tenido algún trabajillo que otro, pero poca cosa. Precisamente trabajando con vosotros, conocí a Harry, tu colega número treinta y tres, que me pidió que le echase una mano durante la comida en la que le vi convertirse en Presidente de los Estados Unidos. No quiero decir que haya un tipo de alimentación que te convierta en Presidente, sino que estando despachando juntos unas hamburguesas, entró un tipo del servicio secreto al que creo recordar que Harry llamó Humphrey Bogart, y le dijo que el pobre Franklin había muerto, de modo que él era Presidente desde ese momento. Pero bueno, no tengo mucho tiempo para contarte esto ahora, que esto es conferencia y el pobre Ari lo va a notar; si te interesa, me lo recuerdas en otro momento. El caso es que está conmigo Ari Onassis, que es mi mejor amigo. Acabamos de conocernos, pero quiero echarle una mano, y eso depende de ti. Por otro lado, quiero ayudarte con los líos en los que andas metido en casa y en el trabajo. Si tú quieres, te saco de los dos en un periquete, y salvamos el mundo y tu matrimonio. ¿Qué te parece, Jack?

 

El Presidente, llevaba unos meses de locura permanente en casa y fuera de casa. A primeros de agosto, había sido lo del suicidio de Marilyn, la noche en la que él le dijo que ya no le dejaría más notas en la mesilla. En septiembre, fue Jackie haciendo un crucero con un griego forrado, que toda Europa había seguido encantada por las revistas de sociedad. Mientras tanto, los generales desde hacía un año largo, cuando pasaba junto a ellos, le hacían la gallina en los pasillos de la Casa Blanca, por no haberles dejado comenzar la tercera guerra mundial en Bahía Cochinos, y en octubre, los rusos le habían llenado el patio de atrás con cabezas nucleares. Todo aquello era fuerte, pero ocurría en el planeta tierra.

 

Él, después de oír a ese tal Karlsson largar esa parrafada, se encontraba muy relajado, porque sabía que en aquellos momentos, no estaba ya en el planeta tierra. La voz de ese tipo sonaba algo metálica y parecía emerger de otro planeta. Decía cosas que a él le sonaban familiares, pero dichas de ese modo parecían ser la visión de la realidad de un ser de piel verde y viscosa, con antenas pedunculadas en la cabeza. Así que tras escuchar a aquel ser, se notó ingrávido. ¿Serían los chicos de la NASA, que habían encontrado ya un sistema para tele transportar a la gente, y le habían querido dar una sorpresa probándolo con él, agradecidos por haber puesto en sus manos toda aquella montaña de dólares para que pudieran jugar tranquilos? En ese momento entró un oficial, y le pasó la nota que había pedido hacía unos momentos:

 

 

KARLSSON, ALLAN

Sueco de nacimiento. Se desconocen todos los demás datos biográficos. Sin embargo, hay constancia plena, contrastada por todas nuestras agencias y por los servicios de inteligencia de los dos lados del telón de acero, de lo siguiente:

 

—NOS ABRIÓ LOS OJOS EN LOS ÁLAMOS, EN EL ASUNTO DE LA BOMBA ATÓMICA, POR LO QUE             GRACIAS A ÉL TUVIMOS LA BOMBA ATÓMICA A TIEMPO, ANTES QUE LOS ALEMANES DE PENEMUNDE.

—SE LOS ABRIÓ TIEMPO DESPUÉS, A LOS RUSOS.

—SUS COMPATRIOTAS SE NEGARON A DEJARSE ABRIR LOS OJOS POR ÉL, POR MOTIVOS DESCONOCIDOS,

—EXPERTO EN CUALQUIER TIPO DE EXPLOSIVOS.

—AMIGO ÍNTIMO DE MAO Y SEÑORA.

—AMIGO ÍNTIMO DE EINSTEIN.

—AMIGO ÍNTIMO DEL EX PRESIDENTE HARRY S. TRUMAN.

—AMIGO ÍNTIMO/ENEMIGO ÍNTIMO DE STALIN, QUE LO MANDÓ AL GULAG. (TRATAMIENTO HABITUAL DISPENSADO A LOS AMIGOS ÍNTIMOS/ENEMIGOS ÍNTIMOS DEL CAMARADA).

—SALIÓ VIVO DEL GULAG, NO SIN ANTES HACER SALTAR POR LOS AIRES, EL ESTRATÉGICO PUERTO DE VLADIVOSTOCK.

—PARADERO DESCONOCIDO DESDE 1.953.

 

Jack leyó el documento en un estado de relajación creciente, mientras Jackie hacía lo mismo por encima de su hombro, en un estado de creciente ansiedad. Él pensaba que, efectivamente los chicos de la NASA, sabían lo que hacían, porque todo aquello no se podía dar a la vez en una sola persona del planeta tierra. Ella pensaba que si un tipo como ése, acababa de conocer a su Ari, su Ari corría un grandísimo peligro.

—Jack, ¿estás ahí? —preguntó Allan.

—Sí, Allan, adelante, ¿qué crees que podemos hacer con el planeta tierra? —dijo un Presidente ya muy calmado. Esa actitud tan ausente, le parecía a Allan fantástica, la mejor que podía tener un hombre para resolver definitivamente, graves problemas en casa y en el trabajo: no tener, ningún interés en ello.

—Perfecto Jack, vamos allá —Allan carraspeó y se destrozó la garganta con un gran trago de Cáspita, antes de soltar su propuesta. Aristóteles, sentado a su lado, le miraba atentamente, como se miraba a Joe Dimaggio cuando estaba a punto de batear al pitcher de los Red Sox: con admiración expectante.

—Jack, tú eres un hombre de negocios igual que Ari, aunque lo que tu vendes es otra cosa. Por tanto, el problema que tenéis, es solo el precio. Tú estás enormemente cabreado con Ari, porque ha ido paseando a tu chica por media Europa en su barquita, y eso es lógico que te cabree. Así que, en cuanto te dejen los rusos, le vas a meter un dedo en el ojo y no va a poder vender nada de su mercancía, que no sé cuál es porque le acabo de conocer, pero seguro que tiene que ver con los barcos, a juzgar por el que ahora nos mantiene a flote.

 

El Presidente, sentado en el borde de uno de los sofás amarillos pastel con los que Jackie había llenado cada rincón de la Casa Blanca, sostenía con una mano el auricular en su oreja mientras se masajeaba la frente con los dedos de la otra. Miraba hacia abajo siguiendo los dibujos del suelo de la habitación y asentía con movimientos lentos de su cabeza. Mientras, la Primera Dama escarbaba impaciente con sus pezuñas en el suelo de madera noble de la Casa Blanca, esperando saber lo que estaba diciendo el dinamitero. Solo veía a su marido, aprobar con la cabeza en silencio en aquella tensa situación en la que sabía que su futuro se estaba jugando y eso la ponía muy, muy nerviosa. Una Bouvier nerviosa era algo así como una hembra de guepardo a la que algún inconsciente, hubiese encerrado en una guardería de gacelas Thomson donde decenas de crías levaran un buen rato arrancándole a mordiscos sus largos y sensibles bigotes.

 

—Ari, por su parte, está encaprichado en comprarle una gran cantidad de joyas a tu chica, e incluso ahora parece estar impaciente con que yo cuelgue para llamar a Zalotas de Atenas, que debe estar a punto de cerrar, y dar rienda suelta a su capricho. Dice que no importa, que sigamos hablando, que a él le cogen el teléfono en esa joyería a cualquier hora. El caso es que imagino que Ari es consciente de que, no deja de ser una trastada eso de ir por ahí paseando a la chica de otro, pero la vida es así. Según yo lo veo, tú también sabes de eso bastante. Ari dice que sí, que es una trastada y que sí, que tú sabes de eso bastante —el marido de Jackie, continuaba asintiendo lentamente, con la cabeza—. Por eso imagino, que no le importará abstenerse de verse con tu chica y de comprarle joyas, mientras tú seas Presidente. También imagino que Ari es consciente, de que un Presidente como tú, necesita a una chica como Jackie a su lado, para la campaña electoral de reelección de dentro de dos años. Después Jack, como ya no te van a poder elegir más veces, te dará igual y podréis mandaros, Jackie y tú, adonde os parezca. Si Ari deja de tontear con tu chica y se limita a concentrase en su negocio mientras tú seas Presidente, tú no estarás enfadado y no le tirarás por el suelo su carrito de fruta en el mercado. Así, cuando dejes la Casa Blanca, los tres seréis libres de hacer lo que os parezca. A ti Jack esto te vendrá bien puesto que, como Jackie habrá conseguido hacer realidad su ilusión de ir de compras todos los días con Ari, no tendrá inconveniente en negociar unas condiciones económicas razonables para vuestro divorcio. A Ari también le resultará estupendo, pues tendrá por fin a la chica que quería, bailando encima de la mesa de su barca, y tú Jack para cuando dejes de ser presidente, tendrás el futuro limpio y despejado para lo que te apetezca hacer. Además, con la debida discreción, Ari te podrá decir cuáles son los puestos más interesantes del mercado, por si quieres dedicarte a otra cosa. Y mientras tanto, ya que a ti se te ve bastante ocupado con otras cosas, apuesto a que Ari, en agradecimiento, no tendrá inconveniente en echarte una mano para desanimar en tu nombre y en el suyo propio, a los insectos que revoloteen alrededor del jardín de Jackie, a quien tendríais que considerar a partir de ahora, tierra de nadie hasta que sea el turno de Ari; y por supuesto, deberíais intentar que ella no se llegue a percatar de tal maniobra, pues si no, pierden todos. ¿Qué te parece Jack? ¿Qué te parece Ari? —terminó Allan un poco cansado.

 

— ¡Hecho!

— ¡Hecho! —escuchó el dinamitero en estéreo por cada uno de sus oídos. Onassis y Kennedy, dieron un respingo de alegría contenida en sus asientos, mientras cerraban al unísono, aquel trato a distancia tan imposible de rechazar, que les habían propuesto Allan. Ari se levantó entusiasmado a por otra botella de Metaxa y a decirle al capitán que en una hora zarparían de regreso al Mediterráneo y que preparasen una suite camarote para un invitado que se les iba a unir en el viaje de regreso. Por su parte Jack, se volvió emocionado hacia su impaciente mujer y le dijo con una sonrisa de oreja a oreja:

 

—Jackie cariño, estás perdonada —le dijo el marido infiel a la esposa infiel.

— ¿Quéee? Y ¿eso es todo? —First Lady relinchó aquella pregunta y salió disparada del cajón de la salida camino de alguna meta lejana, llevándose por delante al tipo uniformado que había traído la nota, antes de dar un soberbio portazo que debió de oírse en al ala oeste.

—Bueno, ya tenemos trato, pero queda el asunto de los rusos, Allan. —continuó el Presidente mucho más aliviado, tras hacer salir a su ayudante con una seña para que siguiera a su esposa hasta su lejana meta y le informara desde allí. Aliviado, pero también con una expresión grave por la importancia del otro conflicto sobre el que le pedía consejo a aquel extraño tipo que, en apenas veinte minutos, le había quitado de golpe el tremendo dolor de muelas que últimamente era Jackie para él y que de paso, le había encauzado su vida doméstica blanca, cómodamente hacia la reelección—. Tengo que tomar una decisión, sobre qué hacemos con el órdago que nos ha echado Jrushchov. Nos da la impresión a todos, que ese chapista va en serio, y que no se va a bajar del carro por nada del mundo. Él ha mandado hace pocos días, decenas de barcos mercantes hacia Cuba llenos de misiles nucleares en piezas, como si se tratase de lavadoras automáticas con las que hacer más llevadero el día a día de los camaradas cubanos; yo por mi parte, ordené hace tres días el bloqueo militar; él contestó ayer que eso para él era la guerra, y los generales me han obligado a declarar hoy, la alarma DEFCON 2 para que yo solo tenga que decir DEFCON 1, antes de apretar el botón rojo.

—Nada, eso nada, Jack. No te preocupes de nada, eso es mucho más sencillo que lo de Ari y tú. Lo de ese calvo bruto es un farol, hazme caso, le conozco bien. Tú sigue adelante, que el brutote se arruga, que te lo digo yo. Recuerdo una noche cenando en casa de Stalin, con Beria y un amigo mío, que estaba él. No habíamos hecho más que sentarnos, cuando Stalin le tuvo que echar de la mesa y mandarle a cenar con los camaradas del servicio, por pedorro y miedoso. Como no paraba de tirarse pedos, siempre tenía miedo de que Stalin le purgase. Con lo gordo y lo calvo que era, parecía que se iba a echar a llorar en cualquier momento. Es un pelota que se moría de miedo, cuando Stalin para reírse de él, le preguntaba durante la cena si había hecho algo ese día por lo que tuviera que purgarle. Olvídate, Jack y tira adelante, que ése se raja.

—Entonces, ¿invadimos? ¿mando la flota? —le preguntó Jack.

— ¡No, hombre! ¡Eso no, que es carísimo Jack! —se apresuró a corregirle Allan—. Me ha dicho Ari, lo que se ha gastado en gasolina, en venir desde su casa hasta aquí en esta barca, y no quiero ni pensar lo que tiene que ser mandar un montón de barcos a un mismo sitio a la vez. Tú le dejas que se acerque y no te mueves ni un metro, que vea que no te vas a mover. Y si se acerca, le enseñas los dientes, ya verás cómo se da media vuelta enseguida, diciendo que se tenía que ir, porque se había olvidado un puchero al fuego. En serio, no te preocupes. Vuelve y diles a todos que le vas a ensañar a Jrushchov lo que vale un peine, porque no hay que echarle más que un vistazo para saber que se le ha debido de olvidar.

—Gracias Allan, el mundo entero y yo, te estamos agradecidos. Hoy, desde donde quiera que estés, nos has salvado a los dos. Te estaré agradecido mientras viva. Una sola cosa más. Me gustaría que guardases el secreto de lo que hemos hablado hoy, y procures no ir por ahí contándoselo a la gente. Jackie es muy especial y si sabe que has propuesto tú este trato, que dejará a Onassis fuera de juego por una larga temporada, te busca y te amarga la vida. Supongo que se ha marchado pensando que gracias a ti, yo la he perdonado, así deja que te siga agradecida y olvida nuestra conversación. Gracias otra vez, Allan.

—Venga Jack, déjalo ya que yo lloro enseguida. Y cuenta con mi discreción. Voy a colgar porque Ari se va a arruinar con esta conferencia. Adiós Jack. ¡Ah, por cierto! Hazle llegar al calvo, por algún conducto de confianza, tu hermano o alguien así, el mensaje de que sabes que es un pedorro miedoso, al que Stalin mandaba siempre a cenar con los camaradas del servicio por la cantidad de pedos que se tiraba. Eso le ablandará, ya verás.

 

Ari, regresó con una botella en la mano a la mesa donde Allan, que acaba de colgar el teléfono, hojeaba unas revistas de papel cuché en las que aparecía esa yegua tan bonita y elegante.

 

—Allan, definitivamente te vienes conmigo. Me has salvado y quiero que te vengas —le decía Onassis entusiasmado, mientras abría la nueva botella.

—Imposible, de verdad. Te lo agradezco pero tengo que quedarme con Herbert y Amanda, que sé que me necesitan aún más que tú.

— ¿No hay manera, Allan? —insistió Ari.

—No, de verdad. Pero si algún día vuelves con Jackie, llámame y me la presentas. Me encantaría verla bailar con unas copitas extra y descalza, encima de una mesa, mientras se sube la falda. Es algo que por más que la mire uno en estas fotos de la prensa, no se lo llega a imaginar.

—Bueno, cuenta con ello, te aseguro que es la bomba. Como verás, también en eso te he hecho caso y me he decidido por la hermana mayor.

—Me alegro. Eso te hará mucho más rico —le vaticinó Allan. En aquella última predicción, fue en lo único que se equivocó aquel día Allan Karlsson. En todo lo demás acertó.

—Por cierto Allan que pasó con el otro asunto de Kennedy y los rusos. ¿Habrá por fin guerra? —preguntó Onassis sin disimulo. Saber aquello antes que nadie, le vendría estupendamente para sus negocios.

— ¡Qué va! Le he dicho a Jack lo que tiene que hacer y lo ha entendido a la primera. No habrá guerra. Por cierto Ari, recuerdos de Jackie —le respondió Allan y se despidió de su amigo Ari con el que había disfrutado mucho de las diez horas que había durado su amistad. Por el momento.

 

 

Efectivamente, por el bien de su imperio, que creció ostensiblemente durante los años siguientes, Onassis se retiró a un remoto plano de la vida de Jackie. Seguía de lejos su trayectoria, de la que estaba muy al tanto y se entretenía mucho en ir poniendo zancadillas, por decirlo así, a las personas que pasaban cerca de los carritos de frutas de los nuevos acompañantes de Jackie, haciéndoles caer fatalmente sobre ellos y organizando un estropicio en sus puestos del mercado del que los pretendientes no solían recuperarse, perdiendo al poco tiempo todo interés para Jackie.

 

Allan, regresó a la playa y no se movió de allí, hasta que en 1968 se mudó con Herbert y Amanda, recién nombrada embajadora, a la embajada de Indonesia, en París, donde tuvo ocasión nada más llegar, de conocer al colega número treinta y seis de Jack. Allí, se encontró nuevamente con Ari que, como había prometido, le presentó a Jackie a quien no hizo falta empujar, para que Allan viese cumplido su deseo de verla bailar por todo lo alto. Allan ayudó otra vez mucho a Ari con Jackie y, en agradecimiento, Onassis le hizo un regalo sorprendente, de un valor realmente incalculable pues de ver la luz, podría hacer cambiar la historia de la geometría y la filosofía. Ari, desde que por una casualidad, entró en posesión de aquel objeto, lo ocultó muy celosamente, consciente de la enorme importancia que tenía. Pero su agradecimiento hacia Allan era mayor, así que acabó regalándoselo.

 

El Presidente de los Estados Unidos de América, tras la sorprendente charla que acababa de mantener con un desconocido sueco a más de dieciséis mil kilómetros de distancia, regresó a la gran Cabinet Room del Ala Oeste, donde se encontraba esperándole el Comité Ejecutivo más importante en la historia de la humanidad, o eso le pareció distinguir a Jack, entre aquella densa nube de humo de tabaco.

 

El aspecto radiante y enérgico con el que entró en la sala, hizo pensar al general y a los halcones que le habían visto salir abatido y cabizbajo, que algo iba mal. Su hermano pensó por el contrario que Jack, o había hablado con el espíritu de Norma Jean o con un extraterrestre, pero le encantaba ver a su hermano así.

 

—Señores —dijo cuando todos se hubieron sentado y un silencio expectante y tenso, sobrevolaba la mesa rectangular de la tabla redonda—  vamos a enseñar a Nikita, cómo se juega al póker descubierto. Este juego lo inventamos nosotros, y nadie nos va a ganar ninguna partida jugando a él. No vamos a invadir Cuba —un murmullo de descontento salió de las sillas castrenses— porque vamos a hacer algo, mucho peor. Vamos a meter tanto miedo en la cabeza de nuestro enemigo, que sus efectos se prolongarán durante décadas, y dentro de treinta años habrá desaparecido la URSS y, en cuarenta, muy pocos se acordarán de lo que fue. Señores, a trabajar. De entrada, vamos a subir el pot de las apuestas de una manera espeluznante. General Taylor, llame al USS Mullinix de las fuerzas de bloqueo. Quiero hablar personalmente con el Contralmirante  Tyree para decirle lo que quiero que haga —cuando el rey Arturo tomaba la palabra, los caballeros de la tabla redonda y todo Camelot, se sentían a salvo bajo su mano fuerte y sabia a la vez. ¡Larga vida al rey Arturo! decían casi todos, no todos.

 

Un rumor generalizado de aprobaciones estalló en la sala. Hasta los halcones más sanguinarios de los que se sentaban en aquella mesa, tuvieron que reconocer que aquel joven, decía unas frases que sonaban estupendamente bien. Mientras cierta algarabía se adueñaba de la sala del gabinete, con conversaciones entusiasmadas que se cruzaban entre unos y otros, el Presidente se acercó al otro lado de la mesa donde estaba su hermano y en voz muy baja le susurró al oído que preparase una reunión secreta con el embajador Dobrynin, para hacerle llegar un mensaje personal y directo a Jrushchov, con el que se iba a cagar: ya le contaría más adelante cuando estuvieran solos. Era el 25 de octubre de 1.962. Siguiendo el consejo que había llegado desde Bali, Robert Kennedy y Dobrynin, mantuvieron una entrevista secreta en la embajada rusa, y tres días después, el veintiocho, la URSS anunció que comenzaba el inmediato desmantelamiento de las bases de misiles en Cuba.

 

Días más tarde, al leer aquello en las páginas de la prensa extranjera, tumbado en su hamaca de la playa, Allan pensó que Nikita haría bien en purgarse él mismo, a ver si de una vez conseguía que le desaparecieran esas flatulencias.

 

También Allan tenía motivos para estar contento de haber conocido a Ari. Cada mes, llegaba al puerto de Gilimanuk, en el norte de la isla, un barco de la compañía de Ari y descargaba un contenedor con cajas de Cáspita para Allan. El primer envío le llegó con un sobre lacrado para él, con su nombre escrito a mano. Se lo entregó el propio capitán del barco, con gesto atento. Allan lo abrió y leyó una nota manuscrita del propio Ari.” Amigo querido —le decía—, echo de menos tu conversación por las noches cuando me siento solo, a beber Cáspita. Espero verte dentro de poco. De Jackie no sé nada. Bueno, quiero decir que no me he puesto en contacto con ella, como os prometí, pero sé que está bien y que me espera aunque ella no lo sepa. Recibirás un envío igual cada mes, mientras vivas. Si no tienes bastante, se lo dices al capitán para que telegrafíe a las oficinas centrales y te enviamos el doble, todas las semanas. Hasta siempre amigo. Firmado: Aristóteles”. Allan, valoró aquel ofrecimiento tan generoso, pero al final despidió al capitán. No creía que fuera necesario, de momento.

— ¿Esos son los montones de cajas que hay en los pasillos de los sótanos del hotel? —le preguntó un ex comisario Aronsson que llevaba un par de horas sentado a su lado en el bar del hotel, vacío ya a esas horas, escuchando en un silencio creciente (si es que eso era posible), a aquel viejecito que hablaba con total naturalidad, de lo que podrían haber sido los días previos al juicio final. Era la única pregunta que había podido llegar a construir en su desbordada cabeza, en relación a todo lo que acababa de conocer. Aunque otra, de tipo más autobiográfico, le asaltaba una y otra vez, según Allan avanzaba en su relato: ¿qué había estado haciendo exactamente él mismo, en aquellos momentos de los que hablaba Allan, en los que no tendría más de diecisiete años, y desconocía que el mundo pudo desaparecer muy fácilmente de no ser en cierto modo, por la intervención de su amigo?

—Sí, son las botellas de Cáspita que me siguen mandando todavía. Ari el pobre, antes de morir, dejó dicho que me siguieran enviando las botellas dondequiera que me encontrase, lo cual fue un detalle que siempre le agradecí. Aunque lo cierto es que como recibía una cantidad grande de cajas, he tenido que ir dejando los excedentes en todos los sitios por lo que he ido viajando. En las embajadas de París y Moscú, agradecieron mucho el detalle de dejárselas a mi partida. En realidad no hubiese podido viajar con ellas pues ocupaban bastante, ya que solo conseguía acabar con medio contendedor de cada envío. Además, siempre me gusta irme de los sitios con poco o nada de equipaje, todo lo más, el cepillo de dientes. El único problema que tuve con aquellos envíos, lo provocó la quisquillosa enfermera Alice en la residencia de Malmköping. Al sexto mes de haber llegado a la residencia, había tres contenedores acumulados, lo cual produjo una situación un tanto particular en la residencia y hasta podría decirse que divertida, si no fuera porque me resultaba difícil, sortear su vigilancia para acceder a su contenido. Pero eso es una historia que pondré en su conocimiento en otro momento, ya que por ahora felizmente he conseguido dejar a la enfermera Alice, a una distancia suficiente de las cajas de Cáspita.

 

—Y ¿cuál fue aquel regalo tan especial que te hizo Onassis en agradecimiento de tus consejos? —preguntó de repente Aronsson, que se empezaba a recuperar del shock que le había producido soportar de golpe, el peso de una pequeña parte de la biografía de aquel viejito. Su instinto de policía, aunque se había visto seriamente afectado también, recordaba aquel hilo suelto y tiró de él.

— ¡Ah sí, el regalo de Ari! Algo realmente sorprendente —se asombró otra vez tantos años después Allan—. Esa era precisamente la historia que quería contarle desde hace unos días. Nadie lo creería, Aronsson, algo realmente endiablado, créame. Parecía cosa del mismísimo Stalin. Bueno no, porque él no había nacido aún, o eso me parece. Lo lamento, es que la memoria me falla de vez en cuando. Por eso, Aronsson, si a usted no le parece mal, me gustaría retirarme a descansar, pues me noto ya algo fatigado —se excusó Karlsson al que la última botella de Cáspita había dejado literalmente sentado.

—No por supuesto, vámonos —dijo el ex comisario resignadamente, sin saber cuánto se iba a arrepentir de haber dejado que Allan cortase el relato en ese punto—. Mañana si le parece me sigue contando ese asunto. La verdad es que me he quedado en ascuas.

—Le comprendo —respondió el viejito—. Imagino que a cualquiera que en este punto le interrumpieran el relato se sentiría igual, aunque no creo que eso pueda servirle de consuelo, ¿verdad? Mañana quizá, señor Aronsson, mañana.[/vc_toggle][vc_toggle title=”¿ARDE PARÍS?” open=”false”]A la mañana siguiente, una fresca mañana de sábado en septiembre, Aronsson buscó en vano a Karlsson por todo el hotel. Al parecer, había salido muy temprano con Allan Einstein hacia el puerto de Gilimanuk, en el norte, a recoger algo, así que tardarían lo suyo en regresar. A Aronsson, aún le duraba la turbación de espíritu de la noche anterior. Algo influía en eso, una espantosa jaqueca seguramente causada por el infortunado cambio del gin-tonic, a la bebida que tomaba Allan la noche anterior, cuando ya los camareros se habían retirado del bar. Prometía no volver a hacerlo, sentando las bases de una promesa incumplida más.

 

Anduvo toda la mañana dando vueltas por el hotel algo inquieto, sin saber bien lo que hacer. Pensó en llamar otra vez a Malm, pero inmediatamente lo descartó pues era sábado y además crearía un precedente o una costumbre, que podrían acabar resultándole incómodos. Bajó a los sótanos y comprobó que en toda la red de pasillos de los dos niveles subterráneos, apiladas desde el suelo hasta el techo y a todo lo largo de una de las paredes, había unas cajas de cartón. Abrió una y comprobó que, al menos una de las cosas que había contado Allan aquella noche era cierta. Al ver la botella, los pulsos dolorosos de la jaqueca se intensificaron notablemente. La volvió a meter en su sitio y pensó que no sería mala idea volver al bar, a empezar a cumplir la promesa que había hecho al levantarse de no desviarse de su línea predilecta de bebida. El gin-tonic pondría en su sitio sus neuronas de policía, que llevaban toda la noche y toda esa mañana entusiasmadas, metiéndole mano a las revelaciones que Allan había contado la noche anterior y sobre todo, al asunto de ese misterioso regalo capaz de remover los cimientos de no se acordaba qué.

 

A la hora de la comida, Allan aún no había aparecido, así que Aronsson decidió comer solo. Mientras despachaba un plato de tallarines Mie goreng, y una brocheta Satay, pensó que si todo aquello de la crisis de los misiles fuera demostrable, si fuese verdad lo que Allan le había estado contando, se trataría de la noticia más insólita en muchos años, una página oculta de la historia que debería ser conocida. Y si fuese mentira, indudablemente estaría ante un best-seller, aunque suponía que no habría editorial con tanta osadía como para apostar por una historia así. Acaso aquella historia debería complicarse todavía un poco más, para alcanzar ese punto.

 

Después de comer, cuando ya había conseguido quitarse de la cabeza la jaqueca y la inquietud por conocer la historia de Allan, recibió en su móvil una llamada inquietante. Era Malm, que le llamaba en sábado, por tanto fuera de su horario de trabajo. Aronsson le había dado a su ex ayudante su número de teléfono, en el transcurso de la conversación que habían mantenido el día anterior, en un momento de debilidad y nostalgia, por si surgía algún imprevisto y necesitaba localizarle imperiosamente. Estaba claro que debía deshacerse de aquel número de teléfono y contratar uno nuevo de inmediato. Pensó en hacerlo cuando llegaron a Bali desde Suecia dos años atrás, para que ningún estúpido funcionario, ni ningún entrometido periodista pudiesen localizarle, pues quería empezar una nueva vida con sus nuevos amigos, en realidad, casi los únicos que había tenido en su vida. Quizá por eso mismo, pensó que nadie le echaría de menos y por tanto podría conservar el número como recuerdo, por si alguien como su amigo Markus Magnusson, se acordaba en un fugaz momento de él, y le llamaba.

 

Al facilitar su número de teléfono a Malm para un caso de emergencia, el ex comisario estaba pensado en una circunstancia como el asesinato colegiado de todos los miembros del gobierno o en la declaración unilateral de la república por parte del Rey Carlos XVI Gustavo, con efectos retroactivos desde principios de siglo, en fin, algo endiabladamente imprevisible. Por eso, al reconocer en la pantalla el mismo número del día anterior, Aronsson se inquietó. Por fin se decidió a aceptar la llamada de Malm. Éste le dijo que, aunque era sábado, había acudido al trabajo, pues el arreglo del calefactor se le estaba complicando en exceso, y no quería que el tiempo, atmosférico, se le echase encima. ¿Se había dado cuenta el señor comisario, de la causalidad tan afortunada de que, ahora que se acercaba el invierno, estaba a punto de terminar la reparación del calefactor? Sorprendente ¿a que sí? Malm informó al ex comisario que hacía un rato, nada más terminar de preparar el café de la mañana sin derramar una gota, recibió la llamada de la señora Anitta Bengtsson, la nueva fiscal de Jämtland desde aquella misma mañana. La nueva fiscal le había dicho que había llamado a la casa de Malm y su mamá, qué amable su mamá por cierto le dijo la fiscal, le había informado que aquella mañana Malm se había ido temprano al trabajo. Por eso sabía ella que le encontraría en la oficina. Como la nueva fiscal de Jämtland que era, tenía que felicitarle por su dedicación. Personas como él, eran necesarias en el cuerpo de policía. ¿Qué al señor comisario le parecía que, con aquella aguda visión, la nueva fiscal cosecharía sin duda grandes éxitos? A Malm también desde luego, y además, pensaba que había empezado con buen pie con la nueva fiscal, ¿no pensaba igual el señor comisario? De acuerdo señor comisario, en adelante le llamaría simplemente Göran. El caso era que la fiscal le preguntó a continuación, si Malm sabía cómo localizar al ex comisario. Él, por discreción, pues no sabía si el señor comisario Göran querría ser localizado, sin decirle nada a la nueva fiscal, pensó que sería mejor no decirle a la nueva señora fiscal que precisamente había hablado en el señor comisario el día anterior y decidió que en cuanto terminase su conversación con ella, llamaría al comisario Göran al teléfono que había tenido la amabilidad de facilitarle el día anterior, y le consultaría si quería ser localizado, cosa que hacía en esos momentos; así que le respondió a la nueva fiscal, que no, que no sabía cómo localizar al señor Aronsson, pero que le llamaría para decirle que la señora fiscal le había llamado, cosa que también hacía en esos momentos. La señora fiscal, guardó unos instantes de silencio, igual que el señor comisario Göran hacía ahora, dijo adiós y colgó. Igual que el señor comisario hacía ahora, terminó Malm de decirle al auricular, que desde hacía unos segundos, emitía un pitido intermitente.

 

Tras colgar precipitadamente, Aronsson pensó que no había de qué preocuparse, pues seguro que la nueva fiscal, al ser nueva, ella, y fiscal, y tener esa aguda visión que parecía tener para con las personas, quizá no habría reparado en el fino matiz final de la intervención de Malm. ¿O sí? Bueno en cualquier caso, una fiscalía no pincharía, bajo ningún concepto, un teléfono de la policía provincial, el teléfono de Malm, perteneciente además a otra fiscalía. ¿O sí? Bueno en todo caso, no les habría dado tiempo a localizar el número al que Malm había llamado, el de su propio móvil, después de hablar con la fiscal, puesto que según le acababa de decir Malm, le había llamado a él, nada más terminar de hablar con la fiscal. ¿O no? ¿Debería llamar a Malm desde un teléfono público, para confirmar esto? No, mucho peor, podrían determinar la localidad desde la que se había hecho la llamada, y empezar a tirar del hilo. Además ¡qué rábanos!, él no tenía nada que ocultar. Era un comisario de la policía provincial, adscrito a la fiscalía, que estaba felizmente retirado. Sin embargo, la manera tan chapucera con la que aquel maldito Ranelid, había cerrado el caso de Allan y los chicos, cualquier día acabaría descosiéndose por algún lado. Estaba disfrutando de sus ahorros y de los de los amigos, eso era todo. En el peor de los casos, lo único que habían hecho aquellos dos ancianos, dos años atrás cuando él estaba a cargo de la investigación del caso, había sido olvidarse de apagar la nevera, al terminar una noche de juerga, antes irse a acostar, extremo absolutamente imposible de ser demostrado, y que les pudiese poner en relación con la muerte accidental de nadie.

 

Sin embargo, no quería que le estuvieran molestando. La única vía para localizarle, era que pidiesen a la compañía operadora, los datos de las llamadas efectuadas desde el despacho de Malm, aquella mañana; pero eso, él lo sabía bien, llevaba meses. Había que empezar rellenando en el ordenador un formulario para solicitar del juzgado una orden, y eso tomaba su tiempo, etc. Y ¿qué querría esa fiscal de Jämtland? Su instinto de antiguo policía, con incapacidad mental para internet, le llevó acto seguido al kiosco de prensa del hotel. Buscó la prensa sueca y compró el ejemplar más reciente que encontró. Era el del pasado domingo y hoy era sábado, habían pasado seis días así que no eran noticias frescas precisamente. Cogió aquel ejemplar del Expressen, y se fue al bar del hotel a leerlo y a continuar con la promesa de no tomar nunca más Cáspita, guardando la fidelidad debida al gin-tonic. Al primer sorbo, notó ese sabor tan placentero. Sabía a…, pensó la palabra adecuada durante varios segundos, ¡fidelidad! Le encantaba el sabor de la fidelidad por las mañanas. El caso era que era por la tarde. No sabía por qué le había salido aquella frase, pero le sonó bien. Leyó, ensimismado las primeras páginas del Expressen del domingo anterior con interés creciente.

 

Cuando terminó, se encontraba en un estado algo confuso. Pidió otro gin-tonic, y reflexionó para poner orden en sus ideas. La primera impresión era extrañamente familiar, pero no era capaz de concretar por qué. Aquel asunto no olía como los gin-tonic, más bien al contrario: a Aronsson aquella larguísima crónica que había leído le olía a infidelidad, intensamente, no sabía por qué. Aronsson, seguía siendo lento pero seguro y pensó: desde que había sido escrita aquella crónica el sábado anterior, el fiscal de Jämtland había saltado por los aires, no le constaba por qué, pero esta mañana una nueva fiscal, recién nombrada según Malm, estaba tratando de localizarle a él. Por cierto, ¿para qué?, se preguntó de nuevo. Por otro lado, de nuevo el fiscal Conny Ranelid, salía a la palestra y esta vez, le habían metido en la máquina de centrifugado de mierda. Un nuevo caso de asesinatos en serie, bueno un caso de asesinatos en serie a secas, destapado por la misma perrita que detectó erróneamente, según la versión del fiscal, un cadáver en Akers Styckebruk, hacía dos años. Desde luego, podía decirse que en esos dos años, la perrita había mejorado notablemente su olfato. El fiscal Ranelid acabaría saltando por los aires también, si es que no lo había hecho ya, vaticinó el ex comisario. Por otro lado, en la misma noticia del Expressen, venía enredada otra, con un significado especialmente amable para él: la casualidad y probablemente la escasa población y relevancia de aquel pueblecito donde habían tenido lugar los hechos, había llevado a Tyra, la hija de su gran amigo Markus Magnusson, a sacar la plaza de jefa de policía de un sitio llamado Idre. Él conocía a Tyra desde que nació y recordaba que la última vez que la había visto, había sido en la fiesta de jubilación de Markus, tres años atrás, cuando todavía vivía en Suecia.

 

Hasta su llegada a Bali, él había asistido a varias fiestas en su vida, no muchas era verdad. Aquella en concreto le gustó especialmente, pues era en honor de su gran amigo de promoción, y además era la segunda vez que iba a una fiesta. Y se lo pasó realmente bien. Markus Magnusson, como su propio nombre parecía señalar, sabía de fiestas y las organizaba divinamente, a lo grande. Su mujer, Britta era un encanto bebiendo, y una mujer muy bella. Tyra había heredado la fina belleza su madre. Tenía un rostro de querubín y su figura era menuda y delicada. Había sido un regalo tardío para Markus y Britta, que la habían concebido siendo ya mayores. En la fiesta de jubilación de su amigo, Aronsson había cogido a la niña, que no parecía tener más de diez años y, con la animación de la fiesta, la había sentado en sus piernas para hacerla reír, haciéndole el caballito trotón. La niña brincaba divertida en su regazo, arriba y abajo, hasta que Britta con delicadeza, se la quitó de encima a Aronsson. Markus que había visto la escena, muerto de la risa por la cara que se le había quedado a su amigo Göran, se acercó con otra jarra de cerveza para él, diciéndole que no se preocupara, que aunque acababa de cumplir dieciocho años, Tyra seguía siendo una cría para Britta.

 

Se sentía en deuda con aquella cría que, al día siguiente de tomar posesión de su primer destino, le había caído ese muerto encima. Bueno, algunos muertos más debería decirse, pensó sonriendo, sorprendido de que a él se le hubiese ocurrido algo parecido a un chiste. Tenía que pensar alguna manera de ayudarle, pero le faltaba información, tenía que conseguir diarios más recientes. Alzó la vista del periódico y vio a Allan, seguido de Allan, que entraban al bar. Les hizo una seña y acudieron a su mesa.

 

— ¿Dónde demonios os habéis metido? Os llevo buscando todo el día —preguntó Aronsson, completamente restablecido a esas horas y dispuesto para una nueva dosis de fidelidad.

—Es que anoche, al llegar a la habitación, recordé que había recibido una notificación del puerto de Gilimanuk, en la que avisaban que habían recibido mi envío de Cáspita, y le pedí a Allan que me organizase el transporte hasta aquí. Acabamos de descargarlo todo. Un buen chico, Allan —Allan se tuvo que aupar para revolverle cariñosamente el pelo a Allan Einstein, su ahijado.

— ¿Queréis que os pida algo? —les preguntó Aronsson.

—No, gracias. Todavía debo ir a Denpasar, pues tengo aún cosas que hacer —respondió Allan el joven.

— Ah! Pues entonces Allan, si vas a la ciudad, ¿te importa llamarme si consigues prensa sueca de los últimos días?—pidió Göran—. Necesito que me adelantes los titulares por teléfono, y esta noche me traes los diarios, para poder leerlos con detenimiento.

Ok, no problem, te llamaré y cuando vuelva, te dejo los periódicos en recepción —le dijo Allan y se largó. Era un joven, jovencísimo y muy atento, se dio cuenta Göran.

—Bueno, Allan. Me has tenido en ascuas todo el día. ¿Qué pasó en París, con aquel inquietante regalo de Onassis? —Aronsson, como hacía en los interrogatorios que había llevado a cabo con tanto éxito cuando estaba en activo, formuló la pregunta que había escogido concienzudamente durante tantas horas de aquel día.

— ¿Eeeh? —fue la respuesta de un Allan, realmente sorprendido.

— ¡Ah perdona! Ahora vuelvo —contestó Aronsson marchándose apresuradamente.

 

Se fue al sótano y volvió al cabo de cinco minutos. Cuando regresó con una botella de Cáspita en cada mano, a Allan se le iluminó la cara. Mientras Aronsson había ido a por esa especie de pentotal embotellado como él lo llamaba, Allan había visto en la portada del Expressen que había encima de la mesa, la foto de la perrita Kicki y el pie de foto que la situaba viva en Idre. Así que le dijo al ex comisario:

 

— ¿Te puedes creer Göran, que Kicki está viva y en plena forma? Tengo que ir corriendo a hablar con Gunilla sobre el futuro de Buster, su pastor alemán. Hasta ahora, he fracasado con las parejas que le he buscado a Sonja. Nunca parecen de su agrado. Estoy pensando que es la típica elefanta, a quien le gusta más la manera de ser de otras elefantas. Pero me da la impresión que con Buster y Kicki, va a ser distinto. Creo que este va a ser el principio de una gran amistad, o quién sabe de qué —sonrió picaronamente Allan, si es que aquello fuese posible en un anciano de ciento dos años.

— ¡Espera, espera! Allan! Antes deberíamos hablar. Tienes que contarme lo que pasó en París. Me lo prometiste anoche. — Aronsson, abrió la botella y le sirvió un vaso a Karlsson.

— ¿En París? —Allan rebuscaba en la memoria de la noche anterior, los recuerdos de los que le hablaba su amigo Göran, mientras se ayudaba con un chupito de Cáspita.

—Sí, recuerda. Me hablaste de la embajada en París, de Amanda y Jackie, de Herbert y Ari, y de que los cinco os corríais unas buenas juergas. ¿No lo recuerdas, Allan? —Göran, trataba desesperadamente de refrescarle los recuerdos—. Al final me contaste que Onassis, te había hecho un regalo muy especial.

—Es que eso fue hace más de medio siglo, y no siempre me acuerdo de todo —se disculpaba Allan—. ¿A ti, te parece muy descabellado lo de Kicki y Buster?

Mientras hablaban, el grupo andino había ido tomando posiciones en el escenario, sacando los instrumentos cuidadosamente de sus fundas, mientras miraban con recelo hacia la mesa donde estaban Aronsson y Allan. Eran las cinco de la tarde, hora en la que debían comenzar su actuación. No obstante, el viejito de la mesa del fondo, les infundía cierto temor. La noche anterior habían acabado reventados y hoy, que habrían de repetir la “MÁGICA NOCHE EN PSIRI”, con un recorrido musical por las animadas calles de ese popular barrio de Atenas, la presencia del anciano aquél, les inspiraba cansancio por adelantado. Pero la profesionalidad mandaba así que al poco, se atrevieron con los primeros compases de un sirtaki bastante calmado.

 

—Ah, ¡qué de recuerdos me traen estas melodías helénicas! —repitió el viejito algo ausente y con añoranza, a Aronsson—. Me recuerdan a las fiestas en la embajada en París con Jackie. ¡Cómo se lo pasaba! Aquella mujer era una yegua de raza, con ganas de desbocarse. ¿No se lo he contado, Aronsson?—Ahora la añoranza había abierto paso ya, a una nostalgia bobalicona en su sonrisa.

 

Aronsson pensó, que todo volvía a funcionar. Poco a poco, iba aprendiendo a tratar a aquella mente prodigiosa. Rellenó la copa de Allan y se arrellanó en la silla, con una sensación intensa de anhelo y fascinación anticipados, por el espectáculo al que iba a asistir. Se acordó de repente de cuando siendo pequeño, su madre le llevaba a ver una de aquellas maravillosas películas americanas en color, en las que no dejaban de pasar cosas increíbles para su mente infantil y que, envueltas en su misterio, comenzaban después de que las luces de la sala en un momento determinado, súbitamente se apagaran inaugurando una oscuridad nerviosa y excitante.

—Ari supo que yo estaba en París —comenzó a relatar Allan—, porque el envío de Cáspita a primeros de ese mes de mayo de 1.968, no se pudo entregar en Bali, ya que yo me había ido, junto con Amanda y Herbert, a vivir a la embajada de Indonesia en París. Por un cable que le envió el capitán del barco, enseguida supo dónde estábamos, y un tarde se presentó en la embajada, ¡con Jackie, nada menos! Yo me había levantado tarde, porque la noche anterior había estado cenando con Lyndon en su embajada y había tomado demasiada cerveza.

— ¿Lyndon? —le preguntó Aronsson.

—Sí, el Presidente —continuó Allan, mirando un poco detenidamente al ex comisario—. Me había invitado a cenar en su embajada, porque durante la comida de ese mismo día, Charles —aquí Allan volvió a dirigir una mirada rápida a Aronsson—, nos había presentado y al parecer yo le había caído muy bien, al descubrir al topo que los rusos tenían en el Elíseo, en las mismísimas narices de Charles, que no eran precisamente pequeñas.

— ¿Charles? —preguntó Aronsson sin poder controlarse ya.

—Sí, Göran, el otro Presidente. Quizá sería buena idea que esperases a repetir los nombres que voy diciendo al final. Así yo iría más rápido y tú lo entenderías mejor.

—De acuerdo, trataré de recordarlo.

 

— El caso es que, como te decía, al día siguiente de la cena en la embajada de Lyndon, me había levantado tarde. Un asistente entró en mi habitación después de la hora de la comida, para decirme que tenía una visita. Yo inmediatamente pensé que sería Claude Pennant, el intérprete que conocí en la cena con Stalin y que había reconocido como consejero del ministro del Interior francés, estropeándole su espionaje. Quizá venía a disculparse por no haberme reconocido en la cena del día anterior, antes de ingresar en prisión acusado de alta traición. Pero ¡qué va, nada de eso! Cuando bajé al salón de recepciones, les vi sentados a los dos en uno de los enormes sofás: eran Aristóteles Onassis y la propia Jackie en persona. Ari, se abalanzó sobre mí y me dio un largo abrazo, estrujándome sin piedad, en el transcurso del cual pude comprobar que, probablemente, aquella mañana se había estampado tres botes de brillantina en la cabeza. Por encima de su hombro, podía ver a la delicada Jackie sentada aun, con las piernas enfundadas en unas medias de cristal blanco, femeninamente recogidas en forma de tijera abierta y un pequeño bolso descansando sobre su regazo. Descolgándose por la cristalera del patio que se encontraba a su espalda, un rayo violento de luz del sol perfilaba un sombrerito diminuto que remataba su tocado. Era como estar mirando la portada de la revista ¡HOLA!

 

En realidad, ella y yo apenas habíamos intercambiado un par de frases por teléfono años atrás, pero su Jack y su Ari, debían haberle hablado bien de mí, y por eso Jackie parecía estar teniendo dificultades en casar la idea que se habría hecho de mí, con aquel  barbudo de melenas que su novio trataba de asfixiar en esos momentos. Cuando Ari, me soltó, continuó dándome fuertes palmetazos en la espalda durante un buen rato, así que yo me acerqué a trompicones a aquella magnífica yegua y le di el pésame, por aquel espantoso suceso de cuatro años atrás. Ella bajó la mirada unos instantes hacia las alfombras persas, y en seguida la levantó con su energía recuperada. Al verla con Ari, recordé lo que había dicho Charles de ella durante la comida de la tarde anterior. Fue después de que Charles le comentara a Lyndon, con una risita muy delgadita que él sabía hacer (de hecho era la única que le salía), lo afortunado que había sido Johnson, de que se cargaran a su antecesor, pues las apuestas sobre que alguna vez llegase a presidente, cuando Kennedy terminase segundo mandato, incluso que repitiera de vicepresidente en la segunda presidencia, con los procedimientos judiciales por corrupción que había en marcha contra él, estaban algo desproporcionadas en su contra. Lyndon, carraspeó azorado, llevándose la servilleta a la boca y diciendo que desde luego él, no había tenido nada que ver en aquello. El informe Warren lo había dejado bien claro. Charles, se rió aún más y Lyndon optó por cambiar del tema, alabando la entereza de Jacqueline Kennedy, durante y después de aquellos imprevistos sucesos. De Gaulle coincidió y dijo que para él, Jackie era una valerosa mujer, muy bien educada y que, en cuanto a su destino, terminaría en el yate de un petrolero. Entonces fue a mí, a quien se le escapó aquella risita de comadreja.

 

No sé cómo, pero al parecer, Ari ya se había enterado de que el día anterior había estado comiendo con dos presidentes. Se preguntaba, qué asunto les habría yo arreglado. Le respondí que nada, que solo había destapado a un espía de primer nivel, que tenía De Gaulle en las narices y que por la noche, cenando con Johnson aunque parecía un poco fastidiado porque quería que yo no bebiese tanto como él, para que no revelase secretos, a mí me había dado la impresión de que no tardaría en llamarme para pedirme que fuese su espía en Moscú, en asuntos nucleares. Como estaba muy susceptible con lo de los secretos, pensé que seguro que me pediría que no se lo dijera a nadie, pero como aún no me había pedido nada, pude contárselo a mis amigos al día siguiente. Así que Jackie, Ari y yo, pasamos a una salita más cómoda al lado del salón de recepciones. Yo pedí enseguida seis daiquiris para Jackie, para ver si se ponía a bailar, y ordené que llamaran a Amanda y a Herbert para presentarles a Ari y a Jackie. Mientras tanto, Ari ya había dejado de darme palmetazos en la espalda y envió recado a su chofer para que fuese a recoger a su peluquero y lo trajese enseguida a la embajada, sin olvidar los botes de brillantina, pues yo aún no había tenido tiempo para cortarme el pelo y la barba que había traído de Bali. Me decía que quería verme con otro aspecto y Jackie dijo que aquella era una idea tremendamente acertada.

 

Amanda y Jackie, congeniaron a la primera. Nada más mirarse a los ojos, supieron esa tarde que serían amigas para toda la vida. A ambas les parecía que habían tardado demasiado tiempo en encontrarse. Amanda sacaba ocho años a Jackie, pero las dos eran dos mujeres realmente espectaculares, en una edad espectacular y a las que les encantaba dar el espectáculo. Después de unos cuantos daiquiris, empezaron a sacar fotos de sus hijos. Los de Amanda, Allan y Mao, tenían catorce y trece años respectivamente, y los de Jackie, once y ocho, Carolina y John John. Con el daiquiri número seis, las nupcias entre Allan y Carolina, estaban ya cerradas. Más difícil iba a ser el matrimonio entre Mao y John, pues no estaban seguras de que alguno de los dos fuese a desarrollar gustos femeninos. Pero en todo caso, podrían ser solo amigos, unos buenos amigos nada menos.

 

Mientras me cortaban el pelo y las uñas, Ari, Herbert y yo nos ocupamos en organizar la cena de esa noche. Yo propuse que fuésemos a cenar al Palacio del Elíseo o a la embajada de los Estados Unidos puesto que ya nos conocían y les extrañaría menos que apareciésemos de repente. A Herbert no le pareció mal, pero prefería que parásemos por el camino a comprar unos bocadillos de andouille porque en las embajadas en Francia, por lo que él sabía, cocinaban fatal y en el Elíseo, por la cara que tenía el presidente, debía ser aún peor. Ari decidió que no teníamos ni idea y que parecíamos unos recién llegados, lo cual que las dos cosas eran completamente ciertas, así que ordenó a su chofer que se acercase a Chez Maxim’s, y se trajese todo lo que encontrara por allí, de comer y de beber. Ari, sabía organizar fiestas.

 

Aquella fue la primera, de una larga temporada de fiestas entre los cinco. Formábamos una pandilla muy divertida y muy unida. Jamás nos aburríamos. Las chicas eran imparables y Ari disponía de una imaginación desbordante que a mí me resultaba muy familiar. En realidad. Ari era el único que durante el día, podía decirse que dedicaba su tiempo a algo productivo, si se exceptuaba a las chicas que, todas las tardes y hasta la hora de la cena, salían a incrementar con dedicación y esmero la producción de las tiendas de alta costura y joyerías de París. Herbert y yo, sin embargo no hacíamos nada productivo ya que él dormía durante todo el día y yo, que siempre he pensado que un hombre nunca debe hacer cosas productivas pues los problemas acuden como moscas sobre los que hacen cosas de provecho, aunque ya era espía de los Estados Unidos, aún estaba de aprendiz y solo tenía que ir por las mañanas un rato a la embajada, para aprender cosas de espías. Así que casi todos los días lograba no hacer nada productivo.

 

Al quedarse viuda Jackie, Ari había quedado libre de su compromiso secreto con el hombre más poderoso del mundo, que desgraciadamente había dejado de serlo, debido a que algunos graciosos se habían dado cuenta, de que estaba camino de convertirse en el hombre más poderoso del mundo de verdad, con lo cual ellos, que no eran muchos pero eran transparentes, estaban empezando a dejar de serlo. En dos años más, desde aquella noche en que tuve la oportunidad de hablar con él y echarle una manita desde el barco de Ari, ese joven sería reelegido por aclamación para un segundo mandato, y en los cuatro años siguientes, lograría poner de acuerdo a todo el mundo, es decir a todo el mundo, para ponerse a arreglar entre todos, los patios de todas las casas y de paso, todo el planeta azul. Después su hermano que no era tan inteligente pero que era mucho más listo que él, se presentaría a la presidencia de los
Estados Unidos él también, arrasaría y tendría otros ocho años más para terminar el trabajo, con lo cual después de dieciséis años en esa línea, aquellos tipos extraños y oscuros dejarían por completo de ser transparentes, y no les quedaría más remedio que ser educados y respetuosos con el mundo. Y eso sí que no.

 

De modo que decidieron gastarle una broma muy pesada, y poner en su puesto de presidente a su chico de los recados. Todo esto me lo contó Ari, que lo sabía de buena tinta, porque se lo había oído cuchichear en voz baja, a los del puesto de frutas de al lado, que aunque nunca se les podía ver porque eran transparentes, él les conocía bien y les oyó hablar de esas cosas, después de que todo hubo pasado.

 

Así que Ari, tras la faena que le gastaron esos tipos a Jack, dejó pasar respetuosamente un par de años, y se presentó con su barca en el puerto de mar donde vivía Jackie: Nueva York. Ella estaba saliendo con un diplomático inglés, muy listo y educado, amigo íntimo de los Kennedy, que de siempre les había conseguido los puros habanos a Jack y a Ari. Éste la invitó a cenar en su barca, y después de regalarla un mariposa de platino, cuyas alas estaban incrustadas de diamantes y zafiros, comenzó a cortejarla, no sin grandes dificultades y contratiempos. Ari tuvo que cambiar de proveedor de puros, pero consiguió conquistar a su chica. La única que le comprendía era su mujer, a quien Jackie le parecía una chica excelente, sobre todo porque no se llamaba María, así que le animaba a continuar con ella. Pero para el resto era algo raro y poco artúrico, por decirlo así. Lady Ginebra, viuda de Arturo, debía de caer en los brazos de Lancelot du Lac, hermano del Rey Arturo y en los de nadie más. Por eso, en lugar de quedarse en la casa que Ari tenía en París, en la Avenida Foch, donde su familia y la prensa les agobiarían, les propuse esa misma noche, recién pelado, que se viniesen a vivir los dos a la embajada, pues a Amanda que era la embajadora, seguro que no le importaría. Ari y Jackie se miraron un segundo a los ojos y dijeron que para ellos sería un honor y un paraíso, poder estar allí. Aquello fue la repanocha: Amanda se puso a gritar de alegría, se abrazó a ellos dos y Jackie se descalzó y se subió a una mesa con una copa en la mano. Eso había que celebrarlo. Por fin Allan iba a ver el espectáculo, con el que llevaba soñando los últimos seis años.

 

¡Qué diferente era por las noches de cuando la veíamos aparecer en la televisión, tan desganada y aburrida con aquella sonrisa de conveniencia, que con tanta gracia imitaba Amanda, haciendo que todos, sobre todo Jackie, nos tronchásemos de risa! Se convertía en una fuerza de la naturaleza. A esas horas de la noche, viéndola bailar sin derramar una gota de la copa que sostenía con la mano, a Ari siempre se le soltaba la dentadura superior. Herbert, Ari y yo, cuando ya no podíamos mantenernos de pie, nos sentábamos como podíamos, en el sofá del salón de recepciones, y nos matábamos de la risa, viendo bailar a Amanda y a Jackie. Ari, siempre tan animado en las juergas, nos hacía seguirle y acabábamos todos jaleándolas con palmas, hasta que caían exhaustas y muertas de la risa, una encima de la otra, dando vueltas tumbadas por las alfombras persas. Amanda era mayor que Jackie pero, ¡diablos, cómo se notaba que llevaba la danza balinesa incrustada en la piel! Y Jackie, parecía un volcán en erupción, amenazando con cubrir a Ari con su incandescencia.

 

Esa fue la primera vez en su vida en la que Allan pensó, que el profesor Bernhard Lundborg, de Uppsala, no era tan bueno como aparentaba ser con su famoso bisturí, a juzgar por la humedad que Allan podía notarse, tras las actuaciones desenfadadas de Jackie y Amanda.

 

— ¿El profesor Bernhard Lundborg, de Uppsala? —empezó a preguntar otra vez el ex comisario. De inmediato, Allan le miró a los ojos. ¿Iría el señor Aronsson a comenzar otra vez con aquello? En fin, pensó, continuaría, al fin y al cabo estaba bastante acostumbrado.

 

Fueron unas semanas mágicas en las que estuvo a punto de arder París. Después, yo me tuve que ir a vivir a otra embajada, la de Moscú, que era mucho menos divertida, vaya mucho menos embajada.

2

[/sws_toggle2][sws_toggle2 title=”ARISTÓTELES HABLA SIN TAPUJOS DE PITÁGORAS.”]

 

La noche antes de mi partida hacia Moscú para espiar los asuntos nucleares de los rusos, Ari organizó una fiesta de despedida realmente especial, aunque no recuerdo casi nada de lo que pasó. Al empezar la cena, Ari y Jackie nos dijeron que habían decidido casarse el veinte de octubre de ese mismo año, en una isla de Ari, y a continuación, propuso que cada uno dijésemos lo que esperábamos de la vida. Todos dijeron lo suyo, y cuando llegó mi turno, yo guardé silencio por respeto y también, en cierto modo, porque estaba bastante despistado en ese momento.

 

También recuerdo que al final de la cena, Ari me dijo con cierta reserva que le siguiera al dormitorio de invitados, donde ellos estaban alojados. Yo, por si no tenía ninguna en su dormitorio, cogí una botella de Cáspita del salón para el caso de que tuviésemos que brindar por algo. Cuando salíamos, Jackie iba a empezar su baile del daiquiri, así que le propuse a Ari, que esperásemos a que terminara, pero él prefirió que fuésemos a sus aposentos, pues tenía que entregarme una cosa muy importante. Y ya lo creo que era importante. Ari sacó de un mueble aparador que había abierto con una llave que colgaba de su cuello, un paquete del tamaño de una carpeta grande, envuelto en un trapo que parecía antiguo, junto con un portafolio mugriento y me los entregó.

 

—Allan, sabes que te aprecio y que te estoy agradecido por todas las cosas que has hecho por mí —empezó a decir con mucha solemnidad, o al menos eso me parece recordar, mientras yo trataba de soltar el nudo de la cuerdecita que cerraba el envoltorio. Aunque no estoy muy seguro, creo que lo abrí y me quedé un poco desconcertado. Era una especie de librillo formado por una cantidad considerable de hojas apergaminadas y una abultada carpeta, según creo. En cuanto al portafolio roñoso, no sé si en realidad existía, o me lo había inventado yo. Él no era de los que iba por ahí con portafolios viejos. Ari continuó:

 

—Esto es para ti, en prueba de mi agradecimiento. Me ayudaste mucho hace unos años y también lo has hecho ahora. Creo que sin ti, Jackie y yo, no habríamos seguido adelante, por eso quiero que tengas este códice. Es un manuscrito, que llegó a mí por verdadera casualidad, cuando me hice con la isla de Skorpios. En mi primera visita de inspección a mi nueva propiedad, vi unas pequeñas edificaciones en el interior, que se encontraban completamente destruidas. Según pudo averiguar el equipo de arqueología que contraté para revisar todo lo que había en la isla, se trataba de un antiquísimo asentamiento nativo. Dentro de un ánfora sellada que apareció en el sótano de una pequeña construcción semiderruida, encontraron este librillo. Supuse que aquello no tenía mayor importancia, porque además de resultar ininteligible y despedir un olor insoportable, estaba en un estado lamentable de conservación, por lo que se envió a una cámara acorazada de una de mis fundaciones, donde guardamos cosas de lo más variadas y de difícil catalogación relacionadas con el arte.

 

En realidad no sé si fue esto lo que me dijo Ari, aquella noche, pero si me pisasen un dedo de la mano con intención de sacarme la verdad, acabaría confesando algo parecido. El caso era que pocos años después, ese códice cayó en las manos de una filóloga monísima, una compatriota sueca, que trabajaba de becaria en una de las fundaciones de Ari. Aquellos caracteres le resultaban familiares a la sueca y preguntó por los antecedentes de aquel objeto, obteniendo permiso para estudiarlo. Cuatro meses después, Ari recibió a la becaria en su despacho.

La filóloga era perseverante pues llevaba la mitad de ese tiempo, tratando de conseguir una entrevista privada y personal con Ari con la intención de mostrarle el sorprendente hallazgo que creía haber hecho. Como quisiera que en todas las solicitudes anteriores que había cursado, pidiendo la entrevista personal, en el apartado de “asunto a tratar”, ponía siempre “reservado”, nadie daba curso a las mismas. Harta ya de recibir tantas largas a su pretensión, en la última puso “asunto a tratar: ¡Reservado, cáspita!”. La solicitud al igual que las precedentes, hubiese dormido en la papelera aquella noche, si Ari de casualidad, no hubiese pasado cerca de la mesa de su secretaria jefe, y de pasada hubiese leído aquella expresión. Hacía tiempo, dos años y medio, desde que nos despidiéramos en la cubierta de su barca, y desde entonces no había escuchado a nadie decir aquello. Se metió en su despacho, pensando en mí con nostalgia (Ari era un pedazo de pan), y cuando su secretaria entró para la firma, le preguntó si había noticias mías. Ella le dijo que regularmente, recogía en Bali los envíos de Metaxa que Ari había ordenado (Ari era un gran pedazo de pan) pero que no tenían más noticias. Entonces, le preguntó a la secretaria jefe, qué era aquel escrito que tenía encima de la mesa, que ponía cáspita, en el tema del asunto a tratar. La secretaria jefe, le dijo que se trataba de una estudiante sueca, que era muy insistente en su petición de una entrevista privada con él, pero que cómo no especificaba nada del asunto que quería tratar, lo dejaban pasar.

 

Dos días después, (o ¿eran tres días, lo que me dijo Ari en su dormitorio?, no sé, no lo recuerdo bien), entró por la puerta del despacho de Ari, una chica rubia de físico muy agraciado, que le entregó una carpeta con un informe redactado por ella, sobre los pergaminos encontrados en Skorpios que, durante dos meses, había estado estudiando en profundidad.

 

—Ari encendió otro puro, o ¿era el de antes que se le había apagado?, la verdad Göran, es que no consigo recordar bien lo que me dijo Ari aquella noche, acerca de aquel puro —le dijo apesadumbrado Allan a un ex comisario, cada vez más impaciente—. Probablemente sería uno nuevo, porque a Ari, después de chuperreteados, no le gustaba encender de nuevo los puros apagados, aunque no tuviese más. Además, Ari era de los que no se quedaban sin puros. Fuera la hora que fuera, si no tenía un maldito puro que llevarse a la boca, mandaba a su chofer donde fuera y se los traía en un santiamén. Por eso me extraña que aquel día en su despacho, se comportase como un tacaño y encendiese un viejo puro, blando y mordisqueado, con tal de no empezar uno nuevo.

—Creo que ese detalle, por decirlo de algún modo, se lo llevó definitivamente a la tumba el señor Onassis, Allan. Pero quizá, me pueda conformar simplemente con el final de esta historia, que según me ha dicho, de ser conocida, sorprendería lo suyo.

— ¿Usted cree, Göran? —respondió Allan con una sonrisa en la boca, mirando encantado a la orquesta, que interpretaba nuevas evocaciones del barrio ateniense—. ¿No le apetece bailar Göran? A mí, esta música hace que se me muevan los pies, mire. Podría parecerle similar a la sardana catalana, porque también se baila con los brazos entrelazados o de la mano del compañero, pero no lo es, porque si se fija, el ritmo creciente del sirtaki, le impide quedarse dormido mientras baila, Göran, ¿lo ve?

—Le prometo que más tarde bailaré con usted Allan, pero a mí me gustaría que siguiéramos con la historia que me estaba contando, sobre lo que ocurrió en la habitación de invitados de la embajada de París —sugirió Aronsson cada vez más inquieto. No sabía por qué, pero intuía que la situación se le empezaba a escapar de las manos.

—¿París?, es que hace mucho que no voy y desconozco qué tiempo hará hoy Göran. Por ese motivo y aún a riesgo de resultarle poco animado, en tales circunstancias considero un poco arriesgado irse a bailar allí ahora, lo siento —le contestó un Allan definitivamente abandonado al sirtaki.

 

Aquella misma tarde, un par de horas antes, la música griega que tan magistralmente interpretaban Los Ucayalis, había puesto en marcha de un chispazo el cerebro de Allan respecto al relato que, para chasco y desazón infinitos de Aronsson, había quedado interrumpido la noche anterior. Lo mismo que parecía estar sucediendo ahora. Los recuerdos de Allan de repente parecían haberse ido apagando poco a poco, hasta extinguirse del todo. La aparente casualidad de aquella chispa mágica, no había pasado para el ex comisario como una anécdota más, de la impredecible mente de Allan Karlsson. Su metodología policial, nuevamente había distinguido un fino hilillo del que tirar. A lo mejor era una tontería, pero por probar, no perdía nada. No estaba dispuesto a pasar otro día, pensando en el final de aquella historia. De lo que sí estaba seguro, era de que el final sería completamente increíble, es decir, completamente increíble, esencial y básicamente increíble. En fin, probaría con una chispa diferente.

 

— ¡Cáspita, Allan! ¡No sea tan reservado! —bramó Aronsson de repente con un impresionante vozarrón. Allan consiguió parar sus pies y, durante unos segundos, miró desconcertado a su amigo sin entender por qué había gritado de aquella manera, si estaban uno al lado del otro.

—Sí, reservado cáspita, ese era precisamente el asunto que constaba en el impreso de la solicitud de entrevista, con el cual la filóloga había conseguido, sin saberlo, captar la atención de Ari —continuaba su relato Allan, mirando todavía a Göran, como sorprendido por el tono tan alto de voz que había empleado su amigo de repente. Göran en cambio, mostraba una sonrisa que le iluminaba toda la cara.

 

—Así que Ari, dio una gran calada a su nuevo puro, y recogió la voluminosa carpeta que le tendía la becaria sueca, desde el otro lado de la mesa de su despacho. —Allan miraba a su compañero: realmente, ese hombre tenía a veces unos cambios de comportamiento sorprendentes.

 

 

 

Ari, invitó a sentarse a la becaria, y comenzó a leer con parsimonia aquel informe en el silencio sepulcral de su despacho que las volutas estáticas del humo del puro llenaban de girones blanquecinos. Una hora después, al terminar, Ari estalló de repente en un ataque de risa mezclado con toses, que le duró un par de minutos. Después, cerró la carpeta y encendió otro puro, ya que en su despacho, casi seguro, tenía siempre varias cajas de puros sin abrir, probablemente, en una cajita humidificadora. Puso la carpeta otra vez sobre la mesa, o eso debería haber hecho, pues de otro modo no podría haber encendido el nuevo puro, y le preguntó a la becaria, si tenía una copia de aquello. La chica le contestó que había tardado una enormidad en escribirlo a máquina y, lamentablemente, no disponía de copia, tan solo de los originales de las notas a mano que ella había tomado, y las fotografías e informes químicos del manuscrito que había ido reuniendo durante aquellos meses, de modo que el único ejemplar del informe que existía era desgraciadamente, el que el señor Onassis tenía en sus manos, no había más. Guardaba todo aquel material original con el que había redactado el informe, en el portafolio que traía consigo, por si fuese preciso contrastar algún detalle del informe. Ari le preguntó si había hablado con alguien de aquel tema, y ella le respondió que no, y que por eso, en las solicitudes de entrevistas que había intentado, no había querido revelar a nadie el motivo de su interés en hablar con él directamente. Ari le preguntó entonces, si el original del manuscrito antiguo estaba nuevamente bajo custodia, a lo que ella respondió que efectivamente y que de hecho, no había salido en ningún momento, de su recinto seguro habitual. Ari por fin, le preguntó si ella cantaba ópera y la jovencita sueca, le respondió que sí, que creía que muy bien, que su timbre era de soprano, pero que solo lo hacía bien en la ducha. Ari me dijo que él había comprobado personalmente, que todas las respuestas de aquella muchacha habían sido sinceras, por lo que decidió contratarla para una de sus fundaciones, ya que le había gustado muchísimo su manera de investigar vestida y de cantar en la ducha. Le dijo a la becaria que le agradecía mucho todo aquel esfuerzo, que él se quedaría con la carpeta y con aquel portafolio tan usado, el cual él se comprometía a sustituirle a ella inmediatamente por uno nuevo de los que hacían los hijos de su amigo Guccio Gucci, que había fallecido el pobre no hacía mucho. Respecto a su contenido, le aconsejaba como jefe último suyo que tratase de olvidarlo, porque su carrera profesional estaba empezando y no le convenía que se supiera que ella había redactado un informe con unas conclusiones, que sólo un demente terminal tratando de eludir su sesión de electroshock semanal, podría creerse. Al despedirse, la becaria tuvo que convenir que aquello era cierto, pero que dada la autenticidad del documento original, no había tenido más remedio que redactarlo, aunque estaba de acuerdo en que era algo tan descabellado, que lo mejor era olvidarlo o hacerlo desaparecer en cualquier caldera de calefacción.

 

Sin embargo, Ari tenía una impresión completamente distinta a la de la becaria, sobre la naturaleza y transcendencia de esos documentos, según me confesó en París. Sentados en la cama de invitados de la embajada, los dos mirábamos extasiados aquel manuscrito tan antiguo y revelador. Yo en realidad, no notaba en mí mismo muchos motivos para estar extasiado, pero me pareció que, puesto que Ari lo estaba, en justa reciprocidad, debía de estarlo yo también y por eso me extasié. La verdad era que aquellos papeles apestaban bastante, pero no quise hacérselo oler a Ari, que con tanta ilusión y agradecimiento, me los estaba regalando. Ari era un verdadero trozo de pan, así que disimulé todo lo que pude y pensé que, en cuanto Ari y Jackie se fueran, tiraría aquellos cochambrosos documentos a la caldera de la calefacción de la embajada, que era bien grande, siguiendo la recomendación final de la aplicada investigadora.

 

Ari me dijo, que en aquella carpeta estaba el informe que detallaba, una por una, las razones científicas, históricas, filosóficas, matemáticas y sociales, que hacían de aquel manuscrito, el hallazgo más importante de la humanidad desde hacía siglos y que debía leer el informe y el manuscrito con todo detenimiento porque, sorpresa, ¡estaba en sueco antiguo mi idioma vernáculo!. Aquello acabó de extasiarme, pero le pedí a Ari, que puesto que él había leído ya el informe que incluía su traducción, quizá podría hacerme un resumen. Y creo que me lo hizo. Estuvo andando durante más de hora y media, hablando sin parar por toda la habitación, entusiasmado y agitando los brazos arriba y abajo, mientras me hablaba y leía el informe. ¿Me daba cuenta de lo que aquello significaba? Aristóteles decía que Pitágoras, había mentido como un bellaco, y que él, Aristóteles, lo podía demostrar. Yo me pregunté, si sería la primera vez en la historia que esa frase se pronunciaba en esos justos términos. Ari, había sido consciente desde el primer momento que tuvo conocimiento de aquello, de la importancia tan grande que tenía ese descubrimiento. Pero, al final, después de meses de reflexiones, decidió que sería mejor que aquel hallazgo continuase perdido en las brumas de la historia. A mí pareció muy bonita aquella frase, por lo que rellené las copas en admirado reconocimiento. Aristóteles me dijo que pensó, que no tenía derecho a empañar la figura de Pitágoras, de la que por otra parte, como griego, se sentía orgulloso. Ordenó que le trajeran el original de la cámara de la fundación, para que estuviera siempre bajo su custodia directa, en una caja especial, en la casa en la Avenida Foch de París, donde guardaba sus objetos especiales. Jamás había contado nada de aquello a nadie, por lo que yo pasaba a ser ahora el custodio de ese legado ignoto de la humanidad. Otra frase estupenda que obligaba por sí misma a admirarla debidamente.

 

Según Ari me contaba todas aquellas cosas increíbles que se decían en el informe sobre Pitágoras, quien desde luego se había comportado como un pillín bastante cabroncete, yo iba notando que cada vez me extasiaba más. Y me extasiaba aún más, según veía vaciarse la botella de Cáspita que yo había subido al dormitorio. Cuando se acabó, yo me extasié del todo y le dije a Ari, que bajaría un momento al salón de recepciones a por una caja de Cáspita. Pero en ese momento, Amanda y Jackie aparecieron en el quicio de la puerta muertas de la risa, apoyándose una en la otra, y diciendo que, como regalo de despedida, se les había ocurrido que iban a hacer las dos un striptease para mí. Yo les di las gracias, pero les dije que a mí, ya no me cabía más éxtasis, salvo que quizá, consiguiera otra botella de Cáspita, de modo que, como a Ari le había entusiasmado la idea de las chicas, y él por su parte había ya terminado de contarme lo que quería, nos bajamos todos otra vez al salón con Herbert, para dar palmadas mientras las chicas se desnudaban. Ari, al salir de la habitación, me dijo que guardara bien aquella joya que, con tanto cariño, había puesto en mis manos, petición que cumplí escrupulosamente durante veinte horas.

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[/sws_toggle2][sws_toggle2 title=”¿CASO RESUELTO?”]

 

A la mañana siguiente me desperté casi al anochecer, por lo que la mañana se me hizo muy corta. Contrariamente a lo que siempre me sucedía, me acordaba con gran nitidez de todos los detalles de la jornada anterior. Recordaba perfectamente mi fiesta la víspera de mi partida, y lo cariñosas y elegantes que habían sido Amanda y Jackie, con su regalo de despedida. Los chicos habíamos dado palmas a rabiar durante mi regalo, y ellas se habían mostrado muy divertidas, tal como eran, sin tapujos. Yo tuve la oportunidad de ningunear otra vez al profesor Lundborg, de Uppsala. Pero las noches han de morir, para que los días que las siguen celosos, mueran a su vez, de modo que Ari se despidió de mi emocionado, mientras que yo, a mi vez, estaba extasiado.

 

Por fin, cuando Jackie y Ari se hubieron marchado, y Amanda y Herbert se habían retirado a descansar, decidí que, puesto que no tenía sueño, cumpliría con la promesa que le había hecho a Ari, y me leí el informe y el documento maloliente. Estaba en un sueco tan raro, que a la segunda hoja de aquellas, decidí que era mejor leer la traducción al inglés de la becaria y así poder entrar en éxtasis. Lo cierto es que cuando terminé, lo dejé sobre la mesa y pensé que ese Pitágoras, había sido todo lo vegetariano que se quisiera, pero, ¡cáspita!, ¡vaya manera que tenía de arreglar las cosas! El caso es que como ya era muy tarde, me fui a acostar. O quizá me fui a dar una vuelta por el barrio, a comprar la prensa de la mañana ya que estaba a punto de amanecer. La verdad es que no lo recuerdo bien. Lo lógico hubiese sido ir a por la prensa, para ver lo que le había pasado al pobre Claude Prennant, o a comprobar si en el Wall Street, había una noticia breve con el sorprendente hallazgo por parte del FBI, de una nueva prueba inculpatoria entre los juguetes de la niñez de Lee Harry Oswald. No sé.

 

Al levantarme con las últimas luces de ese día que había visto amanecer cuando me iba a acostar, y después de asearme, bajé al salón de recepciones, que a esa hora estaba ya completamente limpio y recogido, para buscar el regalo de Ari. Como no lo encontré, fui a la zona de servicios a preguntarle a Ni Kadek Pertiwi, por si ella sabía algo. Pertiwi, era una señora balinesa muy pequeñita, pariente de Amanda, que ésta se había traído de su isla natal según ella decía muy acertadamente, “para no perder el norte en aquel país de bárbaros culinarios”. Me dijo que, mientras limpiaba, había encontrado una paquete con unos papeles dentro que olían fatal, y que había ido corriendo a tirarlos a la caldera del agua caliente, antes de que su marido la encendiese. Yo le di las gracias, y subí a recoger mi cepillo de dientes, pues había llegado la hora de irme a Moscú, no sin antes despedirme de Amanda y Herbert, que todavía no se habían levantado.

 

—Y eso es todo. Me parece… —terminó el viejito—. ¿Le apetece bailar un rato, Göran?

 

El ex comisario sabía que los recuerdos en la mente de Karlsson, fluían de las cañerías de su memoria de una manera discontinua. En aquel instante, le había asaltado el temor de que estaban en unos de esos momentos en los que, al abrir el grifo, las cañerías escupen violentamente aire y fluidos turbios a la vez, en explosiones incontroladas.

 

—Entonces, ¿aquel manuscrito tan valioso y el portafolio con el informe y todo el material de estudio, fueron a parar a la caldera de la embajada? —le preguntó atónito el ex comisario.

—Yo a eso llegué tarde pues se me adelantó Ni Kadek Pertiwi, que era muy diligente. Es que aquello, olía realmente fatal y yo estaba ya, suficientemente extasiado, Göran.

 

El ex comisario tendría que intentar algo de nuevo. Como sagaz sabueso de policía que había sido, conocía los entresijos del cerebro humano y sabía bien cómo introducirse en la mente más compleja y dirigir un interrogatorio con habilidad hasta una confesión final, entregada y sin condiciones.

 

—Pero usted ha dicho que al día siguiente de la fiesta, se acordaba perfectamente de todo lo que había pasado la noche anterior, ¿no es verdad?

—Sí, y no sé por qué. Lo más normal es que, de un día para otro, me acuerde vagamente de lo que hice el día precedente. Pero después, según avanza el día y van sucediendo cosas, toda la jornada anterior se va diluyendo y con suerte, cada día solo recuerdo del anterior lo que hice al levantarme, y nada más. ¿A usted no le pasa lo mismo, comisario?

—Pues no. Pero sigamos, entonces y por tanto aquel día en su mente, los recuerdos del día precedente de una manera excepcional, inusual podríamos decir, estaban tan claros que podría haber escrito un memorándum de todo lo que había pasado en la jornada anterior, ¿verdad Allan? —intentaba Aronsson con paciencia y denuedo, hacer saltar la chispa mágica otra vez.

—Absolutamente de todo, ¿es curioso verdad? —le contestó divertido el viejito. A Allan le gustaba la manera que tenía Aronsson de preguntar. Se notaba que había sido policía. Todas las preguntas estaban impecablemente enlazadas unas con otras. La verdad es que era muy fácil contestar al comisario. Se podía imaginar las caras de terror de los delincuentes en medio de un interrogatorio, al ver cómo iban respondiéndole al comisario una tras otra, sin poder evitarlo, las preguntas que sin importancia aparente, inexorablemente les estaban conduciendo a la confesión completa de sus fechorías.

—En tal caso, señor Karlsson, recordaría usted al día siguiente, haber oído al señor Onassis resumirle durante una hora y media, el contenido de aquel vasto informe, sobre lo que parecieran actividades, digamos irregulares, del señor Pitágoras, ¿no es así, señor Karlsson? —machacaba implacablemente el ex comisario.

—En efecto, así es. El tipo aquél, aunque tuviese fe ciega en que se iba a reencarnar en una ingrávida mariposa blanca, era de armas tomar —respondió rotundamente un Allan que intentaba con dificultad, disimular su entusiasmo. Presentía con fuerza que el comisario le estaba llevando dócilmente a un sitio, aunque él no sabía a cuál. Sin embargo, estaba totalmente seguro que el comisario, lo conocía perfectamente y, a juzgar por el interés y el entusiasmo que también trataba de ocultar Aronsson, debía ser un sitio realmente interesante y sorprendente. Allan confiaba en el señor comisario.

—Y tampoco sería desacertado decir, que usted leyó con sus propios ojos y con toda atención, aquel informe y aquel manuscrito, que ponían patas arriba, la idea que se tiene en el mundo moderno de aquel personaje, ¿no es así? —El comisario se aprestaba para asestar el golpe definitivo a aquella cuestión. Y Allan lo intuía.

— En efecto. Recuerdo que al leerlo pensé, que aquello ponía patas arriba la idea que se tiene en el mundo moderno de aquel personaje, así es —corroboró Allan, que no se quería desviar ni un milímetro del camino que el comisario le estaba señalando tan magistralmente.

—En tal caso, ¿puede usted señor Karlsson, contarme sucintamente, el contenido del informe sobre aquel manuscrito antiguo de incalculable valor y transcendencia, que Aristóteles Onassis le resumió en el cuarto de invitados y usted mismo leyó unas horas después en el salón de recepciones, y que desgraciadamente, Ni Kadek Pertiwi, ciudadana balinesa de servicio en la embajada de París, destruyó para siempre? —Aronsson, asestó sin compasión el machetazo definitivo. Aquello, haría saltar una chispa en su mente, y de la cañería aquella comenzaría nuevamente a brotar, el agua cristalina de los recuerdos del anciano. O él moriría en el intento.

—No, eso no, eso sí que no —respondió Allan un tanto decepcionado y serio— Yo no recuerdo qué demonios ponía en esos legajos. Recuerdo que eran verdaderas burradas, pero yo no sé qué verdaderas burradas eran. De todas maneras, si está tan interesado en hacerse una idea de cómo era aquel tipo, basta con que le dé la vuelta a lo que ahora se dice de él y acertará —a Allan no le pareció mal aquella idea que se le acababa de ocurrir, para sacar al pobre Aronsson de esa obsesión que padecía desde el día anterior por Pitágoras. Así que, decidió arrellanarse en la silla, servirse otro vaso de Cáspita y disfrutar de otro sirtaki con el que la orquesta Los Ucayalis arremetía de nuevo.

 

El ex comisario pensó que no debía tomar tanta sal en las comidas. No le iba nada bien para su hipertensión. En ese momento sonó el móvil de Aronsson que éste cogió con la mirada perdida en el techo de la cafetería, pensando que sería una llamada de la recepción de urgencias del hospital general de Denpasar, para decirle que el desfibrilador estaba cargando ya, por si creía oportuno hacerles una visita urgente. O a lo mejor era Allan el joven, para darle noticias de los titulares de la prensa sueca, tal como él le había solicitado.

 

— ¿Allan? —dijo con un hilo de voz.

— ¿Señor Aronsson? —preguntó una voz de mujer.

— Sí, dígame.

— Buenos días, en realidad tardes para usted. Soy Anitta Bengtsson, la fiscal de Jämtland y estoy encantada de conocerle.

 

¡Malm!… gritó para sí el inspector, perdida la mirada en las falsas vigas del techo de la cafetería del hotel, como un lamento antiguo a la estupidez humanidad, que se fundía con las nostálgicas notas de una melodía griega.

A

[/sws_toggle2][sws_toggle2 title=”CASO RESUELTO.”]

 

Un día antes, el viernes por la tarde, nada más terminar la ceremonia de desagravio institucional a la perrita Kicki en Nyköping, cuando aún no sabía que en menos de veinticuatro horas estaría hablando con el comisario Aronsson y tras despedir a todos, Anitta Bengtsson recogió sus cosas y se subió al coche de alquiler con el que, a primera hora de la mañana, había llegado desde Estocolmo. Conduciría cien kilómetros de vuelta hasta el hotel, apenas una hora larga, quizá más puesto que era ya fin de semana, pero sería una ocasión estupenda para reflexionar sobre sus siguientes pasos. El acto que ella había organizado, tal y como había previsto, había sido un rotundo éxito y estaba segura de que en los próximos días, recibiría una llamada del gobernador de Jämtland.

 

Pero las cosas no siempre le salían a Anitta como ella tenía previsto, ya que no sería el gobernador quien la llamaría en los próximos días. Parecía que el destino, como premio a que ella jamás se jactaba de los logros que conseguía gracias a las muchas horas que dedicaba a pensar las cosas, en ocasiones le regalase un bonus. Las cosas en este caso, le iban a salir mejor de lo que había calculado: efectivamente no fue una llamada del gobernador la que recibió aquella noche, cuando al entrar en la recepción de su hotel en Estocolmo, sintió que su móvil vibraba dentro del bolso. Era de la secretaría del Ministro de Justicia, citándola para una reunión en el despacho del señor ministro, inmediatamente.

 

Desde ese mediodía, el ministro había estado recibiendo numerosas llamadas de gente de la prensa, la política y hasta de compañeros del gobierno, de felicitación y de agradecimiento, por el emotivo acto que había organizado su departamento aquella mañana, en las instalaciones del Centro de Adiestramiento y Guía Animal. Todos coincidían en que con iniciativas como aquella, no cabía duda que el espíritu social y la salud de la sociedad sueca se reconocían firmes y vigorosos. En cuanto el Ministro tuvo al otro lado de su mesa de despacho, a la eficiente señora Bengtsson, responsable única, según había podido saber de todo aquello, le comunicó que esa misma tarde, había sido nombrada fiscal de Jämtland, en sustitución de su, hasta entonces jefe, Björn Lindqvist cuya afonía probablemente, llevaba camino de hacerse crónica. Las cosas se hacían rápido en ese gobierno que, como podía ver, trabajaba los viernes por la tarde, hasta bien entrada la noche. Así que, el gobernador de Jämtland, a quien había causado una excelente impresión y que era quien la había propuesto para el cargo, y él mismo como ministro, depositaban en ella toda su confianza, para resolver cuanto antes aquel asesinato en serie: cuanto antes, ¿le oía bien? Y ya puestos, ¿coincidía ella con la línea de su antecesor de que aquello era un crimen espantoso, o por el contrario, consideraba que era una excavación arqueológica, desastrosamente dirigida por aquel profesor con coleta del instituto de Idre?

 

La nueva fiscal, nada más terminar de escuchar aquella pregunta, se levantó repentinamente de su silla al otro lado de la mesa del ministro, y le tendió con cordialidad la mano. Sí, le había oído bien, “cuanto antes”. Estaba muy agradecida al ministro por su nombramiento como fiscal, pero si el señor gobernador y el señor ministro, querían una respuesta contundente y rápida a aquella pregunta que le acababa de hacer, lo mejor sería que ella regresara ya a su nuevo despacho de fiscal en Östersund, para encontrarla “cuanto antes”. Su maleta, que había preparado en el hotel tras recibir la cita del señor ministro, estaba en la antesala de ese despacho, bajo custodia del secretario del ministro y, en cuarenta y seis minutos, calculó mirando su reloj, despegaba un avión de regreso a Östersund que ella pretendía coger. El ministro, que se había levantado como un resorte y le estrechaba la mano con asombro y prevención, le respondió que sí, que sí, que por supuesto, que por supuesto, que como dijera la señora fiscal.

 

Cuando aquella mujer, instantes después, despareció tras la puerta de su despacho, el ministro, con una expresión de deslumbramiento y perplejidad todavía en su rostro, se sentó despacio en su sillón de cuero auténtico y lo acarició con verdadero cariño, mientras se sumía en unos inquietos pensamientos de futuro. Esa mujer era realmente sorprendente. Al cabo de unos minutos de ensimismamiento, cogió el teléfono y llamó al director del Expressen para comprobar si, antes de que entrase en las rotativas la primera edición, podrían hacerse aún algunas rectificaciones de estilo, a la nota de prensa que les habían remitido desde su ministerio, notificando el giro drástico, dado tan oportunamente por el gobierno en el asunto de Idre, con el nombramiento al frente de la fiscalía de Jämtland, de una mujer con excepcionales dotes organizativas, personales y de mando, a la que se auguraba desde altas instancias políticas y de la propia cúpula del departamento, un porvenir político de altura. Tarde, porque la primera edición del sábado ya estaba en tintas, le respondió escamado el director del Expressen, que ya estaba tecleando un correo interno solicitando al jefe de redacción, esa nota de prensa del ministerio, para estudiar detenidamente, qué falsas correcciones de estilo precisaría aquel documento.

 

Cuarenta y seis minutos después, mientras dejaba el planeta, Anitta pensaba en su asiento del avión que la llevaba de vuelta a su ciudad que, puesto que el año dos mil diez quedaba demasiado cerca, el dos mil catorce en cambio, era una fecha fácil de recordar para unas elecciones en las que por primera vez, una mujer llegase a primer ministro en Suecia. Estaba de acuerdo en que en Suecia, era impensable formar un Gobierno, o nombrar comités estatales, con menos de un cuarenta por ciento de mujeres. Pero para ella, y seguro que para muchas, aquello era mejorable. Sabía que aquella sería una carrera de fondo, que empezaba en Idre, y estaba dispuesta a desentrañar aquel misterioso caso que habría de auparla unos escalones hacia su meta, lo más rápidamente posible.

 

Nada más aterrizar a última hora de la noche, llamó a su casa para decir que no la esperasen en varios días, y se fue directamente a la fiscalía: había mucho trabajo que realizar. Lo primero que hizo, fue ocuparse del ex fiscal. Se lo encontró tumbado en el sofá, bien tapadito con el último ejemplar del Expressen. Bueno, con el penúltimo, pues el último con la notificación de su cese y el nombramiento de su sustituta, a esas horas de la noche, estaba ya en reparto por los millares de pueblos y ciudades de Suecia. En el taxi, en el trayecto desde el aeropuerto a la oficina, había hecho unas cuantas llamadas y ya tenía reservada una casa de campo, toda de madera, al norte en los bosques de Vilhelmina, hacia la que Björn Lindqvist, saldría en el primer tren del día siguiente. Allí, con los cuidados de un joven leñador que se ocupaba del mantenimiento de varias cabañas como aquella, su ex jefe podría recuperarse en ese lugar apartado, lejos de las presiones y sinsabores de la vida diaria. No obstante, aquella noche aún tendría que llevarle en su coche y acomodarlo en un hotel, pues según pudo comprobar por teléfono Anitta personalmente, la mujer del fiscal estaba en casa con una amiga y tenía la intención de no verle más, por lo que le rogaba que hiciera saber a su ex, que se abstuviera de aparecer por allí, si no quería llevarse nuevamente una sorpresa de tipo ta-chán, le dijo textualmente la ex esposa. Debía de repetírselo así, que él ya entendería.

 

Una vez resueltos esos pequeños detalles, y con su antiguo jefe debidamente instalado en una habitación de hotel, aunque inmerso otra vez en un nuevo bucle gestual bastante impactante, regresó a la oficina donde, después de limpiar todo aquella cochambre, pasaría la noche trabajando. Tenía que leer todo lo que había de aquel caso, y del otro caso de hacía dos años. No sabía por qué, pero si no le fallaba su intuición de futura primera ministra, aquellos dos extraños casos tenían alguna conexión, además de la húmeda nariz de la perrita Kicki.

 

A primera hora de la mañana, después de pasar toda la noche trabajando, se encontraba tan fresca como una lechuga. Era sábado y no tenía tiempo que perder. Llevaba tres días de intensa actividad, pero se sentía rejuvenecida, o al menos así le parecía a ella, pues aún no sabía que al final de aquél día, iba a hablar personalmente con Allan Karlsson, un abuelo que saltó por la ventana y se largó. Y aquella conversación, le iba a depositar algo parecido al cansancio de varios años sobre sus hombros. Pero antes de aquella, hizo otras llamadas telefónicas.

 

Anitta Bengtsson, adoraba hablar por teléfono. Tenía una habilidad especial para conocer a las personas, simplemente hablando por teléfono con ellas. Sentada en el borde del sillón giratorio, la espalda recta sin tocar el respaldo, apoyada con los codos sobre su mesa de despacho, marcaba el número de teléfono con el dedo índice de la misma mano con la que sostenía el auricular que después se llevaba a la oreja mientras esperaba los tonos de la llamada. Invariablemente, cuando se establecía la comunicación, un leve movimiento de su cuello hacía caer una guedeja de su pelo sobre la mano y el auricular que quedaban ocultos así, bajo su corta melena rubia. La otra mano buscaba entonces cobijo por entre su escote en la calidez de la axila contraria y allí notaba el pálpito ritmado de su propio corazón. En ese momento comenzaba una imperceptible sesión de análisis sicológico que su interlocutor estaba muy lejos de sospechar. Confiado por no tener que mantener ninguna actitud física concreta, ni tener que ocuparse en ocultar y descifrar los códigos de los juegos de miradas que impone la presencia directa, el interlocutor de Anitta Bengtsson se contagiaba de la distancia y relajaba el control sobre los tonos, las inflexiones de voz y las vacilaciones en el fraseo. Era ahí donde Anitta le esperaba para hacerle un tac sicológico insonoro e implacable. Podría decirse que era comunicación no verbal, pero al revés.

Después de una conversación telefónica con alguien, únicamente solían quedarle a la fiscal, uno o dos cabos sueltos de menor importancia acerca de la personalidad de su interlocutor. Más tarde, en cuanto tenía la oportunidad de conocerles personalmente, de una sola mirada y sin necesidad de oírles hablar nada más, peinaba aquellos flecos y la ficha sicológica correspondiente, quedaba cerrada. Incluido su marido, y con la única excepción de Malm, todas las personas que hablaban por teléfono con Anitta Bengtsson, después de colgar el auricular, se quedaban pensativas durante un rato más o menos largo, dependiendo de varios factores, pero siempre en proporción directa al coeficiente de inteligencia del más o menos pensativo interlocutor.

 

Aquella mañana de sábado Anitta Bengtsson, tras rebotar en su madre, consiguió hablar con un tal Malm, el actual responsable de la oficina de policía donde se había instruido el caso del anciano centenario. Necisitaba conocer más datos sobre el asunto y quería ponerse en contacto con el comisario que había llevado el caso, el ex comisario Göran Aronsson, en paradero desconocido. A la fiscal, en un principio, el actual responsable le pareció muy responsable por estar un sábado trabajando en la oficina. Pero cuando terminó de hablar con él, había cambiado radicalmente de opinión, e inmediatamente hizo dos llamadas seguidas: una al juzgado de guardia y otro a la compañía operadora de telefonía del departamento de policía al que acababa de llamar.

 

Después localizó al forense-jefe en Sveg, pues tenía varias dudas sobre los restos encontrados en Idre. Éste le confirmó que habían conseguido reconstruir por completo los cinco esqueletos y por extraño que pareciera, no faltaba casi ningún hueso. Tan solo echaban de menos dos vértebras de la mujer y el cúbito y el radio izquierdos, del esqueleto del varón de menor estatura. Respecto a éste, en realidad, no es que se hubiesen extraviado esos huesos: más bien no estaban, porque el cadáver había sido enterrado sin ellos, ya que se trataba de una amputación por encima del codo, una lesión muy anterior a la muerte, por las callosidades que se apreciaban en el húmero seccionado. El mismo tipo de lesión se daba en otros de los esqueletos de los varones, a los que faltaban también, por amputación traumática, algunos de los dedos. Con relación a las vértebras que faltaban, se había puesto ya en contacto con la jefa de policía el día anterior, quien le dijo que creía recordar algo sobre ese extremo y que vería lo que podía hacer al respecto. Le llamó una hora después, para decirle que las vértebras habían aparecido, y que se las mandaba por mensajería inmediatamente. La jefa había comprobado que estaban en bastante buen estado: una de ellas estaba un poco cascada, pero las dos habían sido limpiadas exhaustivamente y olían mucho a colonia juvenil.

El forense-jefe había tenido un cierto problema de identificación, en su primera llamada a la jefa de policía, pero lo cierto era que aquella chiquilla, le había parecido realmente eficiente. Perfecto, le dijo la fiscal, pero ese fin de semana quería a la plantilla del instituto forense al completo, en sus mesas de trabajo. A todos sin excepción, ¿le había comprendido bien el jefe del servicio forense, dependiente de la fiscalía que ella comandaba? Quería cuanto antes, a ser posible ese mismo sábado, la confirmación de que los orificios en los cráneos, no habían sido producidos post mortem. El forense-jefe creía que en unas horas, entre todos, podrían dirimir esa cuestión. En tal caso, le deseaba un buen fin de semana al forense, que debería permanecer muy atento a su llamada. El forense-jefe, tras colgar el teléfono, se quedó un buen rato meditando aquellas palabras de la fiscal.

 

Más tarde, Anitta, llamó a la jefa de policía de Idre y mantuvo una larga conversación con ella, de mujer a mujer, en la que entre otras muchas cosas, determinaron abandonar la pista de la anciana del supermercado de ICA, propuesta por la cajera decana. También decidieron que tenían que conocerse y que no se descartaba que a pesar de la edad, pudieran acabar siendo amigas.  A la fiscal, la conversación con la jefa de policía de Idre, le había producido sensaciones aparentemente opuestas. Por un lado, al escuchar su voz, durante la primera fracción de segundo, pensó decirle que llamase a su papá para que se pusiese al teléfono. Sin embargo, rectificó y se presentó. Tenía realmente una voz bonita y dulce (años atrás, cuando era más joven, a la fiscal le gustaba escuchar cómo cantaba la jovencita rubia de un grupo musical sueco formado por dos parejitas encantadoras) pero era una timbre que no se correspondía con el cliché de la voz de un jefe de policía rural.

 

Sin embargo, por otro lado, según iban hablando de todos los pormenores del caso, desde que se recibió la primera llamada del profesor de filosofía a primera hora de la tarde del pasado sábado en las dependencias de Idre, hasta ese momento, casi una semana exacta después, la fiscal fue descubriendo la afilada y oculta capacidad de percepción de la jefa de policía. Como una sobrina le contaría a su experimentada tía soltera, sus primeras experiencias de trabajo, la jovencita le relataba a la mujer madura, la sorprendente llamada del profesor en su segundo día como jefa de policía, explicando la aparición de un esqueleto un sábado por la tarde en Idre; le habló sin ironía, del tiempo que había tardado en convencer a los dos jóvenes policías del centro, de que dejasen de agregar amigas en el ordenador y la acompañasen al instituto, porque en contra de lo que ellos pensaban, ella estaba convencida de que aquello no era una broma de los chicos del instituto, sino que algo le decía que la llamada que habían recibido era un asunto serio; de la conversación con su novio, cuando ella le contó lo que había ocurrido en el instituto, y lo que él había tardado en pasar a recogerles por la comisaría porque, al parecer, no encontraba su cámara; lo que habían encontrado al llegar, que a ella le recordó al escenario de una película gore, de las que tanto le gustaban a su novio; la toma de declaración inicial a los testigos; la animada recogida por parte de los alumnos del instituto, de todas las pruebas en bolsas repartidas por tipologías de huesos tal como había indicado su novio que se hiciera, en lugar de hacerlo por individuos, como había pensado ella que sería lo correcto; las primeras pesquisas forenses con las bolsas de huesos en las dependencias policiales del médico de Idre, que antes de empezar, se había obstinado en ir a interrogar al dueño de la tiendecita serbia próxima al instituto por si había visto algo anormal en los últimos meses y de paso echar un vistazo por allí, hasta que finalmente, ella le pudo convencer de que lo dejase para el día siguiente; su conversación con el antecesor de la fiscal, que estaba empeñado en conversar con su padre y hablar de literatura; la reunión del domingo por la mañana con todos los que habían intervenido; las instrucciones tan caprichosas que su antecesor había impartido, desechando por completo la prueba del carbono 14 y cualquier línea de investigación que no fuese la de asesinatos en serie, que tampoco ella descartaba, pero que una tenía que estar segura de lo que hacía, antes de decirle a nadie que había matado a varios tipos; la llegada de la otra prensa; los nuevos resultados forenses llegados de Sveg; la desaparición del fiscal durante varios días y la llegada de aquel comisario que no quería hablar con ella, porque decía que era demasiado joven para ser jefe de policía y que a saber cómo lo había logrado; la aparición de nuevas pistas en el supermercado de ICA y por fin la llamada de la señora fiscal, que la estaba ayudando muchísimo.

 

Las dos mujeres siguieron hablando durante un buen rato. La fiscal le hacía preguntas que la jefa de policía respondía con precisión sobre cualquier detalle, aunque nadie que hubiese estado esos días a su lado, se hubiera percatado de aquellos detalles, ni de que ella hubiese reparado en ellos: era muy observadora y se ocupaba de que no se le notara. La fiscal se daba cuenta, de que aquella chica, sin parecerlo en ningún momento, y sin ser consciente de ello, era más lista que cualquiera de los que habían intervenido en el caso.

 

Después, la conversación se fue por otros derroteros, al abrirse paso entre ellas, la confianza tan profunda que llega a surgir entre dos mujeres que saben que no representan ningún peligro, la una para la otra. Si quería, la podía llamar Anitta, Tyra. Perfecto, y ¿de verdad estaba convencida Tyra de que ese reporterillo, era el hombre de su vida? se atrevió la fiscal, bien avanzada ya la conversación. De todos modos, si le parecía a Tyra, ya hablarían de eso más adelante, seguro que en el futuro, iban a tener tiempo suficiente. Pero, debería pensarse lo de casarse en tres meses. Era muy joven, y tenía mucha vida por delante. En fin, estaba encantada de haberla conocido y ya hablarían pronto, probablemente, mucho antes de lo que pensaban, le decía Anitta mientras veía, a través de la puerta de su despacho de fiscal, su antigua mesa de ayudante del fiscal. Ahora tenían que despedirse porque la fiscal debía hacer aún muchas llamadas. Después de colgar, Tyra se quedó pensativa durante un largo rato…

 

La fiscal llamó a continuación al padre de Tyra, al número que ésta le facilitó, pues estaba interesada en hablar con él, al enterarse de que también había sido jefe de policía. Después de hablar un rato con un Markus Magnusson jovial y confianzudo, la fiscal había satisfecho el objetivo de su llamada: seguro que Tyra se había quedado un rato pensativa después de su llamada, se dijo Anitta y que su padre por el contrario, olvidaría la llamada nada más colgar. No se equivocó. Markus, nada más soltar el auricular, le preguntó en voz alta a su mujer que estaba en la cocina, si quedaba suficiente cerveza en el refrigerador. Si había algo que no tenía cabida en lo que él entendía como umbral de subsistencia en la experiencia vital de un ser humano, era quedarse un sábado a media mañana sin cerveza.

 

Llamó también al comisario, a quien tres días antes, el jueves pasado, ella misma había comisionado para que se desplazase a Idre, en nombre de su jefe el fiscal quien por entonces, dormía todavía con súbitos sobresaltos en el sofá. Tardó un buen rato en encontrarlo y tuvo que recurrir nuevamente a Tyra para localizarle, cosa que ésta hizo con rapidez. Cuando le tuvo al otro lado de la línea, ahora como fiscal titular, le descerrajó una ráfaga de preguntas, que pusieron en evidencia su falta de actividad y le dio una serie de instrucciones, entre ellas que debía prestar mucha atención a todo lo que dijera la jefa de policía. La fiscal le aconsejó que las cumpliera rápidamente y que estuviera muy atento a su móvil personal ese fin de semana, sobre todo aquel sábado, por si ella tenía que comunicarle algún nuevo destino para él, en la sección de vigilancia penitenciaria. Después de colgar y durante unos instantes, el comisario pensó con fastidio que en aquel asunto estaba apañado, con una mujer por arriba y otra por abajo en la escala de mando.

 

Después llamó al jefe de redacción del Expressen en Östersund para pedirle información, con carácter privado, sobre su reportero en Idre. No era nada oficial, desde luego, simple curiosidad como nueva fiscal de la provincia. El jefe de redacción no conocía mucho a aquel tipo, nada en realidad, a excepción de la crónica que había enviado el pasado sábado, y que por desgracia había tenido que cubrir, aunque no llevaba ni un mes en ese destino, al haber saltado allí la noticia. Pero se enteraría de la marca de calcetines que usaba, y volvería a llamarla con lo que tuviera. Sí, en la más estricta confidencialidad, desde luego. ¿Tenía la fiscal, alguna otra noticia sobre el caso, off the record naturalmente, que pudiera facilitarle? Sí, desde luego, estaría con el móvil entre las manos todo el fin de semana, muchísimas gracias y felicidades por su nombramiento, señora fiscal, le estaba enormemente agradecido de antemano. Le mantendría informada. Después de colgar, el jefe de redacción del Expressen en Östersund, pensó que esa mañana de sábado, le había tocado la Wiking Lotto, sin siquiera haber jugado: acababa de conseguir acceso directo al mismo puente de mando de la fiscalía, al menos durante un tiempo, y la verdad es que no sabía por qué, ni cómo. Se quedó pensativo un rato, aunque no mucho. Había que ponerse a trabajar para saberlo todo de ese chaval que tenían en Idre.

 

La fiscal Bengtsson, pensó que se tenía bien ganada una comida y después una siesta, así que llamó a un japonés y mientras llegaba el sushi, rellenó en un santiamén el formulario para Petición de Mobiliario. Aquella sería la última vez que dormiría la siesta en el sofá del despacho. El lunes tendría allí una cama Malm (“¡qué coincidencia, como el ayudante de policía con el que acababa de hablar!”, —pensó) con un canapé en condiciones, para instalarla en la salita aneja al despacho del fiscal. Había decidido transformar aquel cuartito, de sala de televisión para ver partidos, en dormitorio de guardia. Por cierto, de repente recordó, que tenía que llamar a la operadora de telefonía para saber si ya tenían el listado de llamadas salientes que había pedido de ese número del departamento de policía donde trabajaba Malm, aquel tipo con nombre de cama, al que ella había llamado esa mañana a primera hora.

 

A lo largo de la noche anterior y durante aquella mañana del sábado, la fiscal se había ido haciendo una idea bastante detallada, de todas las circunstancias que rodeaban aquel asunto. Aunque el caso del centenario ocurrido dos años atrás no le concernía a ella, pensaba que la recuperación de las capacidades de la perra Kicki, no debían afectar en nada al caso ya cerrado; ni mucho menos que llegase a reabrirse, pues nada demostraba que en aquella otra ocasión la perrita tuviese bien el olfato, tan solo que ahora sí que lo tenía en buenas condiciones. El hecho de que todos los que habían participado en aquel caso, se encontrasen en paradero desconocido desde hacía casi dos años, no hacía sino enfriar más el asunto, de cara a la opinión pública. Resultaba ridículo que, como se había sugerido, los esqueletos hallados pudiesen corresponder a las personas del caso del abuelo secuestrado, ahora todos en paradero desconocido. No había habido ningún ajuste de cuentas dentro de la banda, ni el sexto elemento, campaba libre como las mariposas después de haber despachado a los demás y haberse largado con un supuesto botín. Estaba convencida de ello. Pero tenía que demostrarlo y la única manera era localizar a aquella troupe de descerebrados donde quiera que estuvieran.

 

Por lo que concernía al caso presente, cada vez le quedaba más claro que no se trataba de un asesinato en serie y sí de un antiguo enterramiento. Pero necesitaba con urgencia, alguna prueba irrefutable que presentar a sus superiores y a la opinión pública. Por ese motivo estaba deseando saber si el ayudante del ex comisario Aronsson, ese tal Malm, había hecho alguna llamada nada más terminar de hablar con ella aquella mañana. Anitta, sabía que si daba un paso en falso, cerrando la vía de investigación de asesinato demasiado pronto, podían caerle encima como fieras a la inexperta nueva fiscal, una mujer casualmente, políticos, periodistas y público en general. ¡Cuánto daría porque fuera lunes, y pudiera tumbarse media hora en su nueva cama Malm! Otra vez recordó lo del listado de la operadora de telefonía. Esta vez le iban a escuchar.

 

Pero fue ella quien escuchó una campanilla en el ordenador que le avisaba de la entrada de un e-mail. Era aquel maldito listado de las llamadas entrantes y salientes del número de la antigua oficina del ex comisario Aronsson al que había llamado a primera hora. Lo revisó y comprobó que había una llamada saliente efectuada a un móvil a las ocho y veintitrés, justo después de la llamada de ella. Antes de llamar, leyó en el listado el nombre de la estación de transmisión que había localizado el móvil de destino de la llamada de Malm. Después marcó el número y esperó. Al cabo de un rato la comunicación se estableció.

 

— ¿Allan?  —dijo una voz que parecía más bien un hilo de voz.

— ¿Señor Aronsson? —preguntó la fiscal.

—Sí, dígame.

—Buenos días, en realidad tardes para usted —precisó, tratando de ser amable la fiscal—. Soy Anitta Bengtsson, la fiscal de Jämtland, y estoy encantada de conocerle.

¡Malm!, pensó la fiscal, ¡qué estúpido tan útil había sido! A veces la estupidez era el camino más corto hacia el triunfo. ¡Cuántos casos en la historia había! Por fin había dado, en un tiempo record, con el rastro de los desaparecidos ¿Estaría ella ahora mismo hablando con el sexto elemento gracias a un administrativo completamente autista?,  se preguntó Anitta excitada.

—Pero ¿cómo ha conseguido mi número de teléfono? —preguntó Aronsson estúpidamente para su propio gusto, pues sabía la respuesta y además ésta, no cambiaba el hecho de que estaba hablando con la fiscal con la que no quería hablar. Todavía sentía esa opresión tan rígida en la nuca. Debía tener la presión arterial en cifras Guinness. Allan estaba a su lado y parecía tranquilo. Definitivamente aquellas cañerías se habían secado para siempre en el asunto Pitágoras.

—Digamos que por un amigo en común —intentó la fiscal.

—Lo dudo —dijo Aronsson—. Yo no tengo amigos. Bueno ahora sí —matizó mirando a Allan, que estaba ensimismado escuchando la última canción de los Ucayalis, antes de su segundo descanso.

—Me alegro por usted Aronsson. Tener amigos es, es… bueno dejemos eso. Verá señor Aronsson, sé que está usted lejos, en Bali nada menos. La verdad es que se lo monta usted muy bien. Me alegro otra vez por usted, señor Aronsson, seguro que se lo merece. Lo cierto es que toda una vida de servicio a la comunidad, justifican eso y mucho más. Apuesto a que con su liquidación y la pensión que tiene asignada puede permitírselo, ¿no es así? —El ex comisario, llevaba ya un rato en DEFCON 2, como le había oído mencionar a Karlsson que había que hacer, en casos de alarma generalizada—. En fin, pero no es de su pensión de lo que quería hablarle, sino del servicio a la comunidad. Verá: yo llevo muy poco tiempo a cargo del caso, en realidad desde esta misma mañana, ya que hoy he tomado posesión mi cargo. El caso es que, no sé si ha tenido oportunidad de leer la prensa sueca, pero hace una semana, ocurrió un suceso muy extraño en una localidad cercana a Estocolmo —se equivocó deliberadamente la señora Bengtsson, que quería saber si el ex comisario leía la prensa. En la cabeza de éste automáticamente se encendió un led de color azul policía y con la mano que tenía libre, intentó recomponer el periódico que Allan había dejado sobre la mesa, después de barajar o algo por el estilo, sus inmensas hojas, que parecía haber ordenado por colores predominantes de la escala cromática. Los Ucayalis, estaban ya en la barra y había poco ruido en el bar, en el que no quedaba nadie salvo los músicos y ellos dos que eran de la casa, de modo que, después de hacer una seña a Allan que parecía a punto de quedarse dormido, para que guardase silencio, decidió poner el manos libres, y buscó entre aquel puzle de papel, la crónica del pasado sábado.

—Pues no, no la he leído. Aquí no llega la prensa sueca —Aronsson en esto mentía, pero por fin había encontrado la crónica sobre Idre en el Expressen— y yo estoy de vacaciones, que es como mejor se está —en esto no mentía en absoluto. Pero tal y como recordaba, el hallazgo de los esqueletos había ocurrido en Idre, a casi cuatrocientos kilómetros de distancia en línea recta de Estocolmo. La fiscal o era un poco torpe o muy hábil, así decidió que él seguiría también la senda hábil—. Y ¿qué es lo que pasó en ese sitio cerca de Estocolmo?

Allan, había comenzado a roncar y Aronsson le dio un codazo. El viejecito se enderezó y pidió perdón con un gesto de la mano, pero enseguida volvió a las roncadas.

— ¿Qué ha sido ese ruido, Aronsson? —preguntó la fiscal.

—Nada, un gato que ronronea a mi lado, señora…

—Bengtsson, pero puede llamarme Anitta. ¿Puedo yo llamarle Göran? —preguntó la fiscal. La señora Bengtsson, había comprobado muchas veces a lo largo de su vida, que cuando los hombres se dirigían a una mujer, llamándola Anitta, automáticamente entraban en modo protector y bajaban la guardia. Aquel punto débil masculino, ella lo había explotado durante toda su vida, deliberada y concienzudamente, con notables resultados.

—Sí por supuesto, Anitta —se estrenó tímidamente el ex comisario, que no era partidario de tomarse confianzas con los fiscales llamándoles por su nombre de pila, pero que en este caso, sin saber porqué, le pareció oportuno y agradable.

—Bien Göran, pues lo que ocurrió el sábado pasado es que aparecieron, nada menos que cinco cadáveres juntos, bueno en realidad cinco esqueletos. El caso es lo suficientemente relevante y ha tenido una transcendencia tal, que ha forzado el cese de dos fiscales en una semana. Yo desde la fiscalía que dirijo, he pensado que en momentos como éste, todos debemos arrimar el hombro. Es en casos así, cuando toda la sociedad debe implicarse. Asuntos como éste, son los que dan la verdadera medida de la salud moral de una nación y por eso he pensado que sería bueno que personas como usted, prestasen de nuevo sus esfuerzos para el bien de la comunidad y la nación.

 

A Allan con los ojos cerrados y a punto de dormirse, toda aquella perorata, le sonaba a lo que era. Así que como siempre que oía hablar de política, o se iba, o se dormía. Pero como los Ucayalis, todavía no habían ni empezado a pedir los combinados, que tan merecidamente se iban a beber, cerró los ojos y se durmió profundamente. Aronsson, seguía repasando con rapidez la crónica de sucesos.

 

—De modo que aparecen cinco esqueletos en una localidad cercana a Estocolmo, y le asignan el caso a usted que está en Jämtland.

— ¿He dicho yo eso?, ¡qué va! cercana a Sveg. Es un sitio que se llama Idre en el que el sábado, pasado aparecieron los esqueletos de una mujer y cuatro varones —rectificó la fiscal.

—Ah! Así que trata de un asunto con cuatro tipos y una mujer enterrados juntos, ¿no es así? —repitió distraídamente Aronsson mientras releía la crónica.

 

Un ojo de Allan se abrió de repente.

 

—Bueno, puede tratarse de otra cosa, no necesariamente de un crimen múltiple —prosiguió Aronsson—. Y que conste que no he dicho que vaya a colaborar. Estoy pasándomelo divinamente por primera vez en mi vida, y no siento unas ganas irresistibles de dejarlo todo, para devolver a la sociedad, el fruto que he recibido de ella. La sociedad, se las apañaba perfectamente, mientras yo me deslomaba como trabajador así que, ahora que soy un pensionista, puede seguir apañándoselas igual de bien —Aronsson por primera vez en su vida había hilvanado varias frases seguidas con un leve contenido político.

Y consecuentemente, aquello hizo que el ojo de Allan volviera a cerrarse.

 

—Comprendo su postura Göran, pero la sociedad en momentos extraordinarios como éste, ha de recurrir a aunar todos los esfuerzos posibles, con independencia de las simpatías políticas, y los gobernantes… —la fiscal se interrumpió— Perdone Göran, pero ¿su gatito ha vuelto a poner el motorcito en marcha?  Oigo otra vez su ronroneo.

—No se preocupe Anitta, es que es muy cariñoso, y se queda medio dormido así.

—No si no me molesta, al contrario. El hecho de recurrir a usted es por si, con sus conocimientos policiales de tantos años, pudiera echarme una mano. Es que de un lado, las investigaciones están en un punto muerto, y del otro, las circunstancias del caso son algo extrañas, bueno, terriblemente extrañas en realidad.

—Y ¿cuáles son, si pueden saberse, las extrañas circunstancias que rodean el caso, Anitta? —preguntó el ex comisario, con la guardia ya más baja. Echarle una mano…, eso sonaba bien, y además a Anitta, qué nombre tan simpático tenía aquella mujer. Si algún día volvía a Suecia (eso no lo creía posible salvo que un verdadero milagro se produjera en su vida), no le importaría acercarse a conocerla personalmente. A Aronsson le parecía una mujer lista y que debía tener un extraordinario carácter que sin embargo sabía disimular. De esas mujeres de raza, que si no le han asesinado a uno en los primeros instantes de la relación, uno puede vivir confiado y aceptablemente feliz el resto de la vida a su lado, en la seguridad de que uno iba a perder el control de su vida, pero no ésta. A su edad, a Aronsson en lo más remoto de su alma de hombre maduro, soltero y solitario, aquel viento desconocido le trajo vapores de una nostalgia embriagadora.

—No sé por dónde empezar. De entrada, todo se descubrió por las cualidades de búsqueda y rastreo de una perrita, que precisamente usted conoce.

— ¿Yo? —fingió el ex comisario.

—En efecto, parece increíble ¿verdad? Hace dos años, usted caminó con ella y con su guía a lo largo de una vía de ferrocarril abandonada, siguiendo el rastro de una plataforma móvil, hasta Akers Styckebruk, ¿recuerda ahora? La perrita marcó la presencia de un cadáver, pero luego resultó que se había equivocado de una manera lamentable. Bien, pues dos años después, la misma perrita ha sido la que ha descubierto todos esos restos humanos. ¡Qué le parece! Ayer, en una ceremonia muy emotiva que yo misma organicé, la perrita fue oficialmente rehabilitada y reincorporada al servicio, con todos los pronunciamientos favorables.

 

Era el primer dato que Aronsson no conocía y le pareció bien. Pobre animal, seguro que a Allan esa noticia le iba a encantar: la futura novia de Buster, si Allan conseguía arreglar debidamente la cita, había visto incrementado su caché exponencialmente, de forma que Buster ya no podría negarse a unir su destino al de ella. Una joven hembra bien parecida, tratada injustamente por la vida y por las oscuras fuerzas del poder, ve cómo su carrera profesional se quiebra en mil pedazos y, justo cuando iba a ser neutralizada, salva su vida milagrosamente, aunque viéndose obligada a vivir en la clandestinidad hasta que un nuevo sesgo del destino, la sitúa en el lugar indicado, en el momento oportuno de forma que, tras prestar un nuevo servicio impagable a la sociedad que la proscribió, es nuevamente aceptada con todos los honores por todos: ¿Sandra Bullock o Angelina Jollie?, se preguntaba el ex comisario, acerca del cast ideal. Bruce Willis, se parecía un montón a Buster, de eso no tenía la menor duda.

—Y ¿qué más puede decirme? —preguntó Aronsson, descartando hacer partícipe a la fiscal, de aquellas conjeturas que solían revolotear en su mente, mientras mantenía conversaciones profesionales o personales que le interesaban. Quizá en un futuro, si es que llegaban a conocerse, podría hacer partícipe a Anitta de los impredecibles vuelos que su imaginación en ocasiones le regalaba, y que jamás en su vida había compartido con nadie, se decía el ex comisario.

—Cuatro de los cinco cráneos, precisamente los de los varones, presentan un orificio producido por un proyectil que, presumiblemente, les causó la muerte —dijo la señora Bengtsson.

 

Y un ojo de Allan se abrió de repente, en esta ocasión, el otro.

 

— ¿Y? —estiró Aronsson.

—Que de no ser posteriores al fallecimiento, asunto que está comprobándose aún, fueron sin duda la causa de la muerte. Un tipo se cargó a otros cuatro y los enterró juntos, al lado de una mujer. ¿Estamos ante un asesino serial, o qué demonios es todo esto? Los orificios, abonan sin duda la tesis de un asesinato, pero ¿quién y cuándo?, y ¿por qué y cómo? —continuó hablando sola la fiscal.

— ¿Quién y cuándo?, y ¿por qué y cómo? Esos son los cuatro jinetes del apocalipsis, de cualquier policía, Anitta. ¿Algo más? —Anitta lo había conseguido. El policía se hallaba ya en interesado en el iter criminis, de aquel misterio.

—Sí, claro que hay, más —Anitta, recogía sedal— La mujer, aparentemente, no presentaba signo alguno de violencia. Pero lo más curioso Göran, es que fue enterrada en una fosa enmarcada en un cuadrado formado por piedrecitas de mármol, exactamente de las mismas dimensiones, que otro cuadrado contiguo formado con las mismas piedrecitas, por cuatro cuadrados menores e iguales entre sí, que contenían las tumbas de los cuatro varones —terminó la fiscal.

 

Y Allan abrió el otro ojo, de modo que ahora tenía los dos ojos abiertos, y una expresión muy atenta en un punto indeterminado del infinito. Göran, aunque estaba a su lado, no había advertido nada de aquello.

 

— ¿A quién se le ocurriría una cosa así? —se preguntó Anitta abstraída, abriendo un reflexivo silencio que se prolongó por un rato.

—Eso ¿quién haría una cosa semejante?  —se preguntó abstraídamente a su vez Göran, sumido también en un intenso ensimismamiento.

 

 

—Pitágoras —respondió Allan con una voz cibernética.

 

Göran sintió un pasmo brutal en su interior y dio un bote tremendo en la silla, girándose en el aire hacia el abuelo, a quien creía dormido, tratando de entender qué había pasado.

— ¿Está usted enseñando a hablar a su gatito, Göran? —preguntaba intrigada la fiscal, desde el manos libres del ex comisario—. Es que me ha parecido oír hablar a alguien.

— ¿Eh?, ¿eh? ¿Cómo? —se defendía Göran, observando con total atención a su amigo y tratando de comprender algo. Allan miraba hacia el escenario, pero parecía en babia, más en babia que habitualmente, debería decirse. ¡Allan había dicho algo de Pitágoras, él lo había oído!—. No, no, es, es, bueno, en realidad yo no he oído nada. Pero sígame contando. Le prometo que pensaré, sobre el caso y la llamaré, si se me ocurre algo. ¿Seguro que no hay nada más? — Aronsson, estaba haciéndole mentalmente un tac de urgencia a Allan y todas sus alarmas se habían disparado. ¿A qué había venido ese nombre? Pensó vagamente en una cañería seca que salía de la tierra al lado de una cabaña de madera abandonada, en mitad del desierto de Nevada, rematada por un grifo mugriento y oxidado. En un primer acto reflejo, estuvo tentado de coger el teléfono y anular el altavoz. Pero después, sin saber por qué, mirando a Allan que seguía absorto en la lejanía, lo acercó hacia él, para que pudiera escuchar sin dificultad.

—Será de verdad un asesinato en serie o una simple fosa común, un tanto extraña —seguía divagando la fiscal, ajena a la estupefacción de Aronsson y a lo que estaba ocurriendo a más de dieciséis mil kilómetros de distancia.

—Rotundamente es un asesinato múltiple, cometido por la misma mano vengadora —sentenció Allan ante su amigo, cada vez más pasmado.

—Le veo muy seguro Aronsson en sus deducciones, aunque su voz la noto más fina. Debería tomar algún licor fuerte, como aguardiente o alguno por el estilo. En las últimas vacaciones de familia, fuimos a Corfú y mi marido sufrió una afonía que se le curó en un solo día con un licor que tienen allí. Me parece recordar que se llamaba Metaxa.

— ¡Cáspita! —exclamó Allan, levantando su vaso y dispuesto a brindar con aquella fiscal, que le parecía un pozo de sabiduría. Justo la idea contraria que él había ido forjando a lo largo de su vida sobre los fiscales.

—No se extrañe, Aronsson. Aunque no le guste, ya verá que ese licor le dará resultado. Bien, pues como le iba diciendo, la verdad es que todo lo que tenemos, son cosas inconexas —prosiguió la fiscal—. Por ejemplo, el orificio que presentan los cráneos de los varones no es circular, de modo que no puede haber sido hecho por una bala. Tienen una forma algo distinta en cada cráneo, pero en todos, un tamaño similar, más o menos como un haba.

Aronsson estaba muy atento a Allan, mirando fijamente su rostro aparentemente inerte. No quería perderse ninguna de sus reacciones, pero aquélla que acababa de ver, era imposible de ser extraviada: Allan en el mismo momento que la fiscal pronunciaba la última palabra, esbozó una sonrisa.

— ¿Un haba? —repitió casi deletreando Aronsson, sin apartar un segundo su mirada de Allan, que mantenía su franca sonrisa—. ¿Un h-a-b-a, dice usted señora fiscal? ¿Dice usted, que los orificios son del tamaño de un h-a-b-a?

—Pues sí, eso le h-e di-cho, A-ron-sson —respondió algo escamada la fiscal.

—Exactamente del tamaño de un haba —remató Allan, satisfecho. Aronsson, inmediatamente desconectó la función de manos libres. El anciano parecía haber recuperado la consciencia y la memoria, y a Aronsson le daba la impresión de que quería largar. Por ese motivo le había parecido buena idea, que la fiscal se mantuviese ignorante de las preocupantes manifestaciones de Allan, así que tapó con una mano el auricular, pues éste empezaba a hablarle: —Pregúntele si han encontrado, plantaciones de habas amargas por los alrededores —le susurró Allan, con una risita silenciosa imparable.

—Precisamente del tamaño de un haba, como le digo —prosiguió la fiscal, que ya no escuchaba al gatito del ex comisario—. Lo cual no deja de ser sorprendente, porque todo el solar circundante está lleno de matas enormes de habas silvestres de una variedad muy amarga, al parecer.

—Ah, que hay muchas plantas de habas amargas por ahí —repitió con voz baja el ex comisario que tenía pinta de alunado, con el móvil en la oreja, mirando a Allan y próximo al babeo. El anciano estaba radiante, parecía en racha: —Si quiere dejarla estupefacta, dígale que sabe que el varón más pequeño, era manco del brazo izquierdo, —Allan se reía por lo bajo y parecía divertidísimo con el giro que iba tomando la tarde—. Y que a los demás, les faltan varias falanges de los dedos de las manos.

—No sabemos si puede tener relación con algo, pero a uno de los varones, el más pequeño, le falta un brazo —prosiguió la fiscal—. El izquierdo.

—Y a los otros les faltan varias falanges de los dedos de las manos —el ex inspector no se había podido contener y había completado a Anitta con voz de autómata, largando más de la cuenta. Allan tampoco se pudo contener y aplaudió a Aronsson, tratando de no hacer ruido. El ex comisario superado en todo, volvió a poner el manos libres, dejando el teléfono sobre la mesa, y se recostó sobre el respaldo.

 

La tarde se le había escapado completamente de las manos, y ya solo le quedaba relajarse y dejar que los acontecimientos siguieran su curso, acomodándose para disfrutar en aquel tobogán en el que descendía vertiginosamente describiendo curvas imposibles. Esa era la actitud más inteligente que se podía adoptar, cuando Allan Karlsson, estaba a menos de diez kilómetros de uno. Había tratado de que terminara la historia que había dejado a medias el día anterior, pero Allan, primero no recordaba nada, después sí, después no y ahora sí, otra vez. Sin embargo, en esta ocasión al activarse su memoria, había hecho coincidir sus recuerdos sobre el contenido del códice de Onassis, con un el hallazgo de unos esqueletos la semana anterior, a muchos kilómetros de distancia. Lo que más le preocupaba al ex comisario, era que esa coincidencia, coincidía, y eso seguro que traería problemas.

 

Por su parte la fiscal, tras escuchar la última frase adivinatoria de Aronsson, guardó silencio durante un rato. La teoría del sexto elemento, cobró de nuevamente una inesperada fuerza. Sin embargo, en lo más profundo de su mente sabía que no era cierta, que no podía ser cierta. Aquel ex comisario, era un tipo chocante. Tenía fama de ser extremadamente lento en sus pesquisas, pero su porcentaje de casos cerrados, era de los más altos del cuerpo. Claro estaba que, no eran muchos los casos que acababan en sus manos. Ekeskoj, la localidad donde había desarrollado su carrera durante la mayor parte de su vida, hasta que le destinaran a Nyköping hacía poco, tenía el índice más bajo de criminalidad de todo el país. Por eso, había resultado algo extraño que solicitase el retiro anticipado con una asignación reducida, cuando le faltaban tan pocos años para la jubilación, que con su expediente, no hubiese sido nada despreciable en comparación. Pero llevaba hablando un rato con él, y estaba confusa. El sexto elemento… En unas ocasiones parecía que iba muy detrás de ella, repitiendo lo que ella decía, y en otras, como aquélla, se le había adelantado.

—Señor Aronsson, ¿puedo preguntarle cómo sabía usted, el dato de la amputación de las falanges de algunos esqueletos, y por qué está tan seguro de que se trata de un asesinato múltiple? Recuerde que está hablando con la fiscal del caso, que usted ha sido policía, podría decirse que es, policía y que la sociedad necesita aclarar, de quién son los esqueletos que aparecen, en el patio de atrás de los institutos.

 

Allan pensó que la fiscal de Jämtland, empezaba a imprimir otra vez a su conversación una deriva política que como todas las conversaciones políticas, era muy de su desagrado y además parecía que se iba a extender por un largo rato. Eso por un lado. Y por el otro, los Ucayalis estaban cogiendo nuevamente sus instrumentos, disponiéndose a rematar el último pase de su actuación estelar. Para él, aquellos dos comportamientos, eran como dos trasatlánticos que se dirigían a toda máquina en rumbo de colisión, en mitad de una espesa niebla y con todos los aparatos de navegación abordo estropeados, debido a una extraña alteración magnética. Afortunadamente, él estaba ahí para evitarlo. Despejaría aquella densa neblina y dirigiría el crucero de la fiscal Bengtsson lo más rápidamente posible, hacia el mar de la tranquilidad de los casos resueltos, y así el navío de los Ucayalis podría continuar plácidamente, su singladura rumbo al puerto del Pireo, su destino en aquella MÁGICA NOCHE DE PSIRI, para disfrute del propio Allan.

 

—Pues es bastante sencillo, señora fiscal —comenzó el centenario Allan, que previamente se había aclarado la voz con un lingotazo de Cáspita. Él no era un tipo que hablase mucho. En realidad no le gustaba hablar pues estaba convencido de que la capacidad de hablar, en el ser humano, era un lamentable error de diseño. Cuando Allan, como cualquier otro, comenzaba a hablar con alguien con la idea de hacerse entender, notaba casi físicamente cómo las probabilidades de conseguirlo se iban reduciendo drásticamente según salían las palabras de su boca. La prueba estaba, según se decía a sí mismo, en que por ejemplo si los pájaros hablaran, un pájaro le podría decir a otro que acabara de posarse en su rama algo así como: “¡Lárgate de aquí!” y el otro, puesto que los pájaros no pueden pensar, ahuecaría el ala inmediatamente o se abalanzaría sobre el parlanchín, para echarle a picotazos de allí. Pero si en cambio, además de hablar, tuvieran la capacidad de pensar, como los humanos, seguro que el intruso le respondería: “¿Sí?, pero a partir de cuándo me tengo que ir”, o “Y ¿por qué tengo yo que irme?”, o “¿Podré volver dentro de un rato?, y si es así ¿dentro de cuánto?”, o mucho peor podría responderle “¿es que acaso ya no me quieres?”, con lo que el enfrentamiento aviar estaría asegurado durante un buen rato o bien, para toda la vida. Hablar era malo, pero tratar de entenderse con palabras era además de inútil, peligroso.

 

Sin embargo, en ocasiones, como ocurría en aquel momento con la pobre Anitta, se veía en la obligación de hablar para echarla una mano en aquel lío tremendo en el que estaba metida. Para tales momentos aplicaba su solución especial que consistía en la ingesta previa de una considerable cantidad de Cáspita, o cualquier otro aguardiente que tuviese a mano, pues era bien sabido que el alcohol dificulta la capacidad de pensar y nubla el entendimiento, circunstancias estas que, una vez alcanzadas, le harían más fácil hacerse entender.

 

Göran, le vio venir y lleno de satisfacción, se arrellanó aún más en su silla hasta quedar casi tumbado en el asiento. Estaba resultando una tarde maravillosamente entretenida, realmente única. Conociendo a Allan y las escasas circunstancias del caso que se sabían hasta la fecha en Bali, se suscitó en su instinto de policía con muchos años de experiencia en investigaciones criminales, a la órdenes de una lista interminable de fiscales, la divertida convicción de que iba a asistir a tres sucesos curiosos, con un fondo musical griego: uno, la resolución de un caso de asesinato múltiple, por parte de un anciano de ciento dos años, a once mil quinientos kilómetros de distancia de donde se había cometido y a la media hora de haber conocido los hechos y, según sus limitados cálculos, veinticinco siglos después de que hubiesen tenido lugar; dos, el colapso mental transitorio, de una fiscal tiernecita de un solo día; y tres, un final “danzabile”.

 

—Verá Anitta —enfiló Allan con el entendimiento aceptablemente nublado, dispuesto a hacerse entender—, se lo resumiré: Pitágoras, el matemático, es el asesino múltiple; el esqueleto de mujer es de su esposa Enusa y los otros cuatro son, los de cuatro de sus siervos. La exuberante plantación de una variedad amarga de habas silvestres que no producen flatulencias, que estoy seguro que ha de haber en el lugar, durante siglos ha ido transfiriendo a la tierra donde se encuentra el enterramiento, una composición química muy particular, que junto con las bajísimas temperaturas de la zona, han conservado los restos envidiablemente. Los hechos se produjeron hace tiempo, y el móvil fueron unos celos bastante bien fundados. ¡Caso resuelto, Anitta! ¡Un asunto de faldas! ¡Quién lo iba a decir! Efectivamente, se trata de un asesinato múltiple con violencia de género, que sin embargo hizo dar al conocimiento humano un salto de siglos y cuya responsabilidad penal parece prescrita, al haber pasado un buen puñado de siglos y haber fallecido su autor antes que nuestro señor Jesucristo —terminó felizmente el anciano, haciendo igualmente feliz a Göran, que acababa de aceptar mentalmente, la invitación de Allan para bailar un sirtaki.

— ¿Có… có… có… cómo dice? Pero ¿quién es usted? ¿Señor Aronsson, es usted? —estalló la señora Bengtsson desde Suecia.

—No. Soy su gatito Anitta. Si se siente dubitativa o algo extrañada de lo que le acabo de contar, tome nota de lo que sigue: no se olvide de hablar lo antes posible, con el equipo forense, para que comprueben si los orificios de los cráneos, coinciden más o menos exactamente con el tamaño de las piedrecitas de mármol que decoraban en forma de cuadrado, todas las fosas: verá qué sorpresa; insístales para que realicen cuanto antes a los restos óseos, la prueba del carbono 14, para comprobar si los data entre el 490 o 470 a. C.; asegúrese Anitta, de que miren bien las vértebras cervicales de la mujer, ya que al menos una estará fatalmente partida; las rótulas de los varones, estarán encallecidas, como si hubiesen pasado largos  períodos de su vida arrodillados, realizando las labores del campo, y los dedos amputados presentarán el corte limpio de un instrumento de labranza o de poda, frecuente entre gentes del campo y leñadores. Espero que con esos encargos, esté entretenida la tarde de hoy. Le prometo que mañana domingo, cuando la diferencia horaria lo haga oportuno, le llamaremos para saber cómo ha ido todo. Ha sido un placer conocerla Anitta, tendrá que disculparnos, pero es que los Ucayalis comienzan ahora el último pase de hoy, que es precisamente su última actuación. Por cierto, como favor personal, hágale llegar cuanto antes a la jefa de policía de Idre, un buen detector de metales —se despidió Allan apagando el teléfono de Aronsson y poniéndolo a enfriar dentro de la cubitera de hielo, pues estaba convencido de que, después de aquella larguísima conversación, el terminal estaría al rojo vivo y aunque, si bien el hielo estaba completamente derretido, el agua en que se había transmigrado su alma glacial, estaría lo suficientemente fría como para atemperarlo y dejarlo fuera de servicio para siempre.

— ¿Le apetecería bailar conmigo un sirtaki, Allan? —le preguntó un Aronsson, completamente orgulloso de tener la oportunidad de bailar un sirtaki, con un tipo como Allan, que además era su amigo, mientras sentía en la distancia, cómo colapsaba la mente de una fiscal.

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[/sws_toggle2][sws_toggle2 title=”UN ESCALÓN MENOS PARA LA FUTURA PRIMERA MINISTRA.”]

 

Aquel sábado, hacía ya dos días que el profesor de filosofía notaba que no era el mismo de antes, que era menos feliz. Desde hacía dos días también su hermano, el flamante policía convicto, sentía que no era el mismo de antes, que era muchísimo más feliz.

A primera hora de la mañana, los cuatro habían emprendido el regreso en coche desde Nyköping, donde habían sido protagonistas el día anterior, de un acto muy emotivo con el que las autoridades habían querido rehabilitar con toda pompa, a Kicki y a su hermano, el guía canino de la perrita. Hasta ahí, el profesor estaba de acuerdo con la vida. Todos parecían encantados: su mujer que había salido profusamente fotografiada en la prensa con su perrita adorada en brazos y que parecía haber olvidado por completo lo ocurrido la tarde del sábado anterior, que había tenido que ocupar casi por entero, en correr detrás de ella; su hermano que ahora era libre y policía otra vez, un caso de manual para la facultad de sociología; y la perrita, que había tenido el día más feliz de su vida;  incluso él mismo, tenía que reconocer que disponía de motivos para estar contento pues, al haber sido la perrita oficialmente sacrificada dos años atrás y dada de baja del censo veterinario oficial, en aquel instante él, que la tenía en su poder, había pasado a ser propietario legal de ella y por tanto, beneficiario de una compensación económica importante. Tenía que reconocer que era un buen motivo para estar contento.

De hecho, en el viaje de vuelta desde Nyköping, había estado pensando que, con cargo a esa imprevista partida de ingresos, podría presupuestar la mejora de sus instalaciones de cultivo de plantas de cáñamo en el patio trasero. Sin embargo, en los últimos días, se encontraba algo confuso, y al llegar a casa y acercarse a ver las rudimentarias instalaciones de cultivo que tenía en el patio trasero, decidió desechar la idea inicial que había tenido aquella tarde de potenciar esos cultivos, después de que una fuerte sensación de aprensión e incluso miedo, le invadiera de repente. La noche del sábado anterior, como consecuencia probablemente de la agitación de aquella jornada en la que habían aparecido los esqueletos, y seguro que también, por el abundante sahumerio de hojas de cáñamo que le había apetecido organizarse en la más estricta intimidad aquella noche, tuvo un sueño despierto que, y ese era el motivo de su zozobra, se había cumplido aquel viernes en su totalidad, con calidades de alta definición, sin excepción alguna en sus detalles.

 

Uno de ellos en particular, le había conmocionado intensamente. Había imaginado a su perrita corriendo alocadamente, mientras perseguía una nube de mariposas blancas, seguida a unos pasos por un tipo ridículo con una correa en la mano que iba dando traspiés detrás de ella. Esa imagen visualizada en su mente la madrugada del sábado anterior, había constituido para él, una cima de belleza e inspiración evocadora, frecuente en ahumados de cáñamo, coincidiendo con el momento en que escuchaba a Kicki, ladrar en sus propios sueños a su vez. Pero verla materializada, pixel a pixel, por decirlo así, apenas el viernes siguiente le había parecido, una advertencia de alguien que era capaz de tener acceso libre a su cerebro y de modificar la realidad oportunamente, para hacerla coincidir con sus imaginaciones o, aún peor, con las de su perrita. Aquello le daba miedo y él sabía prestar atención a los avisos. Después de comer, fue al patio de atrás y buscó las tijeras de podar en el cobertizo. Cuando terminó, metió en un par de sacos grandes de papel toda aquella biomasa de cáñamo que tan solo un día antes él apreciaba tanto, y le prendió fuego en una esquina del patio, junto con unas botellas de plástico para que con su pestilencia, neutralizasen algo el olor festivo de la combustión del otro combustible. Después de terminada la ceremonia, subió al cuarto de baño y ante la estupefacta mirada de su agraciada esposa que no le había visto nunca sin ella, continuó proyectando aquella pulsión de poda regeneradora que le embargaba, sobre su propia coleta. En solo una semana, el hallazgo de aquellos huesos había cambiado profundamente al profesor de filosofía, que a partir de entonces enseñaría también en sus clases filosofía antigua, empezando por el principio: la escuela pitagórica. Todos sus alumnos advirtieron ese profundo cambio en el profesor, que se volvió gris y meditabundo, dejando de ser para ellos un tipo enrollado y accesible, y quedando relegado a la categoría de más aburrido que un profesor de filosofía. Algo no obstante, le hizo animarse un poco, algún tiempo más tarde. Un mes después de su conversión, su mujer y él, recibieron una invitación desde Bali: unos admiradores de Kicki, conocedores a través de la prensa de las injusticias sufridas por el pobre animal, en compensación les invitaban a ellos y a su perrita a pasar unas largas vacaciones con todos los gastos pagados, para que conocieran de paso a un pretendiente que les propondrían para ella, llamado Buster.

 

Kicki, había rechazado públicamente la idea de volver a ejercer en la policía. Lo había visto claro y lo había querido dejar claro, con la humidificación de los zapatos del gobernador y la posterior huida hacia delante, para corretear en libertad saltando entre aquella hermosa nube de mariposas blancas, seguida por aquel tipo tan divertido. Así lo entendieron sus amos que rechazaron el ofrecimiento de la policía, de manera que ahora estaba de nuevo en casa, sin que nadie le dijera lo que tenía que olfatear, olisqueando lo que le venía en gana. Kicki, aún no sabía que aquella decisión suya, haría posible que conociese al perro de su vida, su gran amor Buster. Dos meses después, haría un viaje de recreo con sus amos a Bali, una lejana isla de la que jamás volverían ninguno de los tres, pues allí encontrarían, cada uno de ellos, la felicidad que añoraban: Kicki con Buster, un espectacular pastor alemán que la volvía loquita y que le introdujo en las delicias y los misterios de los olores balineses; su ama, la mujer del ex profesor de filosofía, una mujer en la mejor edad de las mujeres, espantada de la deriva aburridísima que su marido había tomado, que al conocer a Amanda, y a pesar de la diferencia de edad, encontró en ella a su alma gemela y a su profesora de striptease, en su variedad más elegante: el striptease Bouvier, de rabiosa actualidad entre las damas de la alta sociedad balinesa; y su marido, el ex profesor de filosofía,  que a través del hinduismo balinés, de contenido animista, halló la explicación a sus sueños adivinatorios, cada vez más recurrentes.

 

Su guía, por tanto, sintiéndolo mucho se había quedado sin perro. Así era Kicki, cuando tomaba una decisión. Pero el hermano del profesor, ni por un momento pensó en seguir el camino que Kicki había decidido emprender. Tenía otros planes relacionados con su empresa de contramedidas olfativas, a la que había tenido que dejar desatendida circunstancialmente, al pasar a ser huésped del estado, con derecho a manutención. Había pensado que, en contraprestación, ahora sería el Estado quien se haría cargo de financiar todos los gastos corrientes de su empresa y proporcionarle además, las herramientas necesarias y el mercado correspondiente, sin coste alguno para él. A cambio, tendría que resignarse a recibir un sueldo respetable de policía.

 

Para conseguir ese objetivo tan ambicioso que se había propuesto, solicitó un nuevo agente K, al que él se encargaría de enseñar el oficio desde los primeros pasos, haciéndole distinguir entre los más variados tipos de olores especiales, si bien, introduciendo algunos curiosos matices en su adiestramiento. El agente K debía ser capaz, a una imperceptible seña de su adiestrador, de contener sus impulsos espontáneos de perro rastreador de drogas tóxicas y estupefacientes, simulando no haber olfateado nada raro: ese era el objetivo que se había señalado para el adiestramiento del nuevo agente K.

 

En el transcurso de un año, la empresa estaba en una situación boyante. Sus clientes, que habían recuperado una confianza ciega en el producto, pagaban generosamente el precio y contrataban sus servicios, para el día preciso en que él y su agente K especialmente adiestrado, estuvieran de servicio en el aeropuerto. Juntos patrullaban habitualmente en las salas de recogidas de equipajes del aeropuerto o en las dependencias de la aduana del puerto, y descubrían alijos de lo que fuera con total normalidad. Pero en las ocasiones señaladas previamente por sus clientes, un leve tirón y un suave murmullo susurrado por su guía, le indicaban al nuevo agente K, que aquella Samsonite de color rosa que olía tan bien, excepcionalmente,  había que dejarla pasar de largo como si nada, pues en realidad en ese caso, aquel excitante aroma, no era lo que parecía, de modo que la maleta seguía su camino sobre la cinta transportadora S-26 del vuelo procedente de Caracas, y era retirada con normalidad por su legítimo poseedor, muy satisfecho por los servicios contratados.

 

Por su parte el director del instituto se sintió muy aliviado, cuando las medidas de protección de la policía en el lugar de los hechos, fueron retiradas. Inmediatamente tomó a su cargo la dirección y la reanudación de obras, pues lamentablemente, ya no se podía contar con el profesor de filosofía que se había convertido de repente, en un profesor de filosofía básico. Las obras continuaron a buen ritmo y la empresa contratista entregó, según lo previsto, cuatro campos de béisbol, justamente coincidiendo con el alumbrado del Real de la Feria en Sevilla, la primavera siguiente. Pero aquello, por coincidencias precisamente de fechas, impidió la presencia del maestro Curro Romero, en la fiesta de inauguración de los cuatro campos aunque, no obstante, prometió su presencia para más adelante, ya que él jamás había faltado de Sevilla en abril.

 

La reconversión de cuatro campos de béisbol en un coso, se llevaba a cabo, según el diseño previsto, siguiendo un protocolo de actuación en el que se invertían tan solo veinte minutos, incluyendo burladeros y toriles. El diseño sueco, era ejemplar. En poco más de un cuarto de hora, Idre, Jämtland y Escandinavia, disponían de un coso taurino donde apreciar la magia del arte Cúchares (la antigua danza del hombre con la muerte que, como una luna de afiladas puntas, corona la noble cabeza del toro bravo) justo en el lugar donde poco antes se jugaba a darle a una pelota con un palo. Ni comparación.

 

El campo de béisbol, la plaza de toros y la escuela taurina llevaban su nombre. Fritjolf Olofsson, el director, había rechazado inicialmente la propuesta del consejo en este sentido, pero la presión de los padres en el APA, que estaban encantados de aquella realidad, le obligó a ceder. A la entrada del recinto un letrero anunciaba el campo de béisbol de Idre Fritjolf Olofsson:

 

IDRE BASEBALL FÄLT “FRITJOLF OLOFSSON

 

Un sencillo mecanismo basculante permitía dar la vuelta rápidamente al letrero, que en el momento oportuno mostraría en español:

 

ESCUELA SUPERIOR DE TAUROMAQUIA DE IDRE “FRITJOLF OLOFSSON”

 

Lo cual, naturalmente, propiciaba que el común de los ciudadanos ajenos a la secreta iniciativa, se encogiese de hombros pues desconocía lo que aquel cartel en español significaba. Debajo, en idioma vernáculo y letra muy pequeña para evitar que una excesiva divulgación del contenido aclaratorio pudiese acabar llegando a sectores contrarios al noble arte, aparecía la traducción:

 

Idre Överlägsen Tjurfäktning Skolan “Fritjolf Olofsson”

 

 

 

No fue lo único que sacó el director de esa experiencia. En las tientas privadas que empezaron a celebrarse en su despacho, a partir del consejo en el que se aprobaron las obras del campo de béisbol, la señora Blomqvist, como sobrera pasó a ser sustituta de la astada titular, ya que, como pudo comprobar el director con satisfacción, también eso se le daba bien.

 

El período de tres meses que debían aguantar antes de casarse el reportero del Expressen y la jefa de policía de Idre, fue prorrogado por períodos iguales, a instancia de la parte policial, quedando la periodística progresivamente en precario. En parte por la llamada no inocente, que la fiscal de Jämtland había realizado al jefe de redacción de Östersund, quien pocos días después, le devolvió la llamada diciéndole que no les constaba nada fuera de lo normal acerca de aquel reportero. Ella le dio las gracias con un enigmático, “Ah, vale, si usted lo dice…”, a partir del cual, el reportero quedó en cuarentena de ascensos.

 

 

*

 

 

No obstante, aquella tarde del sábado veintinueve de septiembre de 2007, después de terminada la conversación con el gatito del ex comisario Aronsson, la fiscal de Jämtland se dio cuenta que la residencia del primer ministro sueco, estaba aún a quinientos sesenta kilómetros de Östersund, capital de la provincia de Jämtland, todo lo más un par de metros más cerca.

 

El lunes anterior, al ver a su jefe en su despacho completamente abatido tras su fin de semana en Estocolmo, pensó que la distancia entre su mesa y la de él, unos ocho metros y medio aproximadamente, se había ido reduciendo a lo largo de la mañana, hasta que por la noche, al irse a casa, le pareció que estaban a un par de metros tan solo. El jueves, cuando su jefe se tumbó definitivamente en el sofá, y ella se lanzó a tomar todas aquellas medidas que tan eficazmente habían encauzado la situación, sus mesas estaban ya superpuestas. Al día siguiente, cuando se puso los auriculares para comprobar, entre otras cosas, el funcionamiento del sistema de sonido en el acto de rehabilitación de la perrita, comprobó también que las mesas del ayudante del gobernador de Jämtland y la de fiscal de Jämtland, estaban mágicamente macladas. Luego, ese mismo día, al recibir la llamada del ministro citándole urgentemente a ella en la sede ministerial, las mesas del gobernador de Jämtland y su ayudante, podría decirse que ocupaban la misma vertical. Cuando un rato después, salió del despacho ministerial, pensó que las mesas del gobernador de Jämtland y del ministro de justicia, habían encajado como piezas de un mueble de Ikea. Por último, en la soledad del avión que la devolvía de noche a su ciudad, sentía que aquel recorrido que estaba haciendo que separaba la ciudad donde ella vivía y Estocolmo, donde se encontraba la residencia del primer ministro, había empezado a menguar imperceptiblemente. Así de animosa era Anitta Bengtsson.

Sin embargo, aquel amigo del ex comisario había cogido sus neuronas y las había agitado como si se tratase de un experimentado barman. Así que pensó, que había llegado el momento de tomarse el primer whisky del sábado. Tenía que recomponer los destrozos que notaba, en el camino que se había trazado para resolver aquel caso. Aquella imaginación del amigo de Aronsson, era temible, peligrosa, como un canto de sirenas que abocara a un abismo. A su favor estaba el hecho de que aquellos dos tipos estaban en Bali, y eso le tranquilizaba, de modo que se sirvió otro whisky. Tenía la sospecha de que mantener una larga conversación con aquel señor, habría de ser nocivo para cualquier tipo de ser vivo, aunque ella, afortunadamente, no lo había podido comprobar plenamente. Lo haría diez horas después.

 

¡Pitágoras, nada menos! Podía imaginar las infinitas posibilidades de los titulares del Expressen con una noticia de ese tipo. Iba a ser divertido hablar con el forense-jefe de Sveg, de todas aquellas chaladuras que el amigo de Aronsson le había sugerido que verificara. Era más, se serviría otro whisky y llamaría al forense-jefe sobre la marcha. Así comprobaría si estaban trabajando a esas horas del sábado, como ella había ordenado y, de paso, le comentaría aquellas delirantes teorías. Cuando colgó al forense-jefe después de hablar con él, la fiscal tenía un semblante serio y se sirvió otro whisky. El forense le había dicho animadamente, que la llamaría en un par de horas para darle los resultados de lo que le había pedido en esa última conversación: pero aquel tipo, parecía muy motivado con la disparatada teoría del amigo de Aronsson que ella le había contado. Cuando colgó por segunda vez al forense-jefe, justo dos horas después, su expresión era preocupante. Llamó al departamento de policía de Sveg y ordenó que enviaran un detector de metales en un coche patrulla inmediatamente, a la jefa de la policía local de Idre. Sentada a la mesa de su despacho, se recostó sobre sus brazos encima de la escribanía y lloró un poco, hasta quedarse dormida.

 

 

 

*

 

 

Podría decirse que el sirtaki, en apenas una tarde, había perdido sus misterios para el ex comisario Aronsson. Cuando Allan Einstein volvió al hotel esa noche del sábado, le encontró con su padrino Allan en la barra del bar del hotel y un grupo de peruanos vestidos con el traje típico griego. Todos cantaban y bailaban a la vez, ya sin instrumentos, puesto que la actuación de los Ucayalis había ya terminado. Tinín, tinín, tinitinín, cantaban entusiasmados.

—Ven Allan, quiero enseñarte cómo se baila una sardana —le animó el ex comisario a Allan.

—No, gracias. Llevo llamándote toda la tarde, para leerte los titulares de la prensa sueca como me habías encargado, pero estabas comunicando todo el rato y después, tu teléfono está apagado —le contestó Allan Einstein encantado de verles tan animados.

—No, está enfriándose —corrigió el ex comisario. Su gran amigo Allan, tirando su teléfono a la cubitera de hielo, había hecho por él, lo que él mismo no se había atrevido a hacer desde que llegó a Bali: olvidarse definitivamente de su pasado y ponerlo a enfriar—. Pero ¿por qué no tomas unas lecciones de sirtaki, con nosotros Allan?

—No, gracias otra vez. Os dejo, porque mañana tengo que madrugar. Que os lo sigáis pasando tan bien. Aquí te dejo la prensa sueca que me encargaste, Göran. Por lo visto hay una buena historia montada con unos esqueletos que han aparecido. Lástima que no puedan contar con vosotros para resolver el caso —les dijo Allan Einstein divertido.

— ¡Ah, por cierto Allan! Toma nota: no te olvides de buscarnos en internet, antes de irte a descansar, el número de teléfono de la fiscalía de Östersund, en Jämtland. Nos lo dejas en recepción, que mañana tenemos que disculparnos con Anitta, ¿vale? —le pidió Allan a su ahijado. Y eso fue lo que pasó.

 

 

 

*

 

 

Al día siguiente al mediodía, aunque era domingo, Allan y el ex comisario Aronsson, que estaba bastante mejor informado tras leer la prensa que le había traído Allan el joven el día anterior, llamaron por teléfono a Tyra, la jefa de la policía de Idre a la que no les fue difícil localizar. Aronsson después de presentarse debidamente recordándole que era amigo de su padre, aunque omitiendo con cierto embarazo las circunstancias de la última vez que habían estado juntos, se excusó porque, debido a la diferencia horaria, quizá la hubiera despertado. Tyra le dijo que ya estaba despierta desde hacía un rato y que no se preocupara pues antes de su llamada, había llegado a toda velocidad un coche de la policía de Östersund con un paquete que contenía un detector de metales, aunque sin ninguna instrucción sobre qué tenía que hacer con él. Aronsson le explicó que justamente llamaba para eso: tenía que ir lo más rápidamente que pudiera al solar del instituto y con la ayuda del detector, debería buscar unas piezas de plomo, semejantes a las habas de mármol de las tumbas, precisamente en los lugares donde fueron hallados los cráneos; también debería buscar, empezando por donde había aparecido el esqueleto de la mujer, un instrumento de hierro con forma de tubo. Después debía llamarles de nuevo. Una hora después lo hacía para decirles que aquellos objetos estaban en su poder. Le dieron la enhorabuena y le dijeron que los custodiase hasta recibir instrucciones de la señora Bengtsson, que no tardaría en ponerse en contacto con ella. El ex comisario sabía que acababan de ayudar bastante a Tyra, la pequeña de su gran amigo Magnusson, que hacía tan solo tres años, había estado brincando en sus rodillas.

 

Después de hablar con Tyra, hicieron su siguiente llamada.

 

—Anitta Bengtsson —se oyó entre balbuceos.

— ¿Es usted, señora Bengtsson? —preguntó Allan.

—Pues, pues…sí —respondió como pudo la señora Bengtsson, que acaba de dar un respingo en su mesa, antes decidirse a descolgar el teléfono que le había despertado, como un tutti de metal en una ópera alemana, de los que consiguen despertar a la mujer del embajador norcoreano en la primera fila de butacas del Deutsche Oper Berlín. No le fue fácil ingresar en la memoria de la realidad. Aquello llevaba su tiempo, y Allan lo sabía; así que le dejó todavía medio minuto de cortesía:

— ¿Anitta? —preguntó otra vez—. Sé que ayer debió ser un día ajetreado para usted pero, aunque sea muy temprano allí, teníamos necesidad de continuar la charla de la tarde de ayer, que tuvimos que interrumpir porque era la hora de nuestra clase de danzas regionales.

— ¿Es usted el gatito del señor Aronsson? —preguntó la fiscal, que no lograba recordar un dolor de cabeza como aquél.

—Negativo. Soy su amigo, y el señor Aronsson está a mi lado, igual que ayer estaba yo al suyo. Por cierto, he conectado el altavoz del teléfono desde el que hablo en el despacho que nos ha prestado mi ahijado, para que el señor Aronsson pueda escuchar nuestra conversación y participar en ella, de ser su voluntad —aclaró Allan, que solía tener la rara manía de aclarar la posición relativa de las personas que intervenían en una conversación, quizá para no olvidarlo él mismo.

—Bien. En primer lugar, debo disculparme, por no haberme presentado y por haberme entrometido en la conversación que mantuvieron ustedes, en la tarde de ayer. No andaba usted desencaminada con su pregunta de hace un momento, puesto que ayer, efectivamente yo era el gatito de mi amigo Göran, y aunque tengo ciento dos años, sé reconocer, incluso telefónicamente, a una verdadera señora, de educación esmerada, fluida conversación, capacidad de síntesis y claridad expositiva —Allan pensaba, que con las autoridades en general, una dosis de reconocimiento personal, alejado suficientemente de la adulación exagerada, producía unos efectos lubricantes beneficiosos. De modo que continuó su alocución.

 

 

 

 

 

Tampoco le había pasado a Allan desapercibida, la preocupación inteligente y oportuna de la señora Bengtsson (¿podría llamarla, Anitta? Él, tenía que reconocerlo, adoraba llamar a una mujer Anitta, y lo hacía con cuantas podía, ¿podría? ¡Bien!) alababa por tanto, el acierto de Anitta en aconsejar a su marido la cura de la afección de garganta que había padecido en Corfú, mediante la ingesta de Metaxa. Bien, llegado a este punto, le pedía nuevamente disculpas por haber escuchado sin pretenderlo, la conversación ya mencionada con el señor Aronsson en el día de ayer, y que él, por estar al lado de él, al igual que los animales de compañía como por ejemplo es el caso de los gatitos, no había podido evitar escuchar a ratos y en parte, cuando el sueño se lo había permitido.

 

Hasta ese momento, la fiscal había permanecido en silencio, incluso después de haber descartado la eventualidad de desmayarse. ¿Podría el ex gatito del ex comisario Aronsson, esperar dos minutitos a que ella encendiera la cafetera eléctrica y se calentara un café? La fiscal consiguió un tiempo muerto, para lavarse la cara y tomarse un café rápido, mientras escuchaba a Allan por el manos libres (que ella había activado por si las moscas), tratando de convencer a Göran de las ventajas de hacerse groupies de los Ucayalis e irse con ellos en su autobús, en la gira musical que estaban llevando a cabo en la isla de Bali y que según tenía entendido, reemprenderían al día siguiente, lunes. Anitta, mientras trataba de reconstruir su espíritu, tuvo que superar la intranquilidad que le producía escuchar de nuevo aquella voz. Sabía, que el camino a la cancillería no iba a ser fácil y aquélla era una prueba, pero se sobrepuso a ese desasosiego, gracias a dos cosas que en realidad eran la misma, un rasgo característico de género: en un primer momento había sido la curiosidad de fiscal, pues la noche anterior, tras la conversación última con el forense-jefe, a falta de los resultados de la prueba del carbono 14, se habían confirmado todos los datos aportados por el minino del ex comisario; después, fue la curiosidad femenina la que la mantenía a la escucha de aquella voz: ¿sería él, aquel viejito que había organizado hacía dos años, una convulsión durante varias semanas, en diversas provincias de Suecia, escapado de su residencia de la tercera edad, del que tanto había leído y oído hablar? Si eso fuera así, se podría dar por descartada la teoría del sexto elemento pues allí estaba el quinto, acabando con su presencia de ánimo. Se sentó nuevamente a la mesa con otra taza de café en la mano y le dijo a su verdugo que podía continuar con la sesión de tortura, ya que después del primer café se encontraba mucho mejor y estaba por tanto en condiciones de encontrarse mucho peor de nuevo.

 

Gracias, Anitta. No era que a él, le gustase hablar, ni tan siquiera hablar a destiempo, pero al oír a Anitta el día anterior comentarle al ex comisario, todas aquellas cosas que habían ocurrido la semana pasada en su país, no había podido por menos que relacionarlas con su amigo Aristóteles Onassis. La fiscal escuchó otro chasquido en su cabeza (“¡Caramba —pensó—. Va a ser peor de lo que pensaba!”). Sin embargo, ella no cometió el error que a Allan tanto sorprendía y se abstuvo de repetir aquel nombre. Respiró profundamente y continuó escuchando la voz metálica que salía del manos libres:

 

Ari, después de que Allan, o sea él, modestamente, consiguiera la paz entre él y JFK, en virtud de la cual el Presidente, había prometido solemnemente, no tirar el puesto de frutas de Ari por el suelo, éste le había quedado muy agradecido a Allan. Tiempo después, cuando Jacqueline y Ari les anunciaron que se iban a casar, por cierto tal y como el general De Gaulle en privado les había dicho a Allan y al presidente Johnson que acabaría ocurriendo, Ari, en agradecimiento por todo lo que había hecho por él y por Jackie, le entregó un regalo muy especial que la encargada de la limpieza de la embajada en París arrojó enseguida a la caldera, pues realmente apestaba. Sin embargo Onassis al entregárselo, le hizo un pequeño resumen de su contenido, que era realmente escandalizador, por definirlo de una manera muy, pero que muy benevolente. Como quisiera que la memoria era una fuente que unas veces manaba y otras no, respecto a aquel hecho no lo hacía ya,  y permanecía seca desde entonces. Así que Allan no recordaba nada, nada, del resumen que Ari le había hecho acerca del contenido del manuscrito de Pitágoras. Tan solo recordaba, como ya había dicho, que el asunto era de armas tomar. Kaputt, nichts, niente, todo olvidado para siempre, remachó. Justo hasta que por casualidad la tarde anterior, la escuchó a ella hablar por teléfono con Aronsson, del hallazgo que había tenido lugar en ese pueblecito. Los detalles de aquel caso le hicieron recordarlo todo, de modo que ahora que la fiscal ya conocía lo que le acababa de contar él, habría comprendido sin duda, por qué le había resultado tan fácil deducir todas las conclusiones que la tarde anterior, él le había contado sobre el asunto, que la señora fiscal por tanto, podía dar por resuelto.

 

¿Ah, sí?, ¿podía ella? le preguntaba la fiscal, que en esos momentos pensaba que había sido una mala idea, no dormir aquella noche en su casa, ¡Dios santo, una cama! ¡Cuándo volvería ella a ver un mueble de aquéllos! Se levantó del sillón de su despacho y se tumbó en el sofá, para seguir escuchando aquella voz a través del manos libres. ¿Estaría realmente el caso resuelto y podría ella irse a casa a descansar? Le pidió amablemente a aquel señor, si le podría enumerar entonces las claves que, a la vista de lo de Johnson, De Gaulle, Kennedy, Onassis y la mujer de los dos últimos, resolvían aquel misterio.

 

—Verá, Anitta. Efectivamente se trata de un asesinato múltiple, como le adelanté ayer. El asesino fue Pitágoras, el matemático y filósofo, postulador de la transmigración de las almas, vegetariano, cornudo y mal perdedor, y co-inventor de la pistola mecánica. El esqueleto femenino, perteneció a su mujer, que se llamaba Enusa y no Téneo como se la ha conocido en la, por otra parte, siempre contradictoria, cuando no falsa, pero siempre dudosa, biografía de Pitágoras —se explayaba el anciano. A Aronsson le encantaba estar viendo brotar nuevamente, en pleno desierto de Salt Lake, un chorro de agua fresca y abundante de una vieja cañería oxidada, y Anitta se encontraba cada vez más cómoda y relajada en el sofá.

 

— Enusa, tenía treinta años menos que Pitágoras y era al parecer, bastante agraciada, aunque por lo que luego diré, hay que considerar la posibilidad de no creerse un solo dato de la biografía que en la actualidad se conoce de su marido. El de Enusa por supuesto, no del suyo, Anitta. Según constaba en ese documento que Onassis me leyó, los dos habían escapado de Italia hacía el año 496 antes de Cristo. Por tanto, Pitágoras no murió en Metaponto, ni abrasado en la casa en llamas de su amigo Milón en Crotona, ni en Siracusa, ni en Síbaris durante el asedio de los crotones, ni tan siquiera a manos de los siracusanos, en un campo de habas que el filósofo se había negado a hoyar en su huida. Bueno, esto es lo único que, en cierto modo, es algo cierto. Probablemente Anitta estará de acuerdo conmigo en que quizá, solo la biografía oficial de Lee Harry Oswald contiene más mentiras por año de vida, que la de Pitágoras, que al parecer llegó a los cien años, je je. Lo que sí es cierto, pero no porque se cuente en sus biografías, sino porque él mismo se lo dictó a un alumno suyo en un largo testimonio autobiográfico que enterró en el más estricto secretismo, es que cuando Pitágoras llegó corriendo con todos sus discípulos a un gran campo de habas, huyendo de los siracusanos que les querían practicar una transmigración de urgencia, efectivamente se negó a atravesarlo para salvarse, al entender que las pobres habas también tenían su corazoncito. Pensó que una tropa con carruajes, caballerías y ganado, pasando por encima de ellas, no les iba a sentar bien a sus almas de haba, y que aquello iba a ser una transmigración muy precipitada para ellas. Sus seguidores, que hasta entonces lo eran ciegamente en todo, en esa ocasión le hicieron un gesto sonoro llevándose los dedos a la boca, imitando quizá las flatulencias propias de la digestión de habas, y continuaron su huida por aquel campo, dejando a un sorprendido Pitágoras detrás. Pitágoras, según su biografía oficial, en aquel momento pensó en cuervos, y allí mismo fue capturado y muerto por sus perseguidores.

 

—Falso —dijo con énfasis, y Aronsson rellenó con Cáspita en ese momento el vaso de Allan, que se lo agradeció con la mirada, nada más vaciarlo de nuevo de un trago. Esa palabra era la contraseña que había pactado con su amigo Göran, para que tuviese la amabilidad en tal momento de rellenarle la copita de Cáspita, para nublar su entendimiento y hacerse entender mejor, en algún punto especialmente enrevesado de su relato. La fiscal por su parte, había encontrado hacía un rato la postura idónea en el sofá y estaba cada vez más relajada y más relajada.

—¿Tiene usted un gatito también, Anitta? —preguntó Allan a continuación.

—No, no, le aseguro que estoy muy atenta y bien despierta. Continúe por favor —se despabiló la fiscal en el sofá.

—Con mucho, gusto Anitta. Como ya estoy llegando al final de mi exposición, quizá sería bueno que tomase lápiz y papel, y que fuese anotando, si no lo hubiese hecho ya, los resultados de las conclusiones y comprobaciones que le sugerí ayer que realizase, para disponer como fiscal, de una base probatoria sólida, cuando tenga que comunicarle a la prensa las particularidades de este extraño caso, si es que decide hacerlo finalmente.

 

—Veamos: Pita (en la intimidad de la antigua Grecia, yo estoy convencido Anitta que acortaban aquellos nombres imposibles que se ponían, para hacer más fáciles las cosas de la vida cotidiana, como por ejemplo llamar a un Ari, o un Socra, o a Parme, para avisarles que la cena estaba lista, o pedirles que salieran a abrir porque llamaban a la puerta, en lugar de llamar varias veces a un Heráclito-de-Éfeso, que se estaba haciendo el longui, para que fregase de una vez los cacharros; reservarían el nombre completo quizá, para cuando la mujer tenía intención de comenzar una disputa familiar, porque su marido había vuelto a dejar destapada la letrina), pero ¿dónde estaba?, ¡ah, sí!,  Pita como iba diciendo, era el asesino y Enu su víctima. Pero, ¿y el arma?, ¿y el móvil? y, ¿a quién pertenecieron el resto de los esqueletos? El móvil, fueron los celos, como ayer le adelanté, pero para conocer cómo se habían producido y la repuesta a las otras cuestiones, tendré que hacer un pequeño recorrido por la antigüedad que espero resumir, todo lo que me permita mi interés en que no se pierdan los matices del caso.

 

Pita y Enu, lejos de continuar la huida con sus discípulos, estropeando aquel espléndido campo de habas, se ocultaron entre sus matas que pueden llegar a ser bien altas, mientras los siracusanos daban alcance a sus discípulos y tras reprenderles someramente, les dejaban marchar.

 

—Completamente falso, hasta arriba de falso —dijo Allan mirando a su amigo— pues sus perseguidores tras alcanzarles, les asesinaron y prendieron fuego a sus cadáveres para favorecer según dijeron, no sin cierta mofa, una cálida transmigración de sus almas.

 

El resultado: un magnífico campo de habas destrozado, la escuela pitagórica literalmente reducida a cenizas y la leyenda de que su fundador había terminado sus días allí. Aquel episodio, inspiró inmediatamente en Pita y en Enu la idea de que había llegado para ellos el momento de abandonar esa parte de Italia, por lo que emprendieron un viaje que, pretendiendo que les situara los más lejos posible de Crotona, terminó en la mitad de la península escandinava. Por el camino, tuvieron que cruzar los Alpes en jornadas realmente fastidiosas, que Allan por su parte podía imaginar, pues él tuvo que cruzar también en cierta ocasión el Himalaya, en similares condiciones.

 

Al llegar a su destino, se hicieron ayudar por unos lugareños pertenecientes a la tribu “katet” o catetos, sin instrucción alguna, anteriores a los “samis”, que por entonces poblaban aquellas tierras frías, y levantaron una granja y un aserradero, como tapadera de una nueva escuela esotérica, todavía más oculta y misteriosa que la anterior que allí fundaron. Captaban a sus alumnos en los viajes proselitistas que Pita realizaba con frecuencia por las comarcas de alrededor. En poco más de un año, en los terrenos que en la actualidad ocupa el instituto de Idre, habían establecido, lo que ahora llamaríamos una secta. Pita, pasaba la mayor parte del tiempo de viaje y al regresar de uno de ellos, dos días antes de lo previsto, se encontró a la coqueta Enu muy entretenida en una lección de física sobre la impenetrabilidad de los cuerpos, que había organizado en su cuarto, con cuatro de aquellos lugareños que aunque incultos, parecían saber mucho sobre la materia de estudio de ese día y así mismo, estar bastante bien dotados para demostrar las excepciones a la misma. Aquello cabreó a Pita hasta tal extremo, que decidió adelantar algo la transmigración de las almas de su esposa y de aquellos cuatro catetos, descerrajándoles un tiro en la nuca a cada uno de ellos incluida su mujer.

 

— ¿Verdadero o falso? —preguntaba retóricamente Allan—. Falso otra vez, si tiene la amabilidad, pues a Enusa a causa del aprecio que le tenía, la despachó empujándola por las escaleras de la casa, lo que le ocasionó una limpia fractura de cuello de la que falleció en el acto. Tras manifestarles con rotundidad su total disconformidad con las clases lectivas de aquel día, organizó con cierta tristeza el enterramiento de todos los educandos y de la maestra, en un lugar cercano donde estaba realizando unos cultivos experimentales de una variedad de haba que, aunque amarga, había logrado que no produjese flatulencia alguna y que a la vez, había dotado de una extraordinaria capacidad reproductiva: el primer cultivo transgénico.

 

Aunque no estaba satisfecho del comportamiento libertino de su mujer y se lo había hecho saber de un modo geométrico, haciéndola descender precipitadamente por la hipotenusa de la escalera de la casa, Pita la quería. De manera que construyó el enterramiento, la pista de despegue de sus almas por decirlo apropiadamente, con una decoración que resultó ser, sin pretenderlo, afortunadísima desde el punto de vista de la señora fiscal y también de la humanidad. La fosa de su mujer, estaba enmarcada por un cuadrado formado por piedrecitas de mármol con forma de haba, que ella había encargado para un mosaico que tenía en preparación. Del mismo modo decoró las fosas de aquellos cuatro katet, pero para ningunearlos, sus cuadrados eran menores, de forma que entre todos ellos, conjuntamente formaban uno igual y contiguo al de Enusa. Allí enterró también el arma homicida.

 

Unos pasos al norte de aquel singular enterramiento, mandó construir un mosaico en el suelo con piedras de mármol liso y blanco, con la forma de una enorme estrella de cinco puntas, emblema de su escuela de pensamiento. A partir de aquel trágico suceso y hasta que la muerte finalmente se llevó su alma, distrajo su abatimiento dedicándose con total intensidad a las tareas de maestro. Entre ellas se impuso una nueva, a la que destinó un especial esfuerzo: se dedicó a propalar leyendas y a enviar escritos hacia el sur, para ocultar, confundir y camuflar para los siglos venideros, todos los rastros reales de su biografía. En esta tarea alcanzó un éxito solo comparable al que tiempo después, lograría un imitador suyo, el juez Warren, en el divertido informe que redactó sobre el asesinato de JFK, llevado a cabo, según imaginaba él, por Lee Harvey Oswald solito, lo que como sabe cualquier niño de este planeta, era falso, aunque un dedito nada más, pues ya quedaba menos. Nada se sabría con seguridad absoluta en el futuro, de Pitágoras, de su persona y de su obra, de la vida y de la muerte de ese experto en desinformación. De ese modo, logró cambiarle póstumamente el nombre a su mujer, que sería conocida en el futuro con el nombre de Téneo, quedando olvidado su verdadero nombre: Enusa.

*

 

—¿Señora Bengtsson?, soy Karlsson ¿recuerda? Me da la impresión de que su gatito otra vez está empezando a quedarse despierto.

—No se preocupe Karlsson. Allan, ¿verdad? —le identificó por fin encantada la fiscal, súbitamente despabilada. La teoría del sexto elemento definitivamente descartada, pues un quinto elemento estaba vivo y bien vivo, aunque a estas alturas era ya intrascendente—. Ha sido solo una pequeña cabezada, pero siga, siga, señor Allan Karlsson.

—Pues bien, como le decía, Pita como todo desinformador, no pudo evitar la tentación de dejar una puerta trasera abierta: dictó a un alumno de su confianza un largo escrito en griego, relatando su verdadera historia, la huida de Italia hasta Escandinavia, la fundación de la nueva escuela, los conocimientos más ocultos a los que el maestro había tenido acceso, los secretos numéricos y cabales más antiguos que había aprendido en sus viajes por Egipto y oriente, sus impresiones sobre las costumbres y la manera de ser de las gentes que habitaban aquellas tierras a la que habían llegado en su huida, sin olvidar el capítulo de la muerte de Enusa y los cuatro siervos y por último, las circunstancias en las que tuvo lugar un increíble y sorprendente hallazgo final de Pitágoras.

 

Ese escrito le sobrevivió al maestro, y fue ocultado y protegido según las instrucciones férreas que dejó dictadas. Sin embargo, algunos años después fue pasto de las llamas a manos de un desconsiderado seguidor suyo que lo quemó, molesto porque la variedad de habas conseguida por el maestro no era capaz de acabar con sus flatulencias. Afortunadamente, tiempo después, fue rescrito por un familiar del salvaje que lo había quemado, un apasionado de aquella historia que, con anterioridad a que su pariente lo destruyera, lo había leído y releído hasta memorizarlo por completo, extasiado por su sorprendente contenido. Al final del texto original, tuvo la ocurrencia de añadir una crónica sobre los hechos y las circunstancias que habían motivado su primera destrucción y su posterior rescritura.

 

Esta curiosa vocación de ave fénix del manuscrito, pasto de las llamas y vuelto a renacer, se consagró y se repitió por generaciones. A lo largo de su existencia, inexplicablemente, como ungido por un destino esotérico que le hiciese transmigrar a distintas pieles curtidas, papiros, vitelas, y en los más variados tipos de tintas, fue quemado y rescrito en muchas ocasiones. Lo curioso era que cada nuevo amanuense añadía las circunstancias de la última cremación. Así por acumulación, el apéndice que contenía el relato de todas las incineraciones, era casi más alucinante que el cuerpo original del relato, pues reflejaba todas las peripecias de sus burdas o taimadas combustiones, sus apasionadas nuevas redacciones por sus ardorosos salvadores a lo largo de los siglos y de las distintas naciones y pueblos en cuyo seno había permanecido oculto; y las reacciones que esos conocimientos antiguos y ocultos habían desencadenado en los pocos elegidos que habían llegado a conocer su contenido; era un canto muy melodioso a la permanencia a través del tiempo, a la eternidad en opinión personal del último amanuense.

 

Éste precisamente, después de reescribir el legado de Pitágoras y todas las anotaciones añadidas a lo largo de su historia por cada uno de los que habían intervenido en su existencia de fuego y resurrección, añadió una última. Escrita en un dialecto vikingo, confesaba en ella que, extasiado por su contenido, se había propuesto realizar un viaje en su drakar, con un puñado de aventureros amigos suyos, con la pretensión de devolver aquel fabuloso escrito a Grecia, el lugar donde había nacido su inspirador. Depositó el manuscrito de vitela en el interior de las barricas con sal donde guardaban el pescado desecado, pues ahí el legajo, protegido de la humedad, se conservaría mejor y emprendieron el viaje. Tras bastantes semanas de navegación, en las que el pergamino se impregnó hasta sus últimas moléculas y para el resto de sus siglos de existencia, del recio olor del pescado en salazón, llegaron por fin a su destino. Sin embargo, para sorpresa de todos y pasmo del navegante encargado de marcar el rumbo, en las tierras a las que arribaron, no encontraron ningún templo griego, ni nada de ese estilo. Tan solo, unos lugareños que vivían en chozas y que parecían muy felices con sus plumas en los cabellos y sus taparrabos. De hecho, los recién llegados achacaron el alto grado de felicidad que parecían disfrutar, a sus escasísimos conocimientos de filosofía, lo cual les hizo darse cuenta de que habían errado el rumbo y que aquellas tierras no eran Grecia. Así que, después de avituallarse convenientemente en tierra, decidieron regresar por donde había llegado, dejando allí al responsable del error, con el objeto de que fuese mejorando sus conocimientos de navegación por las estrellas. A aquellos curtidos aventureros, esas tierras de inmensos bosques, llenos de osos y pavos salvajes, no les pareció que fuesen a tener porvenir ni relevancia algunos en el futuro de la humanidad. Como resumió asomado a la popa del drakar, el jefe de esa expedición con destino a Grecia, mientras veía alejarse aquellas costas salvajes, no parecía precisamente el lugar idóneo desde el que el hombre pudiese dar un salto y alcanzar la luna.

 

Por fin, avistaron tierras con bastantes restos de templos griegos, de modo que escogieron una pequeña isla deshabitada, para dar en ella cumplimiento al honorable motivo de aquel largo y hasta ese momento, infructuoso viaje. Bajaron a tierra y erigieron un pequeño monumento de piedras, depositando oculta en el interior de una vasija, la última edición del voluminoso manuscrito, no sin ciertas dificultades pues, de cada piedra que levantaban, salía una legión de escorpiones. Y allí se perdió la verdadera pista de Pitágoras para siempre, hasta que hace varias décadas Ari lo encontró en su isla, me lo regaló, y finalmente en París, la ciudad de la luz, el pergamino de vitela acabó convirtiéndose en la caldera de la embajada, precisamente, otra vez en luz. Voilà!

 

*

 

La fiscal de Jämtland, a esas alturas ya se había incorporado del sofá y, desde hacía un rato, tomaba notas desaforadamente. Aquellas notas, las guardaría a buen recaudo. Anitta había aprendido a hacer caso a su instinto de una manera sistemática, sin medias tintas, algo que los humanos habían empezado a olvidar al día siguiente de la invención de la rueda, y estaba segura que en el futuro le serían de utilidad, quizá de muchísima utilidad.

 

La dedicación exhaustiva a su carrera política que había empezado fulgurantemente, a principios de esa semana, en muy poco tiempo acabó con su matrimonio. Habría sido estúpida, si por mantener un matrimonio naufragado hacía años, no hubiese hecho caso de su intuición cuando vislumbró como una señal, la decadencia en que se había sumido su anterior jefe y lo accesible que le resultaba su puesto, como primer peldaño de su carrera política. Pero como un primer ministro en su país, debía estar casado y, preferiblemente, en segundas o posteriores nupcias, pocos años después, se casó con un ex comisario de policía con el que consiguió dar una extraordinaria utilidad a aquellas notas. La distancia que la separaba del Sagerska palatset en Estocolmo, donde residía el primer ministro, había empezado a menguar considerablemente, conforme había ido recuperando la legendaria entereza de las mujeres del clan Bengtsson, esa mañana de domingo. Todo aquello que le había contado aquel tipo, que ya había identificado como el anciano Allan Karlsson, era imposible que fuera cierto, en ninguno de sus detalles. Así que, seguro que lo era en todos.

 

—Estoy extasiada, señor Karlsson. La cuestión está en saber, de qué modo conseguiríamos extasiar a la opinión pública, sin que ella nos acabe extasiando a nosotros. Ayer, me confirmaron la existencia de una vértebra cervical partida, una C3, precisamente la de la mujer; también, las lesiones y malformaciones de los otros esqueletos y sus probables causas por el oficio que debieron tener en vida, los orificios de los cráneos que coinciden con las habas de mármol, y estamos pendientes de la datación de los huesos por carbono 14, que nos llegará en breve y que supongo, no hará sino confirmar que se trata un caso bien antiguo —la fiscal iba embalada—. Pero ¿y el arma? Pita o quien quiera que fuese, ¿disparó una piedrecita de mármol con una pistola? ¿Utilizaba ya la pólvora Pitágoras, cinco siglos antes de Cristo?

—Sí, pero no, y no —respondió Allan—. Sí, disparó una piedrecita pero no de mármol, sino de plomo; y no, falso, porque tengo seca la garganta y porque Pita no utilizó pólvora, pues no se había inventado aún. El arma, según hemos podido saber, está en poder de la jefa de policía de Idre, que estará de acuerdo conmigo, en que es una excelente profesional.

—En eso estoy completamente de acuerdo con Allan, Anitta —intervino por primera vez el ex comisario, que estaba asistiendo al caso más apasionante con diferencia, de toda su vida profesional, y aprendiendo a servir copas sin derramar una gota.

—Y yo Göran. Pero ¿dice que la tiene ya Tyra en su poder? Esa chica va a llegar lejos, se lo digo yo a ustedes, y no pueden hacerse una idea de lo segura que estoy de ello —convino una enigmática Anitta.

—El arma en cuestión, según nos confirmaron en Idre —continuó el anciano— y según pude ver en el escrito maloliente, está formada por un corto tubo de hierro fundido, en cuyo extremo tiene un resorte o fleje metálico, unido a un pequeño disparador, a modo de gatillo. Para utilizar el arma, se arma el resorte, forzándolo hasta engancharlo en la muesca que hace de retén; se introduce un proyectil por el otro lado del tubo, un haba de plomo, como las tres que Tyra encontró esta mañana, con la ayuda del detector de metales que usted le hizo llegar, entre la tierra revuelta de las fosas de los esqueletos masculinos; una vez cargada, se inclina un poco el arma hacia atrás, haciendo rodar el proyectil hacia el interior del cañón hasta que llega a tocar el resorte, y al accionar el disparador, el haba de plomo sale disparada a una velocidad endiablada, prácticamente en cualquier dirección hacia delante. El doctor de Idre, en su calidad de forense, muy entusiasmado con el hallazgo, no ha podido evitar esta mañana la tentación de hacer una prueba de balística con aquel artefacto sobre unas botellas vacías de licor croata, pero el resultado ha sido incierto ya que, lamentablemente, se ha cargado el resorte que se encontraba ya muy desgastado por el paso del tiempo. Como arma, no es muy precisa, pero si el forense-jefe tiene la amabilidad de hacer la prueba con un dispositivo similar que pueda reconstruir en su laboratorio, comprobará que a una distancia de un palmo, puede llegar a atravesar limpiamente un objeto de la consistencia de un occipital. Y por último, si le pregunta usted al forense-jefe, le dirá que las habas de plomo, no se encontraron dentro de los cráneos donde Pita muy, pero que muy enojado, las había hecho ingresar, y ello debido a que las circunstancias tan animadas de su descubrimiento por parte de los alumnos, probablemente hicieron que cayesen al suelo por los orificios naturales que tienen en la base y por el frente.

 

Lo divertido del asunto es que el ingenioso artefacto, según constaba en el manuscrito que leí, en el que se incluía un croquis rudimentario, lo inventó un discípulo exotérico de Pita, un tanto innovador y trepador nato, cuyas ansias por destacar ante su jefe le habían llevado a fabricarla y utilizarla, sin su conocimiento. Era una novedosa línea de investigación sobre la transmigración de almas que, con la ayuda de su invento, él mismo se ocupaba de inducir artificialmente en renos a los que previamente había adiestrado en alguna habilidad. Después de adiestrados, les descerrajaba un habazo de plomo en la cabeza, para comprobar si sus almas transmigraban a otros animales cercanos, en los que pudiera identificar, la habilidad aprendida en su anterior vida. Naturalmente no obtuvo resultado alguno, al menos antes de que Pitágoras descubriera su laboratorio clandestino, se lo requisara y le pusiera a investigar sobre una variedad de habas a la que Pita había conseguido quitar la indiscreta característica que provoca las flatulencias, con el encargo de que el discípulo armero lograra quitarles a su vez, el sabor amargo que lamentablemente tenían. Y aquí termina la historia de Pitágoras en Suecia, o al menos así lo parece.

 

Como le adelantaba ayer, parece que el caso está resuelto, ¿no cree Anitta? —concluyó el viejito. Anitta se reclinó sobre el respaldo del sofá y guardó unos instantes de silencio para responder a esa pregunta, en formato de nota de prensa: su especialidad.

—Así que hace ocho días, el sábado pasado —pensaba en voz alta la fiscal—, unos alumnos del instituto de Idre, descubrieron por casualidad un antiguo enterramiento de varios siglos de antigüedad y origen desconocido, con unos esqueletos que presentaban signos de muerte violenta, por motivos indeterminados. Los restos óseos, a pesar de su antigüedad y según los análisis llevados a cabo por la oficina forense, presentaban un aspecto bastante aceptable, debido a la composición de la tierra del lugar del enterramiento.

 

El intenso y eficaz trabajo de la fiscalía, junto con la policía local de Idre y el instituto forense local, han podido determinar con sólidas pruebas, que las muertes fueron ocasionadas por la acción de un artefacto rudimentario de la época, hallado en el lugar de los hechos tras una exhaustiva búsqueda que ha llevado casi una semana, pero que al final ha compensado los esfuerzos realizados, ya que el arma homicida se encuentra en poder de la fiscalía. La fiscalía cierra el caso del asesino en serie de Idre, en un tiempo récord. Un asunto de arqueólogos —adelantó los titulares una radiante Anitta—. Señores, les debo una. Muchas gracias por su participación, que en cierto modo intuía como importante, cuando les llamé la tarde de ayer. Reconozco que me han hecho pasar momentos, digamos, desesperanzados, pero soy agradecida y en el futuro, tendrán ocasión de comprobarlo. Todavía me queda mucho trabajo por hacer hoy. Por cierto, señor Karlsson, muy entretenido su relato sobre Pita. Lástima que no haya ser humano que se lo crea, ni documento alguno que pueda corroborarlo. Adiós, Allan, me gustaría conocerle personalmente —se despidió Anitta Bengtsson.

—Pues quizá, debería usted darse prisa—respondió Allan—. Adiós Anitta.

—¡Ah, Göran!, no sea anticuado y váyase con Allan de turné con los Ucayalis. Supongo que su amigo el ex fiscal Ranelid, se sentirá aliviado al saber que recomendaré a mi nuevo colega de Södermanland que, a la vista de los hechos, cierre nuevamente el caso de la desaparición del señor Karlsson. Le llamaré por teléfono más adelante, Göran, téngalo por seguro —terminó Anitta.

—No, no lo haga, porque su teléfono acabó anoche con pulmonía —quiso decir Allan, pero la fiscal ya había colgado.

 

 

*

 

 

Anitta Bengtsson, estaba realmente radiante. Había resurgido de sus cenizas, como el manuscrito de Pitágoras. El viernes por la tarde el ministro le había encargado que resolviese cuanto antes, se lo había dejado claro, cuanto antes, aquel misterioso caso. Cuando el lunes aquel tipo se incorporase a su despacho del ministerio, podría leer en los periódicos la noticia de su resolución. Anitta daría lo que fuera por ver la expresión de su cara en la que estaba segura que habría más miedo que satisfacción. Le faltaba tener en su poder, el arma homicida y las balas, para confirmar el cierre del caso. Llamaría a Tyra y enviaría a alguien Idre para traerlos al instituto forense, cuanto antes. Hablaría con el forense-jefe para avisarle del asunto del arma y encargarle que realizara las pruebas de balística. Más tarde, cogería el teléfono y llamaría al ministro aunque lamentablemente, seguro que no iba a conseguir dar con él; después y solo después, haría lo mismo con el gobernador con idéntico resultado. Un leve intento con cada uno, para dejar constancia de que lo había intentado. Y por último se encargaría de la prensa, para facilitarle los titulares de la mañana siguiente. Aunque las pruebas del carbono 14, se recibirían el lunes por la tarde, la fiscal adelantaría a la prensa, la edad que ella como fiscal, sospechaba que tendrían aquellos restos óseos encontrados: entre el 490 o 470 a. C., podían apostar.

 

Meses después, cuando todo ese asunto se hubiese olvidado, ella ordenaría unas discretas excavaciones en la zona, para ver si aparecía aquella estrella de cinco puntas. Curiosidad femenina. Sin embargo, tales trabajos no pudieron llevarse a cabo, pues un flamante campo de béisbol ocupaba justamente ese lugar, en el que la juventud sueca se dedicaba a la práctica de aquel predecible y monótono deporte, y a otras prácticas mucho más impredecibles y emocionantes.

 

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[sws_toggle2 title=”EPÍLOGO: UN FINAL MOVIDO.” ]

 

—Es una lástima que todo aquello, la carpeta con el informe, el último manuscrito original y el portafolio,  se perdieran en la caldera de la embajada —le comentó de pasada Aronsson a Allan, a la mañana siguiente, un despejado lunes, primero de octubre de 2007, recordando la asombrosa historia que había conocido apenas dos días antes. En realidad el ex inspector hablaba consigo mismo. El paisaje pasaba veloz como una cortina sin fin al otro lado del cristal, y él lo observaba sin prestar atención a ninguna escena concreta de las que aparecían vertiginosamente, al borde de la carretera—. ¿Se imagina si toda esa historia fuese conocida hoy en día, con todas las pruebas, documentación, fotos y originales que se perdieron en la embajada? Hubiese sido una verdadera conmoción. Seguro que fue por eso, por lo que Onassis no quiso divulgarlo y prefirió que la humanidad permaneciese ignorante de las sórdidas patrañas de su propia historia.

—Sí, una pena que no se vaya nunca a saber la verdadera historia de Pita y de Enu—convino Allan, desde el asiento de al lado del autobús en el que viajaban. Él, sí que se iba fijando con mucha atención además, en las distintas escenas que tenían lugar en los primeros metros contiguos al arcén de la carretera por la que circulaban. No podía ser de otro modo, puesto que desde su asiento de ventanilla, iba conduciendo un imaginario jeep descapotado a toda velocidad, en paralelo al autobús, entre el arcén y los primeros metros de terreno más allá del borde de la calzada. Por el momento, se había cargado a un rebaño de banteng al que había atropellado, haciéndole saltar por los aires al completo,  y provocando una lluvia de cuartos traseros, testuces y vísceras sanguinolentas que caían del cielo; poco después, había arrollado a una fila de niños que iban a la escuela con sus dos profesoras, una delante y la otra detrás, caminando ordenadamente de la mano en fila y paralelos a la carretera; más tarde, había sorteado con habilidad una barahúnda de turistas con cámaras, que recogían sus maletas de la bodega de un autobús a la puerta de un complejo hotelero; sin embargo, tras un buen tramo de conducción vertiginosa sin incidentes, al lado de su autobús, no había podido evitar estamparse contra la línea de surtidores de una gasolinera, haciendo estallar todas las instalaciones en una descomunal bola de fuego que se elevó decenas de metros hacia el cielo azul. Unos segundos después, apareció milagrosamente indemne del interior de aquella gigantesca bola ígnea, conduciendo su fantástico jeep willys, y prosiguió su veloz carrera como antes, unos metros en paralelo al autobús en el que viajaban él y Göran—. Aunque se puede uno imaginar que si hubiésemos hecho público todo aquello, los herederos de Pita no se hubiesen quedado con los brazos cruzados y nos habrían demandado por ataque al honor, sacándonos los hígados. Ese asunto olía fatal, se lo puedo asegurar, Göran.

— ¿Los herederos de Pitágoras, existen? —preguntó Aronsson, que siempre sondeaba a Allan con inocencia no fingida, pues en los escasos dos años que llevaban juntos, había aprendido que todo lo que decía Allan, fuese lo que fuese, podría llegar a ser cierto.

—Bueno, en realidad sí que podríamos defendernos, ahora que lo recuerdo. ¿Cómo? Muy sencillo: gracias al portafolio —continuó Allan, respondiéndose a sí mismo, con las cuatro ruedas en el aire, al haber salido proyectado a toda velocidad desde un montículo en forma de rampa que no pudo sortear.

— ¿El portafolio…, el portafolio? —preguntó Aronsson, que sentía un leve ruido, como de una vieja puerta que, en algún lado de su esperanzada alma infantil ya perdida, chirriaba al abrirse.

—Sí, el que Ni Kadek Pertiwi no se atrevió a tirar en la caldera de la embajada junto con el pergamino apestoso, por si tenía dentro algo de valor. La pobre, siempre ha sido muy perspicaz y muy atenta —continuó Allan distraídamente—. Como yo me había ido a Moscú, ella no quería tirarlo porque, a decir verdad, el portafolio no olía mal, tan solo estaba un poco viejo y además, podría contener algo de interés, así que decidió guardarlo en su cuarto hasta que yo volviera de espiar en Rusia. Tiempo después cuando Amanda dejó la embajada en París, regresó con ella a Bali, y Pertiwi lo hizo, con el portafolio en su equipaje. Cuando hace dos años se enteró de que yo había regresado a la isla, se presentó una tarde en el hotel y me lo entregó, muy aliviada. Yo naturalmente le agradecí cariñosamente el detalle, aunque realmente no servía para nada y estaba ya bastante viejo, el portafolio.

 

Aronsson pensó que el destino existía. Era imposible no creer que había  magia en la agitada existencia de ese extraño documento que había sido quemado mil veces y otras tantas había sido mágicamente salvado y rescrito por amanuenses que habían caído en su hechizo, apasionados por su contenido; que había sobrevivido negándose siempre a desaparecer, en el tortuoso camino que le había tocado seguir a lo largo de los siglos, en una curiosa sucesión de destrucciones y renacimientos, y que por último, había sido depositado por las fuerzas del destino en las manos de un anciano de ciento dos años, experto en explosivos. ¿Podría ser que un delicado hilo de esperanza fuese aún posible, en la atribulada singladura del manuscrito a través de los siglos?

 

—Pe…, pe… pero, que hizo usted con el portafolio —preguntó aterrorizado Aronsson, temiéndose en el fondo de su alma lo peor.

—Nada. La verdad es que lo había olvidado por completo, pero lo tengo en mi cuarto… me parece —respondió Allan distraídamente—. Llevo unos días preguntándome si usted no estaría interesado en volver a escribirlo, igual que hicieron otras personas a lo largo de los siglos. Ese era el motivo por el que quería contarle esta historia precisamente a usted, la otra tarde. Quién iba a pensar que, mientras lo hacía, le iba a llamar a usted Anitta, e íbamos a tener la oportunidad de resolver un caso en Suecia, precisamente el caso que motivó su existencia. Como habrá observado mi memoria funciona perfectamente a pesar de mi edad, pero no sería bueno confiarse demasiado en este punto, ¿no cree usted, Aronsson? Quizá convendría reescribirlo. Usted sabe de primera mano todo lo que ocurrió, y además, por primera vez en la historia, puede demostrar que conoce el emplazamiento donde tuvieron lugar los últimos hitos de la vida de Pita y de Enu. Así que, con el material que hay en ese portafolio, que la señorita becaria tuvo la amabilidad de dejar tan prolijamente documentado y tan bien organizado, no sería demasiado complicado para un policía como usted, experto en la reconstrucción de sucesos que, digamos, se salen de lo normal, hacer lo propio con éste. Apuesto a que al final, usted Göran, podría completar con una crónica de esta última reencarnación del documento, las anotaciones finales que los escribas fueron añadiendo con las peripecias de sus respectivas intervenciones en la vida del pergamino y que constan en el estudio de la becaria. Seguro que le quedará la mar de divertida e incluso alguien podría sentirse tentado a arruinarse publicándosela. Además el hecho de que el manuscrito que redactó el vikingo quedase destruido en la embajada, a mi modo de ver, importa poco, pues el informe y la traducción que redactó la becaria y los facsímiles que se ocupó de obtener y certificar, son de una excelente calidad, con la ventaja añadida de que huelen estupendamente a Eau de Rochas, supongo que de la becaria. Hay que tener en cuenta que como estamos en el siglo XXI, ahora usted tiene la oportunidad única en la historia de detener para siempre, la cadena de incineraciones y rescrituras, digitalizándolo todo. ¿Se dice así, inspector?

 

Aronsson, no quiso perder tiempo y huyó hacia adelante. La cañería parecía manar otra vez mansamente, y la idea del anciano, si bien era un reto considerable, tenía que reconocer que le parecía de lo más atractiva. No podía romperse aquella cadena de reencarnaciones del documento, que parecían inspiradas en las ideas filosóficas de quien la inició. No sabía entonces que, muy pocos años después, la candidata a la Presidencia del Gobierno le ayudaría en ese histórico cometido, con la entrega desinteresada y la paciencia de una buena esposa.

 

—Allan, hay algo sin embargo, que todavía me sigue dando vueltas en la cabeza—le dijo Aronsson con tiento a su compañero de asiento del autobús.

— ¿Si? —respondió Allan mirando con interés el paisaje de fuera, pues ahora el jeep imaginario que conducía, circulaba a toda velocidad por la orilla de una pequeña laguna de un arrozal muy próxima a la carretera, levantando con las ruedas delanteras a ambos lados del vehículo, unas cortinas de agua de lo más chulas.

—Usted le dijo a Anitta, que la decoración de las tumbas resultó ser, sin pretenderlo, afortunadísima desde el punto de vista de la señora fiscal, y también de la humanidad. Lo de la fiscal lo entendí, pues la disposición tan caprichosa de las tumbas con aquellos cuadrados de piedrecitas, fue lo que le dio la pista a usted el sábado por la tarde, mientras yo hablaba con ella y usted hacía de gatito, de que el caso de los enterramientos de Idre, era precisamente el enclave del final de la historia de Pitágoras y Enusa, que usted había conocido gracias al regalo de Onassis. Pero lo de la humanidad…

— ¿Onassis? —preguntó Allan—. No, Ucayalis, ese es el nombre de nuestro grupo, no se confunda. Puede sonar parecido, pero precisamente nosotros, que somos los fans, no debemos equivocarnos.

Aronsson, no desesperó. Estaba adquiriendo ya una cierta facilidad para poner en marcha los recuerdos de Allan. Así que cabalgó de nuevo, con un fantástico rugido.

— ¡Cáspita! ¡Le digo que Anitta se quedó sin saber, porqué la decoración casual de la tumba de Enusa y la de aquellos palurdos, supuso un avance para la humanidad! —vociferó Göran, atrayendo las miradas sorprendidas de Allan, del conductor y de todos los Ucayalis.

— ¿Anitta? —preguntó Allan, pasmado por los gritos fuera de lugar de Aronsson—. ¡Ah, Anitta! Qué nombre tan bonito el de nuestra fiscal. Claro que no lo entendió, porque no lo podía entender de ninguna manera. De hecho, cuando Ari me lo dijo en su dormitorio de la embajada, yo, al principio, tampoco lo comprendí. Pero después, nos estuvimos riendo durante un buen rato. La historia de la humanidad, está escrita a base de chistes malos, muy malos, créame Göran. De hecho, supongo que debido a algún comentario indiscreto que años después debió escapársele a la becaria que redactó el informe sobre el manuscrito de Pitágoras, en algunos lugares lo que le voy a contar a continuación, ha quedado como un chiste ingenioso y no como un suceso absolutamente verídico —le dijo Allan, que no entendía, porqué su amigo era presa de esos súbitos ataques de ira.

—El escrito original de Pita, terminaba con una revelación inaudita y divertidísima, que nos hizo troncharnos de risa a Onassis y a mí —prosiguió Allan—.Resulta que Pita, como geómetra-marido y en honor de su joven mujer, Enusa, había bautizado con el nombre de “hipotenusa”, al lado más largo de un triángulo rectángulo. ¿Me sigue usted, Göran? ¿Sí? Pues bien, por inverosímil que parezca, el nombre de aquella recta y la decoración de la tumba de su mujer, que se le había ocurrido por casualidad, se juntaron mágicamente con una frase de desprecio que le brotó de lo hondo de su alma, esta vez, al marido-geómetra, cuando contemplaba el mausoleo recién terminado, y todos esos elementos, le pusieron en la pista definitiva de su más famoso teorema, al que llevaba años dando vueltas sin lograr enunciarlo y que,  gracias a aquella casualidad, formuló apenas una semana después. Por ese teorema, sería conocido Pita por los siglos de los siglos.

— ¿Ah, siiií? —preguntó Göran entregadamente—. Pero ¿qué fue lo que dijo Pitágoras ante la tumba de su mujer?

—Pues Pita, el pobre, presa de un fuerte ataque de cuernos, miró aquellas tumbas con sus cuadrados de piedrecitas de mármol y reconoció con despecho:

 

 

“El cuadrado de la puta Enusa es igual, a la suma de los cuadrados de los catetos”

 

El autobús del grupo musical los Ucayalis de gira por Bali, recorría entre la espesura las estrechas carreteras de la isla, dejando tras de sí una estela de éxito, con sus dos únicos fans abordo, un descontrolado jeep willys circulando a toda velocidad a su costado, y toda la bodega repleta de cajas de Cáspita.

 

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